El ex presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra, se ha dejado ver en los últimos actos organizados por Vox, el partido ultra de nuevo cuño que pretende aglutinar a lo más reaccionario a la derecha del PP. El último evento al que asistió tuvo lugar el pasado fin de semana en la Casa de la Cultura de Benicàssim. Anteriormente ya había participado en otros dos. De momento, según cuentan los diarios locales, el que fuera en su día amo y señor de la política castellonense y fiel escudero de Francisco Camps asiste a las charlas solo como simpatizante de la organización creada por Santiago Abascal. Aunque no parece que esté dispuesto a dar el paso decisivo para regresar a la primera línea a corto plazo, sí podría estar sopesando algún tipo de colaboración con el partido, que pretende alcanzar sus primeros escaños en las próximas elecciones municipales. No obstante, desde Vox se marcan distancias con el expresidente de la diputación y se asegura que no ha habido ningún contacto oficial con él. Ni siquiera se le invitó formalmente al acto de Benicàssim. Eso sí, el evento era público y cualquiera interesado en asistir podía hacerlo, según mantienen fuentes de la formación.

En el año 2012 la Audiencia Provincial de Castellón condenó a Fabra a cuatro años de cárcel y al pago de 1,4 millones de euros de multa por cuatro delitos contra la Hacienda Pública, al tiempo que lo absolvió de cohecho y tráfico de influencias, ya que durante el juicio no quedó suficientemente acreditado que mediara ante organismos del Estado para agilizar las licencias de comercialización de los productos fitosanitarios de Naranjax. Tras recurrirlo todo (ni el Tribunal Supremo ni el Constitucional le dieron la razón y ni siquiera el Gobierno le concedió el indulto), Fabra tuvo que ingresar finalmente en la prisión de Aranjuez en diciembre de 2014, aunque el ex líder del PP castellonense siempre presumió de sentirse “muy satisfecho” por no haber sido condenado por lo que él considera corrupción, como si defraudar 700.000 euros a Hacienda entre los años 1999 y 2003 no fuese suficiente degradación moral para un político.

En abril de 2016 Carlos Fabra obtuvo el tercer grado penitenciario, logrando la libertad condicional por el cumplimiento de las tres cuartas partes de la condena. Desde entonces se había mantenido apartado de la política y se le podía ver llevando una vida normal. Incluso era él mismo quien hacía la compra en los supermercados de Mercadona.

Sin embargo, la rutina de jubilado exconvicto no parece llenar la vida del que en otro momento fue hombre fuerte del PP valenciano, que ahora podría estar pensando en integrarse de alguna manera en Vox, una formación política todavía más a la derecha que el PP. En el programa de la formación figura que España vuelva a ser un Estado centralizado, la ilegalización de los partidos nacionalistas, la supresión del aborto y de la ideología de género y duras restricciones a la inmigración. De ahí que mantenga estrechos contactos con el partido de Marine Le Pen en Francia y los también extremistas Alternativa para Alemania, el austríaco FPO y la Liga Norte de Matteo Salvini.

Legalmente no existe ningún impedimento para que, una vez cumplida su condena, Carlos Fabra regrese a la primera línea política, ya que la sentencia dictada por la Audiencia Provincial de Castellón solo le impone una inhabilitación especial para que no pueda presentarse a unas elecciones durante el tiempo de duración de la condena. Es decir, como no está inhabilitado para ejercer la función pública, en poco tiempo podría decidir sin ningún tipo de restricción penal si desea regresar a la arena política. Y todo aquel que conoce a Carlos Fabra sabe bien que es un animal político que no puede estarse quieto. No sería por tanto descabellado ver de nuevo en la tribuna al polémico presidente. Verle soltar exabruptos y latigazos dialécticos contra sus enemigos de la oposición; verle exhibir sus tics autoritarios y prepotentes; y verle bromear con su sarcasmo hiriente.

De momento, lo que sí hay es un claro interés de Fabra por los principios políticos que mueven a Vox, e incluso se le vio aplaudir efusivamente durante el acto celebrado en la Casa de la Cultura de Benicàssim. Pero conviene no perder de vista que quizá su vuelta no dependa solo de su vocación profesional y su grado de compromiso político, sino que puede haber también un cierto interés crematístico, ya que la multa de 1,4 millones de euros que le impuso la Audiencia Provincial debió dejar su patrimonio personal algo maltrecho. Volver a la trinchera podría reportarle una nueva fuente de ingresos con cargo a los presupuestos generales del Estado y si finalmente lo consigue habría que preguntarse por qué la Justicia se lo permite, por qué la sentencia no le inhabilitó para unos cuantos lustros ‒evitando así la resurrección política de un hombre que ha cometido graves delitos‒, por qué nuestra democracia consiente que políticos que han demostrado su bajeza moral puedan plantearse continuar al frente de las instituciones del Estado.

Desencantado y hasta enemistado con muchos de sus antiguos compañeros del PP, a los que nunca perdonará que le dieran la espalda en los peores momentos, justo cuando la sombra de la cárcel asomaba sobre su cabeza, Fabra ha decidido romper con el pasado y probar nuevas experiencias políticas. En un tiempo en que todo lo que se creía superado vuelve (el guerracivilismo, el nacionalismo exacerbado y hasta Aznar) parece que Carlos Fabra quisiera volver también. De momento ya ha cambiado de look. Ha abandonado aquellas gafas de sol oscuras que le daban un aspecto tan siniestro y ahora luce unas lentes transparentes que dejan sus ojos al descubierto. Es como si hubiese rejuvenecido veinte años. Atrás quedan los tiempos de la grave enfermedad y el trasplante de hígado. Y por si fuera poco ha encontrado su lugar en el mundo en un partido ultraderechista, quizá junto a los suyos, junto a sus hermanos políticos de sangre y raza, con su auténtica familia ideológica. Se acabó la ambigüedad que se suele practicar en el PP. Se acabó ser el tapado de la derecha dura y tener que hacerse pasar por un demócrata pusilánime y timorato. Se acabó tener que comulgar con el falso mito del centroderecha. Hoy se impone el giro ultra, el momento extremo duro, como forma de recuperar el terreno perdido. Y ahí está Fabra el incombustible para aportar su experiencia y conocimientos en la materia. En una de estas los de Vox hasta le dan un cargo. Y a seguir tirando.

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