Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo vayas a decir, canta El último de la fila. Bonita frase, ¿no es así? Sin embargo…

Yo soy un hombre de pocas palabras, y a menudo tengo que soportar la misma cantinela: ¡qué callado estás! En casi todos los sitios a los que voy llama la atención que hable poco, y generalmente me lo hacen notar. Parece como si estuviera mal permanecer callado. Hay quien me ha dicho, en alguna ocasión, que mientras los demás hablan yo permanezco en mi mundo. Nada más lejos de la realidad. Hablo poco y escucho mucho. Y si tengo algo importante que decir, lo digo.

Desconozco las culturas orientales, pero la imagen que tengo de ellas es que se habla menos que en las occidentales. Esa imagen suele asociarse con una profunda sabiduría.

En España se habla mucho. Mucho, y muy alto. Y si puede ser todos a la vez, mejor. Yo no sé jugar a ese juego. No tengo un tono de voz alto, y me niego a elevarlo por encima de los demás para hacerme oír. Me niego también a hablar por hablar. Lo hago cuando tengo algo que decir. Cuando creo que lo que pienso puede ser interesante, puede aportar algo. Y lo hago si me dejan hacerlo, es decir, si callan para que yo hable. Por muy interesante que pueda ser mi discurso, no lo elaboraré si para que se me escuche tengo que elevar mi voz por encima de la del grupo.

¿Es un defecto hablar poco? Yo creo que no. Para mí es más bien una virtud. Siempre, claro está, que ese hablar poco no se deba a una timidez extrema que impide a uno expresarse en cualquier circunstancia.

¿Es un defecto hablar mucho? No lo sé. A veces no, pero otras, pudiera serlo. El exceso de verborrea puede jugar malas pasadas. Puede llevar a decir cosas de las que más tarde uno se arrepienta. Eso no ocurre cuando se miden las palabras.

Más allá de eso, mi sensación es que los españoles muchas veces hablamos por hablar. Se emiten opiniones que más bien son sentencias; se habla de lo que no se sabe como si se fuera un experto en la materia; se critica a diestro y siniestro (sobre todo si los criticados no están delante); se prometen cosas que nunca se llegan a cumplir; se falta a la verdad a sabiendas de que se está haciendo; se exagera con el fin de quedar bien ante los demás; se despelleja vivo al que opina diferente; no se escucha, porque, en el caso de callar cuando el otro opina, lo único que se está haciendo es guardar turno para hablar; y, como he señalado más arriba, a menudo hablan varias personas a la vez, con lo que es imposible (al menos para mí) enterarse de nada.

Hablar poco tiene muchas ventajas. Señalaré algunas, sin ánimo de ser exhaustivo.

El que habla poco, como dije antes, suele escuchar mucho;

Las personas calladas suelen ser observadoras y detallistas. El silencio alimenta esas cualidades;

Se cultiva una rica vida interior;

Se minimiza el riesgo de decir inconveniencias;

Se critica menos;

Se aprende de lo que dicen los demás y se les conoce mejor;

Se ahorra energía y se ahorra a los demás escuchar cosas innecesarias;

Se evita repetir lo que ya han dicho otros anteriormente;

Se ordenan mejor las ideas;

Es más fácil captar la atención de los demás. Cuando alguien que habla poco pide la palabra suele generar mayor expectación que el que no para de hablar ni un momento.

Estas son algunas ventajas de hablar poco. ¿Se te ocurre alguna más? Ah, y recuerda: si nos dieron dos orejas y una sola boca… quizá sea por algo.

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