De todos los frentes abiertos en esta España que parece sufrir últimamente una extraña fijación por volver a la Edad Media, hay uno donde claramente se está ganando la batalla y el mérito de esto no es otro que de los historiadores, y hablamos de los historiadores de verdad, de los serios, no los que se venden por unas monedas y apañan la historia a medida de quienes les pagan, esos que salen en algunas cadenas de la derecha más rancia y dicen lo que sea, lo que haga falta siempre que se les ingrese el cheque convenido.

No vale la pena gastar tiempo en acordarse de esos esbirros, de esas ratas que se prostituyen y desprestigian su profesión por dinero, sino de los historiadores, muchos de ellos bien conocidos por sus obras y su intachable trayectoria que ejercen desde hace muchos años su trabajo con oficio y rigor, de gente como Benito Díaz que dedican infinidad de horas amarrados como galeotes a la mesa de trabajo, estudiando y analizando todo lo hallado en incontables batidas, en afanosos rastreos e incansables búsquedas en archivos y bibliotecas leyendo y a veces también descifrando arrinconados legajos escritos por olvidados funcionarios que dejaron constancia de las andanzas, venturas y desventuras, del amargo destino de los guerrilleros, de los maquis lanzados a la desesperada a una desigual batalla donde serían con toda seguridad derrotados pero nunca vencidos por una fuerza infinitamente superior a ellos y dotada con sobrados recursos, los que hicieran falta para aplastar, aniquilar, borrar de la tierra a estos valerosos combatientes que, como decíamos, estaban sentenciados a morir, pero iban a hacerlo con honor, en el campo de batalla luchando frente a frente contra sus verdugos.

Y además del, como ya hemos señalado antes, infatigable estudio de polvorientos legajos teñidos de amarillo por el tiempo arrasador, papeles con apretada letra funcionarial decorados con cagadas de mosca y aromatizados por orines de ratones que duermen en perdidas estanterías y cajones de archivos y bibliotecas, hay que añadir un no menor trabajo de campo buscando y entrevistando a los pocos supervivientes y protagonistas de aquel desastre para conocer de primera mano su historia, su imprescindible relato de los hechos para contrastarlos con la versión oficial. A los protagonistas y también a sus familiares y a quienes les conocieron y trataron. Una tarea contra reloj porque los protagonistas iban muriendo de viejos y también sus familiares y contemporáneos en un intento de rescatar algo de ese naufragio, de esa drámatica perdida que supone la muerte de alguien que fue testigo de una parte de nuestra historia que el poder siempre y en el mejor de los casos ha silenciado cuando no ha tergiversado, deformado y manipulado a lo largo de los años con capas y capas de mentiras, de falsedades a cual más sangrante, de calumnias, de burdos cuentos y leyendas a cual más grosera, más tosca y zafia que no ha hecho sino retratar a quienes desde omnipresente la propaganda del régimen la difundían.

Porque ¿quién no ha oído alguna vez estas historietas, estas vulgares leyendas de noches frías y oscuras donde, iluminados por relámpagos, y entre truenos, aullidos de lobos y gritos de lechuza, unos seres monstruosos mitad mitad hombres mitad alimañas, todos ellos ladrones, violadores y asesinos en serie como poco, que comían y cenaban niños a la caldereta, con caras de sátiros miradas torvas y sonrisas espantosas donde mostraban el frío brillo de sus dientes de estaño, ataviados con sucias boinas, mugrientos tres cuartos de escai y harapientas pellizas, armados con anticuados fusiles, viejas escopetas de caza, roñosos pistolones al cinto, cananas y machetes mellados, bajaban de los impenetrables montes por recónditas sendas, cañadas y hondonadas que conocían a la perfección para robar, violar y asesinar a los buenos españoles que dormían el sueño de los justos, de los buenos cristianos temerosos de Dios.

Y tanta machacona propaganda, tanta burda mentira, tanta fábula llegó a calar entre la población que llegó a verlos tal y como los pintaba el régimen. Muchos vecinos les delataron y denunciaron sin duda para congraciarse con el régimen al que temían mucho más que a los maquis, que en realidad no eran otra cosa que gente del pueblo de izquierdas, perdedores de la guerra, militantes antifascistas que luchaban por su vida y combatían como podían desigualmente con escaramuzas y emboscadas, con guerra de guerrillas, a las como ya hemos dicho bien armadas y aprovisionadas fuerzas del régimen. Una lucha donde la única victoria era llegar vivo al final del día. Un combate que se alimentaba de la ilusión y la esperanza, una débil esperanza a la que se agarraban como un náufrago a un madero, y ésta era la de que su lucha se extendiera por otras regiones de España y los países democráticos reconocieran que su lucha era legítima, que el enemigo al que combatían era el fascismo, el mismo fascismo de Hitler y Musolini a los que Franco prestó ayuda y también la recibió para conseguir el triunfo de su golpe de Estado contra el legítimo gobierno de La República. Ahora la resistencia contra el despótico régimen necesitaba ayuda urgente para derrotar al fascismo en su último reducto en Europa.

Por desgracia, como todos sabemos, tal reconocimiento, tal implicación y ayuda de los países democráticos jamás llegó y el régimen solo acabó o, como hacen los virus más letales, mutó con la muerte del dictador.

Desde hace ya algunos años, gente como Benito Díaz, armados de oficio y paciencia comenzaron la enorme tarea de retirar, de desmontar una a una todas las capas de falsedad, de mentira, de manipulación, de oscurantismo, de intencionado olvido que cubren toda esta cada vez, gracias a ellos, menos desconocida parte de nuestra reciente historia. La más que necesaria, esencial, fundamental, tarea de mostrarnos el pasado con la debida exactitud y rigor, un pasado que siempre está ahí, acordémonos de la frase de Faulkner: “el pasado nunca está muerto, ni siquiera ha pasado” .

Y para terminar, solo agradecerte y felicitarte en nombre de los que defendemos la libertad y la democracia y la tan atacada, agraviada y denostada, ladran luego cabalgamos, memoria histórica, los que estamos contra esta amnesia de décadas impuesta primero por la Dictadura y después por esa supuestamente modélica Transición que no llegó a sacar, limpiar y encalar convenientemente las cuadras, sino que se limitó a echar en este asunto y por desgracia en otros muchos, una poca paja por encima.

Gracias por tu hermosa, abnegada, sacrificada, a veces heroica, transcendente, inacabable e imprescindible labor.

 

Benito Díaz Díaz es doctor en Historia contemporánea y actualmente profesor en la Universidad de Castilla – La Mancha. Es autor de varios libros sobre la guerrilla antifranquista. Su último libro es “Huidos y Guerrilleros antifranquistas en el centro de España 1939 – 1955 Madrid, Ávila, Ciudad Real, Toledo, Cáceres y Badajoz”

 

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