En las templadas orillas de los cuerpos, de cada cuerpo, tienen su morada los deseos.

Es un espacio invisible y luminoso, donde se despierta de un sueño, donde el propio sueño es el único camino para llegar hasta él.

Un cuerpo se olvida en otro, por ello no existe mayor esperanza que la de olvidar.

Cuerpos anhelados, distantes, indiferentes, anudando día tras día su núbil consistencia, su momentánea eternidad.

Sueñan la verdad que más tarde no recuerdan.

La vida entera agotarán después buscándola.

Conscientes en ocasiones de su inconsciencia, repetirán una y otra vez los signos que les devuelvan al primer hechizo, el don de ser.

Somos el cuerpo que pensamos, y el que sin pensar, en la ráfaga de un instante dejamos de ser.

La única guarida que nos cobija, el único abandono que podemos evitar.

El tiempo procede de un cuerpo y en él se agota.

Allí, donde el corazón tiembla, llora y ríe; fin y principio de su provisionalidad.

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