Aylan. Homenaje de Save the Children a las puertas del Congreso de los Diputados. FOTO: Pedro Armestre/ Save The Children

Un año ha pasado desde que las frías aguas del Mediterráneo arrojasen a la playa el cadáver del pequeño Aylan, un año ya desde que la muerte -una más de tantas- de un niño Sirio en esta ocasión inmortalizada por la fotografa Nilüfer Demir en la fría madrugada del 2 de septiembre crease esa conciencia pasajera en el corazón de un mundo deshumanizado y de una Europa inerte en donde el matutino ir y venir del capitalismo insolidario hace ajena la muerte, máxime cuando el drama no tiene nombre y apellido occidental.

Un año ha pasado ya y el infierno en la tierra de la diáspora Siria sigue tomando forma en las playas, carreteras y campos de concentración, espacios estos que hacen desear la muerte incluso a quienes huyeron de la misma entre las bombas de racimo de su patria. Lejos quedan hoy las promesas de asilo y de cumplimiento de unos Derechos Humanos lanzados por los líderes Europeos, hoy acallados por el ensordecedor ruido del interés partidista y el peligro electoral al que se enfrentan unos y otros en el marco del terrorismo yihadista que hace ver como un riesgo con coste electoral la propia ayuda a las víctimas exiliadas por propio yihadismo asesino. Es aquí donde la victoria de la intolerancia al final alcanza con la colaboración de la UE al que huye y pide auxilio ante el terror . Es así el drama de los refugiados y refugiadas el del doble exilio , ese en donde convive el abandono de su patria y el de una viaje Europa, esa irreconocible hoy para quienes inspiraron su espíritu de convivencia y solidaridad. Así, hoy cuando la muerte sigue acechando y sembrado de cadáveres la tumba del mar en el que se ha convertido el Mediterráneo poco o nada importan ya los Aylan muertos en las playas turcas o griegas sucumbidos al apagón informativo y el offline sobre el drama humano permite acallar las conciencias de quienes en la segura Europa vivimos el día a día de nuestras propias batallas cotidianas esas que nos enfrentan a los rigores de una crisis económica que aún persiste en la miseria de miles de hogares.

Por ello hoy, un año después de la muerte del pequeño ruiseñor en las doradas playas de la cercana aunque sentida lejana Turquía, el mejor homenaje a Aylan no es sólo el recuerdo efímero de una portada en forma de efemérides que poco o nada ayuda para acabar con el drama al que se enfrentan miles de personas, niños y niñas como Aylan que sólo piden vivir en paz. En definitiva, el mejor recuerdo y homenaje es el que se debería de investir en forma de decisión política y liderazgo para solventar una crisis humanitaria sin precedentes en los últimos años en Europa y que hoy sigue sin respuesta, decisiones políticas que deberían así respetar lo firmado en el Convenio Europeo de Derechos Humanos que hoy es pisoteado en los dorados salones de Bruselas por quienes mancillan con su apatía y sus miedos al recuerdo de los hombres y mujeres que fraguaron la Europa de la Postguerra , por una ciudadanía más valiente en su base que en la cúspide de una clase política que lejos esta a la altura de lo que sus responsabilidades les exigen sirviendo al mismo tiempo su indecisión a la germinación del virus del miedo, la xenofobia y el fascismo de nuevo en el corazón del continente europeo. No por menos la solidaridad, el compromiso, la educación y la defensa de los derechos humanos son el mejor antídoto para hacer frente a los nuevos enemigos de la democracia que hoy pululan a su libre albedrío en forma de Fascismo y Yihadismo Radical esperando su momento para dar su dentellada definitiva a la libertad.

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