Me van a permitir que juegue con el título de la película que todo el mundo recuerda como la del Día de la Marmota, para describir cómo me siento cada vez que la realidad supera la ficción más horrible, como nos acaba de ocurrir. Una vez y otra pensamos que no volverá a pasar, que no volverá a montarse el circo mediático y, como con la marmota, otra vez sucede lo mismo.

Ahora ha sido la muerte del pequeño Gabriel, ese crío que tenía desde su desaparición pendiente a toda España, sin que nos quisiéramos creer que alguien hubiera borrado esa sonrisa para siempre. Pero sucedió. Los peores augurios se hicieron realidad y en una fecha tan triste de por sí como el 11 de marzo supimos que el paso del “Pescaíto” por este mundo había terminado mucho antes de que pudiera recorrerlo con sus aletas. Y, cómo una maquinaria bien engrasada, el baile de medios y redes sociales empezó.

Los medios -o algunos de ellos, que nunca hay que generalizar-, sobre todos los audiovisuales, empezaban una carrera frenética por ver quien aportaba más datos, quién tenía la noticia más escabrosa, quién había encontrado al vecino más parlanchín en busca de su minuto de gloria. Programas extraordinarios, teorías y elucubraciones para todos los gustos, opiniones que bien se podían haber guardado para sí, y conexiones en directo en el lugar de los hechos, en el pueblo de la familia, en la puerta del Instituto de medicina legal y hasta en los lugares donde había trabajado la supuesta autora. Y horas y horas de tertulianos, todólogos y opinadores varios. Más de lo mismo.

Mientras tanto, el otro frente en las redes sociales. Peticiones de penas de muerte, insultos sin fin y deslenguados repugnantes vomitando su odio, que habían encontrado la excusa perfecta para arremeter con quien sea diferente por su nacionalidad o por el color de su piel. Y hasta intentos de agresión, en vivo y en directo, no solo a ella, sino a su hija, que nada tiene que ver y que bastante tiene con todo lo que le ha caído encima. Un linchamiento masivo que para nada se merece la memoria de esa criatura.

Y todavía más. El resurgimiento de quienes aprovechan cualquier cosa para escupir su veneno contra las mujeres, denostando el feminismo, la lucha contra la violencia de género y a quienes la realizan, todo de una tacada. Como si el hecho de que exista -de confirmarse lo que se apunta- una mujer asesina, les diera la razón en sus teorías acerca de que los hombres son víctimas del odio y discriminados por su sexo. Como si este horrible crimen anulara los de todas las mujeres que han sido asesinadas. Algo que ni puede ni debe relacionarse, pero que parece venir de perilla a algunos desalmados.

Pero esta vez, por suerte, esa madre destrozada nos ha dado una lección a todas las personas. En medio de su inmenso dolor, ha recordado al mundo que el odio no es el camino ni la respuesta a nada, y nos ha pedido que no utilicemos la memoria de su hijo para mancharla con esos sentimientos irracionales que a nada llevan. Nos dice que se queda con el cariño y la solidaridad recibida y que eso, y solo eso, es lo que quiere que se haga en recuerdo de su niño. Toda una lección ante la que una no puede hacer otra cosa que quitarse el sombrero.

Hagámosle caso. Dejémosle vivir su pena y su dolor en paz. Ojala esta vez sepamos estar a la altura.

 

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

17 − 13 =