En un abrir y cerrar de ojos se había quedado solo, con el alma arrebujada en un velo de negra soledad, navegando a la deriva en un vacío infinito y angustiante. En un instante perdió el norte, sin saber encontrar la estrella polar de su espíritu. Pasó del cielo a los infiernos en cuestión de segundos, como precipitándose por un pozo que no tuviese fin.

Quedó bloqueado bajo la violenta impresión de vivir algo que superaba con creces los límites de lo previsible y rompía, de un tajo, la trayectoria de su vida. Habitualmente resolutivo, vehemente e impetuoso, presa de la incredulidad y sin dar crédito a los hechos en tan crucial situación, desgarrados sus más profundos sentimientos, no encontró ni las fuerzas ni la serenidad necesaria para reaccionar de acuerdo con su temperamento.

Su carácter normalmente alegre, abierto y efusivo desapareció de repente como sepultado bajo una losa de culpa, angustia e incomprensión, asaltado por mil dudas, privado de su ilusión y despojado por sorpresa de sus sentimientos más profundos, prefirió cobijarse bajo el virtual caparazón de su tortuga.

Con el devenir de los años, la tortuga se había ido convirtiendo en su icono personal. En lenguaje actual su imagen corporativa, su seña de identidad. Sin ser para nada supersticioso acostumbraba a tener siempre algún galápago en su entorno. Impulsivo, soñador y apasionado, pero sabedor de las limitaciones que comportaban tales características, adoptó desde su juventud a este reptil de comportamiento antagónico al suyo como un símbolo que tenía siempre presente para recordarle sus carencias, limitaciones y defectos personales. Las tortugas son animales de sangre fría, flemáticos, lentos y, al mismo tiempo, sufren y disfrutan de un robusto caparazón sobre el que resbala casi todo. Por contra, nunca retroceden. En fin, son algo así como la antítesis de alguien que habitualmente y, nada más sufrir una abrumadora derrota resurge en un instante dispuesto a volver a la carga. “A tortazo que te dan, tú más te creces”, acostumbraba a decirle un amigo. Sin embargo aquella vez era distinto.

Inmerso en un mar de dudas, con borrascas de incertidumbre, ráfagas de lágrimas y huracanes de recuerdos, dejó la barca del alma a la deriva y bajo el cándido e imaginario amparo del natural armazón del reptil que le servía de metáfora quedó recluido en un mar de llantos, lamentos y nostalgia. Así fue pasando el tiempo. Pasaron así cien días como cien noches lóbregas corroyéndole el ánimo, inmerso en una espiral de tristeza, depresión y carencia de autoestima. Voluntariamente separado de sus amigos y su familia se sintió traicionado, humillado, ridículo, rancio y trasnochado, incapaz de concederse a sí mismo, siquiera, una brizna de valor como persona. Nunca había hecho nada bien.

El golpe moral había sido tan fuerte que le llevó a un túnel por el que cuanto más se adentraba más lejana se encontraba la salida.

Tan desmotivado como superado por una realidad que no alcanzaba a comprender ni creía merecer, se limitaba a vivir con la desgana de quien carece de ilusiones. Vivía por vivir. Únicamente conservaba un sutil y delgado vínculo con la vida que había llevado hasta entonces, y que jamás se hubiera atrevido a romper. Su consulta y sus pacientes actuaban como un vigoroso nudo gordiano que le mantenía sujeto a su existencia anterior desde los valores, los principios, su compromiso y su estricta ética profesional.

Pasado casi un año todo su entorno se mostraba inquieto y preocupado porque contrariamente a lo que cabía pensar, quienes le conocían de cerca no le veían remontar el vuelo. Seguía sin relacionarse con nadie, como ausente, con la mirada perdida y continuaba disminuyendo su peso, tanto que incluso sus pacientes, preocupados, comenzaron a preguntarle si se encontraba bien. Los más resueltos, le llegaron a cuestionar si sufría una leucemia o un tumor. Realizando un heroico esfuerzo, en su situación, se esforzaba en negarlo esbozando una lánguida sonrisa.

Se acercaba el verano y, aún sin evadirse de su aislamiento, algo en él comenzó a cambiar. La llegada del buen tiempo invitaba a pasear y, aunque siempre en soledad, algunas mañanas se le podía encontrar deambulando por la ciudad en zonas apartadas de su consulta, que durante muchos meses se había convertido en el único lugar en que se dejaba ver.

Aquel día, al regresar de un largo paseo y sin siquiera sin saber por qué, fue a dar con la puerta de su estudio, cerrada desde hacía meses. Le saludó una tupida tela de araña que entre la desazón y la repugnancia se apresuró a retirar de la cara. Al llevar su mano derecha a una estantería, en un fallido intento de desprenderse de tan viscosas reliquias, pudo percibir la densidad del polvo acumulado sobre los estantes. Desmotivado e indolente se dejó caer en el sillón de lectura alzando una nube de partículas intentando brillar al atravesar los tenues rayos de luz que lograban filtrarse a través de la persiana.

Después de la caminata se sentía agotado y, por primera vez en bastante tiempo, en paz, tanto que en un instante quedo envuelto en un sueño reparador sin siquiera darse cuenta. Al despertar, mientras se frotaba los ojos como por instinto, alcanzó a ver cómo unos papeles asomaban bajo la tapa de una caja. Cediendo a un impulso la tomó entre las manos y pudo leer en la penumbra una etiqueta: “RECUERDOS”. Sin poderse contener prendió una lámpara de pie para comenzar a hurgar, si bien, receloso en lo más profundo de su alma de tropezar con algo que reavivase sus heridas.

Sus dedos, como reptando entre los papeles fueron a topar con un objeto duro que reclamó su atención y se apresuró a sacar de la caja. En un instante tenía entre sus manos un cuadrito que enmarcado con una sencilla moldura negra. Sobre un fondo verde dos ajadas fotocopias de ambas caras de la misma tarjeta de visita fechada en 1978. Con toda naturalidad, dos gruesas lágrimas rompieron la barrera de unos sentimientos contenidos durante mucho tiempo.

Era una de las primeras de que dispuso como médico, regalo de sus padres el día en que terminó la carrera. En el sobrio anverso de la tarjeta, en una vistosa caligrafía inglesa y en relieve, podía leerse la dirección y el teléfono familiar, entonces no había móviles. En el centro, bajo su nombre y apellidos, un sencillo y escueto “Médico” le hizo recordar cómo disfrutó al verla por primera vez. Médico. ¡Al fin había logrado lo que siempre quiso ser!

Dejó reposar un instante el cuadro sobre una mesa, en un vano intento de enjugarse las lágrimas que ahora surcaban sin recato sus mejillas. Manteniendo el marco de nuevo entre sus manos volvió la vista al rectángulo blanco de la derecha. En el reverso había escrito con pluma: Querida abuela, el título de médico es solo el primer paso, ahora viene lo difícil: “ser un buen médico, y un médico bueno”. No dudo que con ayuda de Dios y de todos, podré conseguirlo. Muchos besos.

Al terminar de leer, una sonrisa iluminó su rostro casi sin darse cuenta. Poco a poco, ya sentado en su sillón, se fue sosegando. Sintió que todo daba vueltas en su cabeza. Cerró sus ojos, aún desazonados por las lágrimas, para disfrutar mejor del reparador silencio de la soledad. Por primera vez pasado un año alcanzó a introducir en su cabeza dosis suficientes de objetividad y positivismo que le permitieron abordar pausadamente la ordenación de sus sentimientos.

Aquel día se quedó sin comer. Sin apetito, prefirió continuar con su recién estrenada tarea de ordenación emocional. Ya mediada la tarde, su cabeza se encontraba tan agotada como su corazón satisfecho. Hasta entonces los árboles de la tristeza le impedían ver el bosque de su vida, pero la primera decisión ya estaba tomada. Esto no iba a continuar así. Él era el único protagonista de su vida. ¡Había necesitado trescientos sesenta y cinco días para darse cuenta de aquella obviedad! Extenuado, dio en echar mano del refranero para reconciliarse consigo mismo, ¡nunca es tarde si la dicha es buena!, y sin pensarlo dos veces se marchó a descansar!. Fue la primera noche en doce meses que pudo dormir de un tirón.

Despertó tarde, bien entrada la mañana, de buen humor. La claridad de un espléndido día de verano iluminaba su semblante lustrando sus ojos con un brillo olvidado ya hacía tiempo. Se le veía bien. Sonriente y distendido después de una reconfortante ducha y un humeante café. Decidió dar un paseo. Antes de salir, pasó por su estudio. Rebuscando allí, entre el olvido de tantos días de abandono, encontró lo que buscaba. Acariciándola con ternura dejó caer en el bolsillo de la americana la más antigua de sus pipas, una Peterson’s regalo de su maestro en medicina, con la que le había enseñado a fumar durante las largas guardias cuando aún estaba permitido hacerlo en los hospitales. En ese momento percibió que algo en él estaba cambiando, puesto que llevaba tiempo alejado del tabaco y no acostumbraba a fumar en público, tan solo lo hacía en significadas ocasiones.

Salió de casa a buen paso, con ganas de caminar. Bajo un sombrero de Panamá color tostado que le protegiese del sol canicular, se dirigió al parque más grande de la ciudad. Después de un largo paseo decidió descansar a la orilla de un estanque poblado de patos y cisnes. Bajo sus serenas aguas levemente mecidas por la suave brisa de agosto se dejaban ver algunos peces holgando entre la quietud y el aburrimiento. Tomo asiento, a la sombra de un sauce llorón, en un velador de mármol. Hizo una seña al camarero y, después de pedirle algo para refrescarse, con una parsimonia y un cuidado dignos de un ritual, comenzó a cargar su pipa. A cincuenta metros su silueta recortada en contraluz transmitía, a quien pudiese presenciar la escena, un idílico mensaje de serenidad.

Ciertamente se sentía sosegado. Por primera vez después de su larga travesía del desierto, en su espíritu intuía la civilización en un horizonte tan real como distante. Parsimoniosamente encendió su pipa disfrutando con cada bocanada del sabor fresco y el intenso aroma del tabaco. Entornó los ojos incomodado por la penetrante luz de la mañana estival y, después de ajustarse unas vistosas gafas de sol y pedir al camarero un refrescante tinto de verano, dio en retomar sus pensamientos de la jornada anterior.

Comenzó a cavilar mientras paladeaba un generoso y refrescante trago, al tiempo que permitió a su mirada perderse en el infinito. Está claro que mi vida es mía y, aunque me la haya pasado anteponiendo el servicio a los demás sobre mi propio interés, ya va siendo hora de comprender que para seguir mi camino necesito recuperarme, descubrir una sólida razón de vivir y restablecer mi paz interior. He de acabar de una vez por todas con este horrible aquelarre en que se ha sumergido mi espíritu durante el último año. Carezco de una ilusión, más allá de la familia, sobre la que sustentar mi impulso vital y necesito encontrarla con urgencia para volver a ser yo mismo.

Siempre había sido un soñador que en el fondo de su alma escondía un recóndito secreto. Era un inagotable luchador que jamás daba nada por perdido. Sin embargo, cuando menos podría esperarlo, eufórico y tranquilo después de haber modificado el rumbo de su existencia, le habían vencido los acontecimientos sumiéndole en tal suerte de desestructuración emocional, que se precipitó por el oscuro pozo de las dudas, la soledad y la desesperanza.

Por importante que sea el revés que he sufrido, dio en pensar aquella mañana de estío enfrascado en su realidad, nada ni nadie puede mediatizar mi libertad y mi destino. El que más de un año después continúe sin comprender lo ocurrido no me da derecho a convertirme en una estatua de sal. Siempre hay vida después de un contratiempo y por muy difícil que se presente el futuro aún me quedan muchas cosas por hacer que podrán ilusionarme de nuevo.

Desde el día anterior una cantinela venía ronroneando sin descanso en su cabeza: “ser un buen médico, y un médico bueno”. La frase que treinta y siete años antes había escrito a su abuela.

No bien acababa de exhalar una larga bocanada de humo aromático, cuando en su boca se dibujó una sonrisa tan real como el rictus de tristeza con el que llevaba conviviendo más de un año. Con la mano derecha abierta se dio una palmada sobre la frente mientras en su fuero interno pensaba ¡pués claro!, ¡ya está! ¡Los árboles no me dejaban ver el bosque! La clave está en mi profesión, que después de tantos años ejerciéndola, continúa ilusionándome y me da satisfacciones cada día. Siempre me he esforzado en mantenerme fiel a mis principios y es lo que voy a hacer. Aunque no lo consiga jamás, a partir de ahora redoblaré mi esfuerzo para intentar algún día ser un buen médico y un médico bueno. ¡Valdrá la pena recobrar al mismo tiempo la ilusión y mi vocación!

Al ir avanzando la mañana las mesas se habían ido poblando. La recién instaurada algarabía le invitó a marcharse. Cuando se disponía a pedir la cuenta al camarero le sorprendió el rasgueo, próximo, de una guitarra acompañada del inconfundible eco rítmico de un tbila africano que estimuló sus recuerdos magrebíes. ¡Has vivido muy intensamente!, pensó, pocos pueden disfrutar de una vida tan rica en experiencias.

Buscando a través de sus gafas de sol descubrió que, resguardados bajo la tupida sombra de un viejo pino y recostados sobre su ajado tronco, dos desgreñados chavales se aprestaban a cantar. Algún que otro piercing disimulado entre espesos tatuajes, desgastadas camisetas negras de algodón que dejaban entrever rancios símbolos heavy metal, sucios vaqueros tan raídos como ajustados y unas gastadas chanclas de un color indefinido completaban el decorado. No tardó en sorprenderse nuestro amigo.

Cuál no sería su estupor al escuchar que, con un ritmo mucho más lento del original, la emprendían con una vieja canción de Gloria Gaynor versionada en 1988 por el Dúo Dinámico: Resistiré.

Comenzaba a alzar su brazo derecho para pedir su nota al camarero, cuando la sorprendente, suave y lánguida cadencia sobre la que aquellos dos entonaban la vieja canción que fuese un éxito más de un cuarto de siglo atrás, le impulsó a bajar la mano para escuchar…

“Cuando pierda todas las partidas,

cuando duerma con la soledad,

cuando se me cierren las salidas

y la noche no me deje en paz.

Cuando tenga miedo del silencio,

cuando cueste mantenerse en pie,

cuando se rebelen los recuerdos

y me pongan contra la pared…

 

Cerró los ojos dejándose envolver por la melodía y mecer por los recuerdos que rescataba cada nota desde lo más profundo de su alma. Tan lentamente que él no pudo percibirlo siquiera, una generosa sonrisa se fue apoderando de su semblante. Por primera vez en mucho tiempo comenzaba a ser él.

 

…Resistiré para seguir viviendo,

me volveré de hierro

para endurecer la piel

y aunque los vientos de la vida soplen fuerte

como el junco que se dobla

pero siempre sigue en pie.

Resistiré para seguir viviendo

soportaré

los golpes y jamás me rendiré

y aunque los sueños se me rompan en pedazos

resistiré, resistiré… 

Balanceándose entre la pesadumbre y la añoranza, de sus ojos brotaron dos gruesas lágrimas que no se molestó en secar y recorrieron su cara como intentando limpiar, en un instante, las secuelas de un periodo de su vida que jamás podría olvidar, pero que, indudablemente, estaba contribuyendo a su crecimiento como persona.

…Cuando el mundo pierda toda magia,

cuando mi enemigo sea yo,

cuando me apuñale la nostalgia

y no reconozca ni mi voz.

Cuando me amenace la locura,

cuando en mi moneda salga cruz,

cuando el diablo pase la factura,

o si alguna vez me faltas tú.

Resistiré para seguir viviendo… 

Sosegadamente se levantó y, una vez liquidada su cuenta con el camarero, dirigióse hacia el tupido pino bajo el que aún cantaban los muchachos para agradecerles su talento, una vez que hubieron terminado.

Después, sonriente y canturreando para sus adentros, inició el camino de regreso. Mientras desandaba lo caminado horas antes no paraba de pensar. Tenía muchas cosas que cambiar, actitudes, conductas, maneras…pero, en cualquier caso, lo haría pausadamente, como nunca antes supo hacerlo, sin apremiar al tiempo. Lo que tuviese que ocurrir acontecería de cualquier forma y lo que no, pues no. Se pondría en manos de Dios. Dejaría que su vida fuese fluyendo de forma natural, sin esperar ni planificar nada. “Carpe diem”, por primera vez en su vida, viviendo y saboreando intensamente cada momento, que es como se disfrutan las mayores alegrías y se transforman en profundo aprendizaje los contratiempos.

Dedicó sus últimos días de descanso a reflexionar, cobijado ahora bajo el confortable manto de la serenidad con la que llevaba muchos meses enemistado. Perezosamente, entre el recelo, la timidez y los escrúpulos comenzó a asomar por los resquicios del viejo y robusto caparazón de su tortuga, con el que se había protegido. Así, desde un plácido sosiego, fue ganando en autoestima y recuperando su quebrantada seguridad, que ya no se mostraba arrolladora, sino humilde. Desde la mesura amplió la mirada para dejar de mirarse a sí mismo y, acallando su autocompasión, alcanzó el final del túnel para de día en día irse reencontrando con su entorno habitual, la familia y los amigos de siempre. Algunos, los más, le estaban esperando con una sonrisa, entre la complicidad y la comprensión. Otros, sin embargo, jamás volvieron y se limitó a aceptarlo, apesadumbrado, desde el respeto y la tolerancia.

Cada día, en ocasiones obligándose con mucho esfuerzo por no dejarse abatir por los recuerdos, progresaba un poco más. Con lentitud, pero con firmeza, iba recuperando el control de su vida para volver el nuevo protagonista, seguro de que el desierto que acababa de atravesar le había hecho más amable, más comprensivo, más flexible y más humano. Crecía emocionalmente y como persona. Preocupado por ir suavizando su temperamento, cada noche se enfrentaba con un nuevo rasgo de su carácter, lo diseccionaba con el amoroso cuidado del joven alumno de Anatomía que un día fue, para ir comprendiendo en que aspectos se tenía que esforzar. Se lo debía a sí mismo, a sus pacientes y a su entorno personal.

Declinaba agosto y se aproximaba el momento de reincorporarse a su consulta. Se notaba distinto. Seguro de que algo más que la actitud había cambiado en su interior, se mostraba sin miedos, rompiendo con los complejos que le habían agobiado durante la última época. Ahora luchaba por recuperar la alegría de vivir perdida y su natural humanidad con el empuje y la energía de un médico recién colegiado. A medida que transcurrían los días se le advertía más tenso, inquieto. Planificando minuciosamente las cosas y cuidando cada detalle por pequeño que fuese, recordaba la época en que pasó consulta por primera vez.

A primeros de septiembre reinició su actividad habitual, pero ahora desde un nuevo enfoque. Era innegable que se estaba encontrando consigo mismo y, aunque aún no estuviera plenamente recuperado, se sentía más fuerte, como rejuvenecido. Cada mañana pensaba qué detalles podía mejorar en la atención a sus pacientes y cada tarde se mostraba un poco más seguro, más afable, satisfecho y tranquilo. Así, aparte de no perder el hábito de mantenerse al día en los avances médicos, poco a poco iba rescatando muchas de las cualidades que, como médico y como persona,   había ido dejando extraviados durante sus largas jornadas de lóbrega soledad.

Sosegadamente, con la monótona cadencia con que se suceden las hojas en el calendario, reverdecía su sonrisa y retoñaba su tono vital manifestándose sobre todo cuanto hacía. Sus pacientes que, ¡tantas veces! durante los peores momentos por los que acababa de pasar, se mostraron por él tan preocupados como sus familiares y sus mejores amigos, comenzaron a respirar con sosiego. También en ellos afloraba una sonrisa cada vez que percibían una novedad en la consulta. Lo mismo daba que se tratase de una innovación técnica o metodológica, bien fuese cambio en la actitud del médico, siempre atento y esforzándose en prestar una atención muy próxima a sus enfermos o, simplemente, al percibir cualquier modificación en su escritorio por pequeña que esta fuese.

Apaciblemente, con el devenir de los días, en la consulta comenzaban a apreciarse los cambios. No hacía nada llamativo y, sin embargo, la solicitud y el esfuerzo diario con que se afanaba en cuidar los detalles más pequeños, suscitaba entre los pacientes, sin que nadie lo pretendiese, una mayor consideración de sus cuidados desde el concepto más poderosamente humano de la medicina.

A medida que recuperaba, volvía a recuperar seguridad y cercanía con sus enfermos y comprendía con mayor claridad cuanto estaban contribuyendo, en muchos casos sin sospecharlo siquiera, en la intensa y honda tarea de regeneración personal que, había iniciado desde el verano. El Doctor continuaba sin llamar a los pacientes según su turno, esa era una función que su recepcionista realizaba tradicionalmente con una gran eficacia, habilidad y cariño. Sin embargo, siempre se acercaba a la puerta para saludarles y despedirles con todo cariño y el máximo respeto.

Desde que en septiembre retomó su trabajo, dio en rescatar una vieja costumbre de sus comienzos como médico que con el paso de los años había ido dejando relegada. Cada lunes comenzaba la semana regalándose una hermosa rosa roja fresca. Porque yo lo valgo, se decía justificándose el capricho. Indefectiblemente la acomodaba en una pequeña vasija azul cobalto dispuesta en la mesa de su consulta. Cada viernes, si aún se conservaba airosa, acostumbraba a regalarla a la última señora que le visitaba. Le ilusionaba ir a comprarla cada semana antes de iniciar su tarea.

Le divertía ver cómo sus pacientes, después de admirarla, la acariciaban y olían para comprobar que se trataba de una flor natural. Le agradaba cuando alguien le arrancaba una sonrisa al explicarle que las rosas, además de su belleza, aportan energía positiva a quien las ama. No podía por menos que pensar cuánta necesidad tenía él de una generosa dosis de positividad para hacer frente a los contratiempos y continuar creciendo.

Mientras sus pacientes insistían, muchos de ellos desde una más que notable cercanía, preocupándose por su situación, él redoblaba sus esfuerzos cada tarde para ofrecerles una mejor atención. Independientemente de que viviese intensamente su profesión y de que disfrutase tanto con ella como para considerar que era el mejor regalo que Dios le había hecho, pensaba que humanizando el ejercicio de la medicina y aproximándose aún más a sus enfermos les hacía llegar, humildemente, su gratitud por la preocupación que le venían demostrando desde hacía casi un año, sin haber perdido un ápice de confianza en él como médico. A medida que los días pasaban se notaba crecer de nuevo y se sentía más seguro. Por las noches, al despedirse, se volvía a sentir como antaño cansado pero satisfecho, convencido de que la esencia de un buen trabajo es amar lo que se hace, y él vivía enamorado de su profesión.

A menudo ponía en marcha pequeños cambios con tanta discreción que, en ocasiones, pasaban casi desapercibidos, hasta transcurridos varios días. Así una tarde modificaba levemente la disposición de los muebles, otra modernizaba su instrumental, y más adelante instaló un modesto sistema de relajante música ambiental. Acostumbraba a recibir por vez primera a los enfermos facilitándoles su teléfono móvil y su correo electrónico y, siempre, siempre, disponía de un momento para dedicar al paciente en el plano personal.

Con la ilusión recobrada y motivado hasta el extremo por el calor de sus pacientes, cual ave Fénix, renaciendo de sus cenizas, volvía a volar de nuevo. Serenamente, salía de una larga noche tan lóbrega como la boca de un lobo en el interior de una caverna y lo hacía con el aplomo necesario como para rescatar la más profunda de sus quimeras ser un buen médico y un médico bueno.

Al reencontrarse de nuevo, se fue manifestando con mayor claridad su itinerario vital. Una idea comenzó a depositarse en lo más hondo de su corazón. “Ser un buen médico y una buena persona”, volvía a ser el leitmotiv de su vida. Era, paradójicamente, la razón más importante de su existencia, una existencia que, hasta unas semanas antes, el mismo estaba dispuesto a liquidar. Jamás permitiría que nada ni nadie le desviasen de su senda. Otra cosa sería que alguien quisiera compartirla con él.

Casi sin darse cuenta, volcado como nunca antes sobre sus ideales, fueron pasando los meses. Cayeron las hojas en los árboles y también en los calendarios. Cada tarde el sol, que cada mañana se hacía más el remolón para despertar, se despedía un poco antes. Como cada año, sin pedir permiso, las lluvias otoñales se fueron disfrazando de blanco para decorar de invierno la naturaleza y, con el descaro habitual, un aire gélido llevó a las calles un olor a castañas asadas y a boniatos. Como cada año, también, fechas antes que el año anterior la ciudad amaneció con un nuevo decorado navideño. De la mano de tal barniz de música, luces, olores, colores, belenes, abetos, guirnaldas, regalos y una inagotable relación de tópicos, en muchos casos más fachada comercial que auténtico sentimiento de amor por la Humanidad, se había ido aproximando la Navidad.

Nuestro amigo, siempre entendió la Navidad como una llama inagotable en el alma de los hombres, y acostumbraba a interiorizarla esforzándose por mantenerla viva durante todos los días del año, aunque consciente de que “entre intentar y poder hay un largo trecho para recorrer”. En esta ocasión, después de una experiencia tan dura e intensa pero, sobre todo, tan aleccionadora como de la que acababa de salir, deseaba vivir su Navidad lejos de la parafernalia, de las fachadas, de las sonrisas fingidas y el lustre de lo socialmente correcto. La Navidad, pensó para sí, es tiempo de añorar, de recordar, de sentir, de soñar, de agradecer, de perdonar, de confiar, de ofrecer a los otros lo mejor de cada uno, de aprender a regalarnos a los demás durante todo el año, y es tiempo, de cultivar nuestra habilidad para hacer crecer nuestra capacidad de amar.

Transcurrían las navidades entre su consulta, las felicitaciones, el calor, el cariño y los regalos con que sus pacientes habitualmente le obsequiaban en estas fechas y que, agradeciéndolos profundamente, continuaba considerando inmerecidos.

Aunque siempre le gustó pasear, en tiempo de Navidad disfrutaba especialmente recorriendo las calles y disfrutando de las luces y el ambiente, observando y, sobre todo, pensando. Haciendo balance del año que ya se disponía a abrir la puerta para salir.

En la soledad de aquella tarde del día de fin de año, consideró cómo había cambiado su escenario en tan poco tiempo y, también, cómo sin decir agua va, se había enriquecido el elenco de actores. Sus pacientes, en muchas ocasiones casi sin ser conscientes de ello, se fueron convirtiendo en uno de los pilares, quizás el más poderoso de su regeneración. La profunda crisis que acababa de atravesar le había obligado a crecer como persona, a ser un poco mejor, más tolerante, más comprensivo y, ¿por qué no?, más humilde y más humano. Gracias a la nueva ilusión que su entorno y sus pacientes contribuyeron a alentar pudo recuperar sus raíces más profundas y a redefinir un remozado proyecto de vida. Solo así acertó a guardar en el desván de su memoria, entre la pena y el cariño, pero sin rencor, el proyecto que la vida le obligó a abandonar.

Cuando al caer la tarde emergía un frio intenso para despedir el año, mientras realizaba un movimiento mecánico para acomodar su bufanda comenzó a sonar su teléfono móvil. Dudó un instante antes de atender la llamada. Pudo más su condición de médico que su satisfacción de paseante. Se le iluminaron los ojos mientras que una generosa sonrisa se adueñaba de su cara. Se le veía feliz, tranquilo y satisfecho. Por primera vez en muchos meses se le podía ver cómo era él. Poco antes de terminar de hablar sus ojos se mostraron muy brillantes mientras unos derrochadores regueros de lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas. Era una paciente para agradecerle su apoyo diario, su ayuda y sus visitas mientras que había estado internada en un hospital por una penosa enfermedad. Al escuchar que le decía “sólo ahora, pasados varios meses, he podido valorar lo que hiciste por mí”, no pudo por menos que despedirse mientras rompía a llorar.

Probablemente sea el regalo de Navidad más bonito que haya recibido en toda mi vida, pensó nada más colgar. Eclipsados ya sus personales “doce trabajos de Hércules” en la soledad de su alma, aquella llamada, logró que alguien tan emocional y emotivo se sintiese tan conmovido como sobrecogido y sosegado. En esos momentos comenzó a sentir que hay vida después de la vida, desde la imperturbable placidez de quien padeciendo una asombrosa claustrofobia se siente a salvo al salir de un largo túnel. Repentinamente comenzó a reír hasta que las lágrimas, sin distinguir bien el motivo, impregnaron su boca de un sabor salado. Por fin se sentía feliz después de tantos meses de sufrimiento interior.

Continuó caminando después de secarse la cara en la bufanda. Transitando por una zona comercial aún abierta se topó con una familia de emigrantes, probablemente rumanos, sucios y tiritando bajo unas raídas mantas. En un impulso entró en un supermercado y al cabo de un rato regresó junto a ellos para ofrecerles una cena caliente. Al menos hoy podrán cenar en condiciones y al menos esta noche podrán ilusionarse con un año mejor, se dijo a sí mismo, como tratando de justificar su acción. Poco después volvió al mismo lugar con unas bolsas. Unos juguetes para los niños, unos jerséis para cada miembro de la familia y unas chuches. No dejaba de recordar a sus padres. Esa era un comportamiento que había aprendido de ellos. Después de dar un beso a las criaturas se despidió con una sonrisa y, casi disculpándose por haber invadido bruscamente su intimidad. Luego prosiguió su periplo canturreando Noche de paz.

Mientras reanudaba su paseo recordó que también él estaba en deuda con sus pacientes y decidió que el cuento de Navidad del próximo año estaría basado en hechos reales y estaría dedicado a todos ellos con su agradecimiento. Después, ya anochecido, el doctor continuó caminando calle adelante hasta que su sombra se perdió confundiéndose bajo la luz de las farolas…

Cuando llegó a casa comenzó a escribir. Únicamente la cena y las doce campanadas interrumpieron aquella noche su tarea. Entró en el nuevo año como había despedido al anterior, escribiendo uno de sus tradicionales relatos.

Ahora tienes, querido lector entre tus manos, esa narración navideña. Con todo mi cariño, mi gratitud y mi deseo para ti y los tuyos de una feliz Navidad. Quiera el Niño Dios que sepas guardar su espíritu dentro de tu corazón durante toda la vida.

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5 Comentarios

  1. Mi médicp de familia para siempre. Llegó a cumplir su deseo: SER UN.BUEN MÉDICO Y UN MÉDICO BUENO. Nunca le estaré lo suficientemente agradecida por todo lo que hizo por mi madre hasta el mismo día en que falleció. Un abrazo muy fuerte a esta magnífica persona, que es, a la vez un grándísimo médico.

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