Este 30 de octubre se cumplen 60 años de la muerte de uno de los escritores más sobresalientes de las letras de este país durante el pasado siglo XX. El donostiarra Pío Baroja y Nessi nació un día de los inocentes de 1872 y muy pronto comenzó a dar muestras de su talla literaria con la publicación en el año 1900 de su primera novela, La casa de Aizgorri.

Si su vida fue apasionante y sumamente contradictoria, con una guerra civil de por medio, exilio incluido, su muerte y posterior entierro quedaron escritos para la posteridad casi en términos novelescos. Quiso ser enterrado como ateo en el Cementerio Civil de Madrid, ubicado junto a La Almudena. Aquella España franquista de misa diaria se llevó las manos a la cabeza. En ningún momento quiso atender los consejos que su sobrino, el antropólogo Julio Caro Baroja, que le conminó a replantearse su última voluntad siendo quien era y representando lo que representaba en un país al que había retornado nada más acabar la guerra, en 1940. Pío Baroja insistió y al final logró que se hiciera cumplir su última voluntad. Fue enterrado donde quiso y su féretro fue llevado a hombros de escritores como Miguel Pérez Ferrero o el Nobel de Literatura Camilo José Cela. Al sepelio acudió otro escritor universal: Ernest Hemingway.

 

Con la publicación de su primera novela a los 18 años, Baroja había dado comienzo con ella a lo que se convertiría con el tiempo en la famosa tetralogía Tierra vasca. Cuenta el profesor Francisco J. Flores Arroyuelo, experto en este autor clave de la mítica Generación del 98, que “con un escrúpulo estructurador, bautizó a La casa de Aizgorri como cabeza de una trilogía que andando el tiempo no habría de conformarse ni con las tres novelas que pudiéramos llamar de ordenanza, ni con las cuatro como apunta algún crítico añadiendo La leyenda de Juan de Alzate”.

Porque lo que queda claro es que el escritor vasco quiso escribir una trilogía que siguió creciendo casi a su pesar. A la primera entrega le siguieron El mayorazgo de Labraz tres años después de la primera novela y la mítica Zalacaín el aventurero, publicada en 1909. Tuvo que pasar más de una década para cerrar la tetralogía con La leyenda de Jaun de Alzate.

Espasa ha decidido conmemorar este 60 aniversario de su muerte con la publicación de una edición en un único volumen de esta famosa tetralogía. Los expertos aún hoy dudan de la necesidad o no de que estas cuatro novelas estén unidas más allá de lo temático pese a haber sido escritas con una diferencia de casi dos décadas.

La temática puede intuirse desde su título: “Baroja nos hace conocer las ventas perdidas en las montañas o las posadas en los pueblos”, apunta Flores Arroyuelo. “Nos lleva por la costa más o menos suave del país vascofrancés y del vascoespañol hasta Zarauz, o de la más bronca y fuerte de Guetaria y Motrico. Nos hace presentes en las costumbres de los vascos en los siglos XVIII y XIX. Andamos las tierras de la Rioja alavesa, trepamos por las montañas verdes y de cielo cerrado por nubes”, añade el experto.

Baroja delinea una especie de Tierra Prometida, donde transcurren las andanzas de sus protagonistas como Zalacaín o Jaun de Alzate. Es una tierra siempre vieja y en continua transformación. El filósofo alemán Schopenhauer está muy presente en la visión del mundo del donostiarra.

Ramón E. Guardado, en su tesis barojiana Factores estético vitalistas en la obra de Pío Baroja, apunta que las novelas de Baroja manifiestan una preocupación política y social indisolublemente unida a la vivencia ideológica y moral anteriores. Esta preocupación se encarna en personajes de gran veracidad más que en un debate ideológico.

Hace apenas un año, Espasa ha publicado la última novela inédita del autor de El árbol de la ciencia. Bajo el título Los caprichos de la suerte, esta publicación se convirtió en todo un acontecimiento literario sobre un escritor que aquel 30 de octubre de hace 60 años fue enterrado, con la presencia de un ministro franquista incluido, el de Educación nada más y nada menos –Jesús Rubio García-Mina– entre acusaciones de “impío”, “ateo” o “cínico” en una España gris tirando a negra.

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