Sin lugar a dudas, el próximo 20 de diciembre España asistirá a un cambio de época en lo que al escenario político en nuestro país se refiere. No serán así estas unas elecciones que marquen a secas épocas de tiempos sino realmente cambios de época. Transformaciones de un escenario político que marcará la llegada a la escena política nacional de la generación de una nueva hornada de políticos que nacidos al abrigo de la Constitución de 1978 tendrán que demostrar con la fuerza de los hechos, y no tanto con la de las palabras previas, si realmente vienen a cambiar la realidad del presente o son sólo una continuidad renovada en versión más sofisticada del lampedusismo político instalado en la política española.

Y todo ello, en un escenario de gran complejidad política en donde los “recién llegados” y los “veteranos” partidos tendrán que hacer frente a asuntos de calado, cuestiones que deberán ser abordadas sin dilación, ni regates cortos, temas candentes como la reactivación real de la economía y la recuperación de los pilares de la sociedad del bienestar, el encaje de Cataluña, la reforma de la Constitución o el posicionamiento estratégico de nuestro país en el eje mediterráneo frente a escenarios que necesariamente tendrán que contar con la participación activa de España y de Europa. No por menos,  unas elecciones no resuelven por sí mismas los problemas, aunque son el paso previo y necesario para su solución, como diría el recordado presidente Adolfo Suárez.

De esta forma, las próximas elecciones generales tendrán que ser analizadas en el pro y el post por las propias circunstancias que rodean a unos comicios electorales en donde por primera vez asistimos en nuestro país al fin del bipartidismo imperfecto con la eclosión de dos nuevas fuerzas políticas  como son Ciudadanos y Podemos. Dos partidos que, a través de una inteligente interpretación de la realidad y del momento, han sabido vincular sus mensajes políticos con una ciudadanía  hastiada de la clase política. Y todo ello con varios aliados perfectos en su diseño estratégico de ocupación del espacio del bipartidismo. Por un lado la situación de crisis económica, social y política que ha hecho que la ciudadanía se aleje en estos últimos cuatro años de los partidos hasta ahora mayoritarios –PSOE y PP-; y por otro lado, la falta de relato histórico de dos partidos políticos que hacen de la debilidad de su escasa trayectoria en la política nacional una fortaleza ante los adversarios del tablero político, incapaces de encontrar en estos  nuevos partidos decisiones, actitudes o errores en una gestión institucional escasa o exigua por la propia historia de estos nuevos partidos.

Son estos dos aliados fundamentales, a los que en el caso de Ciudadanos se suman otros elementos que benefician de manera directa su estrategia de crecimiento político. En primer lugar, la situación de Cataluña, en donde Ciudadanos ha conseguido presentarse  y vender una imagen clara ante el resto de España como el partido que de manera clara, directa y contundente ha hecho frente al  separatismo catalán radical.

Y en segundo lugar, la fracturación  y la huida del voto conservador en nuestro país, voto que ya no sólo ve como opción política vinculada a sus convicciones al partido popular sino que encuentra en Ciudadanos un partido en donde dar utilidad a su voto.  Ocupa Ciudadanos así un espacio hasta ahora sólo reservado al PP, y lo hace además sumando a su estrategia de crecimiento a votantes del centro izquierda de nuestro país que en comicios electorales pasados votaron al PSOE y todo ello, desde una estrategia de comunicación inteligente en donde Albert Rivera juega desde un posicionamiento ideológico liberal y conservador a coquetear con mensajes de la socialdemocracia tradicional, mensajes que apoyados en una estrategia de pactos mixta –con el PSOE en Andalucía y con el PP en Madrid– basada en dar estabilidad al partido más votado, sirven para pescar votos en caladeros que parecen muy alejados de las convicciones de un partido que jugando a ser pieza clave de la segunda transición en nuestro país sigue destilando el inconfundible aroma de la derecha, eso sí, de una derecha europea.

Pero como hemos visto,  no sólo Ciudadanos se presenta con fuerza en el escenario de cambio político como el que marcarán las elecciones generales del próximo 20 de diciembre.  Podemos será la otra fuerza política de eclosión explosiva a tener en cuenta en la noche electoral, y todo ello aun cuando el asalto al cielo prometido por Pablo Iglesias a sus fieles tendrá que esperar aún un tiempo. Las elecciones, a veces, son la venganza del ciudadano y la papeleta es un puñal de papel, palabras que escribió en la historia el que fuera el primer ministro David Lloyd George, y es que no por menos al igual que Ciudadanos, Podemos ha sido capaz de crecer del “enfado” y “hartazgo” de la ciudadanía, en este caso de izquierdas, de nuestro país.

Así, y con un programa electoral basado en gran parte en las consignas de los movimientos del 15-M que reivindicaban consignas como la defensa de la Renta Básica Universal, la lucha contra la precarización laboral, la Reforma de la Ley Hipotecaria o la Banca Pública entre otras, Podemos se presenta como un partido de vocación ciudadana que capta votos en el espacio político en donde de manera tradicional lo hacían partidos como el PSOE e IU en menor grado, y lo hace además con la capacidad de conectar al mismo tiempo con jóvenes y nuevos votantes, que ven en Podemos la esperanza revolucionaria a su propia juventud disconforme.  Y es que la estrategia del partido morado no se conforma de acciones deslavazadas  sino de un perfecto encuadre de acción  estratégica que parte de una primera acción previa a las elecciones generales como fue lograr sus fortalecimiento en las grandes urbes con la victoria en las alcaldías de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Valencia o Cádiz entre otras. Victorias estas que buscan apuntalar de manera firme a Podemos y todo ello además desde la alianza en los territorios con otras “marcas políticas” como Compromis  en la Comunidad Valenciana , Bildu en el País Vasco o el propio PSOE en Aragón. Y es que, parece claro que para Pablo Iglesias la conquista de la Moncloa parte de un previo fundamental que es la ocupación del espacio político municipal.

No obstante, la capacidad de continuidad de éxito en la estrategia de Podemos vendrá marcada por su capacidad de hacer frente a  desafíos nacidos de su propia génesis. Por un lado, la de solventar la coexistencia de sus dos almas internas, la crítica de  izquierda anticapitalista y la oficial de Iglesias. Por otro, la de encajar a unas bases asamblearistas incapaces aún de entender  la moderación del discurso de la dirección del partido y de conformarse con las estrategias clásicas de partidos por las  que el líder de Podemos parece haberse decidido en la lógica de entender que la radicalidad excesiva discursiva y el continuo enfado sirve para poco en la realidad sociopolítica de un país como España. El tiempo y la llegada a las instituciones de este nuevo partido servirán así para determinar su presente y sobre todo su futuro.

Y frente a este escenario nuevo y cambiante, partidos como PSOE y PP, que asisten a la eclosión de las nuevas fuerzas políticas de Podemos y Ciudadanos con diferentes estrategias electorales y programáticas de contención de un cambio de escenario político que parece decidido en nuestro país.

Es este un escenario en donde el PP parte con ventaja frente al PSOE e IU, una ventaja basada en gran parte en el colchón de votos alcanzados en las anteriores elecciones generales que servirá para que su estrepitosa caída electoral les permita aun así ser la fuerza política con mayor número de votos y escaños. De ahí parte la estrategia de un  PP centrado por un lado en mandar a Soraya Sáenz de Santamaría  a la pugna de la arena política y en pasar de puntillas por una campaña electoral sin cometer el más mínimo error, aun cuando ello signifique no aparecer en debates políticos en donde su candidato podría perder más que ganar el margen de oxígeno político que aún le queda para llegar a la meta del próximo 20-D.

No sabemos, eso sí, si asistiremos a un gobierno en España a la portuguesa o un acuerdo programático entre PP y Ciudadanos,  hecho este que cada día parece más plausible, si bien dicho acuerdo parece que dependerá, como es lógico, de cuál sea la fuerza política más votada. Si lo fuera el PP, parece que Ciudadanos hará lo que ha hecho ya en Madrid o Andalucía, dejar que gobierne la lista más votada y mantener desde la cómoda posición de  la oposición la fuerza de decidir sobre el gobierno. Lo que no cabe duda, es que el acuerdo  con Ciudadanos pasaría en gran parte por la salida de Rajoy y la llegada de Soraya Sáenz de Santamaría a la Moncloa, algo que perfectamente podría valer a un partido como Ciudadanos, que enarbolaría la defensa no sólo de haber propiciado la estabilidad de España sino al mismo tiempo de haber dado la centralidad a un gobierno en donde la figura de Rajoy sería la pieza del tablero a cobrar, algo esto que contentaría no sólo a Aznar y otros líderes populares sino también en gran parte a muchos militantes del PP hastiados de la figura de un presidente que resta más que suma a la propia marca del partido.

Panorama diferente es el que tiene por delante un PSOE que se enfrenta a unos comicios históricos de cuyo resultado pueden depender muchos de los episodios que acontezcan internamente en el seno del primer partido de la oposición.  Pedro Sánchez tiene ante sí de esta forma una tarea titánica en la que el estrangulamiento de espacio político y pérdida de votos que sufre por el centro –Ciudadanos– y por la izquierda –Podemos– ha determinado una campaña política directa en donde la entrada en el cuerpo a cuerpo con estos dos partidos llevada a cabo por Pedro Sánchez en el primero de los debates, parece ser que tendrá su continuidad a lo largo de toda la campaña. Y es que, si bien el programa del PSOE destila propuestas interesantes, audaces y potenciadas hacia la izquierda en aspectos como el de la sanidad, la educación o lo laboral por regiones como las de Andalucía, Extremadura o Asturias, entre otras, la falta de tensionamiento del electorado tradicional del PSOE e incluso de la propia militancia podrían determinar un resultado complejo para un partido con vocación de gobierno. No por menos, bajar de 110 diputados/as significaría para el PSOE un cataclismo interno que llevaría inexorablemente a la toma de un nuevo rumbo en el próximo congreso federal.

Y en todo este escenario de cambio, renovación y complejidad inaudita en lo que a nuestra joven democracia se refiere, quedarán por ver cómo quedan otros partidos como IU, aquejado de una importante aluminosis estructural política incentivada por Podemos y UPYD, que parece que podría desdibujarse del mapa político nacional e incluso dejar de tener representación en el Congreso de los Diputados tras años de permanente presencia tras su crisis interna y la decisión de no concurrir con Ciudadanos en una estrategia conjunta  que parece que a la postre hubiera interesado más al partido rosado.

En definitiva, el próximo 20 de diciembre nos tocará vivir un cambio de época, un cambio de ciclo que no sólo quedará marcado con la llegada del pluripartidismo al Congreso de los Diputados y al Senado, sino que exigirá del esfuerzo colectivo y un mayor parlamentarismo en la acción política, acción que necesariamente deberá ser acompañada de acuerdos concretos y permanentes para facilitar la gobernabilidad del país. Requerirá este tiempo la grandeza de hombres y mujeres, por lo tanto, que sean capaces de mirar por encima de sus intereses partidistas en pro del interés general  y de poner en valor el bien de la ciudadanía por encima del de las siglas.

Hoy, cuando encaramos la segunda transición en nuestro país recordar lo mejor de quienes hicieron posible la primera no puede más que ser una perfecta brújula para nuestro futuro, aun cuando este aún no está escrito porque sólo el pueblo puede escribirlo.

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