La compartimentación individualista y ególatra de nuestras vidas y conciencias en átomos y celdas cuasi estancas a través de la educación y los usos sociales de nuestros días es una de las defensas más certeras que el sistema ha establecido, ladina y muy efectivamente, para alienarnos y mantenernos al margen de verdaderos movimientos colectivos de cambio. Los nuevos usos sociales que se han establecido a partir del vendaval que han provocado las nuevas tecnologías y sus aplicaciones en nuestras vidas, seccionan, primero, la profundidad de cualquier cambio y, en segundo lugar, laminan la constancia de sus actores, nosotros y nosotras.

Han abierto ventanas de oportunidad al vitalizar, y permitir viralizar, visiones políticas y económicas alternativas al status quo; denunciar de manera práctica y directa, desde cualquier lugar y momento, las múltiples formas de opresión que a lo largo y ancho del globo sufren personas, colectivos, pueblos; también nos han abierto los ojos de aquellos y aquellas que sufren tales injusticias, o situaciones de opresión, porque estas denuncias y estas voces no nos llegan a través de intermediarios, sino narradas, fotografiadas, descritas, grabadas y ´significadas´, de primera mano, por las propias víctimas, denunciantes o actores de tales realidades.

Y esto ayudó a generar y fomentó oleadas masivas de cambio, desde las primaveras árabes hasta el 15M español, desde las concentraciones de la plaza Taksim y hasta el movimiento Ocupa Wall Street.

Un momento verdaderamente revolucionario es como el amor; es una grieta en el mundo, en el discurso habitual de las cosas…”, escribe Srećko Horvat en su inspiradora ‘La radicalidad del amor’. Y tiene razón. Pocas veces en los últimos tiempos estas corrientes de cambio han ido más allá del nacimiento de nuevos actores políticos, como PODEMOS en España, o el advenimiento de otoños fríos y oscuros, tras el enfriamiento de aquellas primaveras y la llegada de sus respectivas respuestas conservadoras e involutivas.

Porque, desde la visión que nos da el tiempo transcurrido, percibimos que quizás la revolución, o más concretamente el triunfo de sus propuestas de alternativa sistémica, quizás tenga algo más que ver con procesos más lentos, más profundos, sentimental e intelectualmente más sólidos; procesos que provoquen no sólo una conciencia más o menos extendida y masiva sobre la necesidad de cambio, común en todos los movimientos contemporáneos que hemos presenciado en los últimos años, sino que transmitan y constaten un conocimiento y connivencia social y también muy amplia sobre las características de ese cambio, aún a sabiendas de que se vivirán zozobras y se cruzarán océanos: algo más parecido al imperfecto, pero radical amor que al sugestivo y excitado, además de artificialmente impoluto, pero pasajero enamoramiento.

La urgencia y el atiborramiento de los impactos que surcan las redes sociales, la economía de atención que provoca, la banalización de los mensajes que supone su masiva réplica, la propuesta “consumista” sobre los contenidos que encierran (y que por lo tanto somete a esos contenidos a la tiranía del uso y desuso, desgaste y nueva oferta, obsolescencia y renovación) y la falsa realidad y percepción de cambio que provocan (por su hiperactividad, el meta-lenguaje que utilizan y la retroalimentación cerrada), tienen más que ver con el frenesí momentáneo de una noche que con lazos y vínculos más sólidos, solidarios, complejos y contradictorios.

Hoy sabemos, o al menos tenemos la sensación, de que no se establece un nuevo estado de las cosas desde actitudes y fórmulas tan poco consecuentes y constantes como las que han generado estas herramientas. O no tan sólo. Digamos que el caldo de cultivo de las revoluciones, del triunfo de sus propuestas, se basa en el sentimiento, en la existencia de un vínculo colectivo con respecto a una determinada aspiración; un vínculo que desde que comienzas a explorarlo sabes que tendrá la capacidad de cambiar tu mundo, de transformarlo; un vínculo que entrañará riesgos y peligros, pero cuyas consecuencias quieres asumir; un vínculo que requiere de exploración, de profundidad, de constancia, de generosidad, y de tiempo; un vínculo complejo, no de fácil consumo, y valiente, porque hará que te enfrentes, con otros/as, a que todo a tu alrededor cambie, a cambiar todo a tu alrededor: un nuevo lenguaje, una nueva forma de relacionarte, una nueva concepción del tiempo, de la individualidad y de las relaciones sociales.

La revolución tiene más que ver con el amor que con el apresurado consumo de sensaciones en el que parecen estar instaladas nuestras sociedades.

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Periodista político que dio el paso hasta las tribunas al principio de la crisis (2007). Movimientos sociales, política internacional, comunicación social y el abuso sobre los consumidores de las grandes corporaciones son sus campos de trabajo. Entre otros muchos/as compañeros fundó Izquierda Abierta en 2012, para renovar los modos políticos y trabajar por la unidad de las opciones de progreso; actualmente es miembro de la dirección federal de IU y alcalde de Castilleja de Guzmán (Sevilla).

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