Después de los rifirrafes que el pobre Cupido ha sufrido esta semana en la que pocas flechas ha tenido tiempo de lanzar antes de que las brigadas antiamor se lo carguen por haber hecho un uso comercial del sentimiento, a mí me ha dado tiempo a ver de todo. Entre otra cosas, he visto cómo el puritanismo más puro tan arraigado en las conciencias pacatas de los más conservadores condenaban (de nuevo) una ilustración tan bonita, inspiradora y hecha con tanto amor como la que ven ahí arriba. A la ilustradora en cuestión, Sofía González, la han criticado abiertamente y sin pudor por reflejar a dos príncipes barbudos dándose un beso de amor al final del cuento. Pero lo más molesto de todo esto no es que critiquen de nuevo la homosexualidad, que es ya muy cansino, aburrido y repetitivo, es que hasta cuando se trata de amor, la queja, la intolerancia y la crítica se impongan por encima de todo lo bueno. Sea el amor que sea. En este caso, la ofuscada decía sentirse “saturada” al ver la imagen de dos hombres juntos.

Debería darnos igual que haya gente que espera un 14 de febrero para celebrar el amor, que haya gente que lo celebre todos los días, que a los enamorados les dé por regalarse rosas y perfumes, que lo celebres en la intimidad o lo manifiestes públicamente o que los solteros se unan para celebrarlo. Lo importante es que el gozo y el entusiasmo triunfen sin que nadie haga daño a nadie. Pero siempre hay algún francotirador dispuesto a matar a quemarropa al primero que se disponga a aletear en nombre del amor sin más. Que el amor muchas veces tenga fecha de caducidad es una realidad, pero los hay que se divierten convirtiéndolo en desamor antes de tiempo, sin tener en cuenta que, como decía un poeta italiano, “el tiempo no consagrado al amor es tiempo perdido”. Da igual, actualmente hay que criticar, mofarse y despreciar para existir, especialmente ahora que las redes sociales lo ponen tan fácil.

El amor está íntimamente unido a la condición humana y eso es una verdad absoluta, a pesar de que haya algunos a los que les incomode. La literatura y el arte lo demuestran desde el principio hasta el final. Una de las más bellas declaraciones de amor se la hacía Don Quijote a Dulcinea. Los versos más bonitos de Pedro Salinas estaban dedicados, por completo y en secreto, a su amante. Lorca, Cernuda o Shakespeare se pasaron toda una vida intentado demostrar que es imposible vivir sin amor, pero los hay que se empeñan en ir a contracorriente, porque a partir del momento en que el comportamiento del otro no entre dentro de las “heteronormas” el amor se desnaturaliza para dar paso a la desconsideración, el menosprecio y el rencor gratuito de algunos miserables. La rigidez mental y falta de tolerancia están tan arraigadas a la idiosincrasia de esta sociedad que a una le asaltan las dudas sobre si verdaderamente el amor nos afecta a todos por igual. Recuerdo unos versos de El Libro de Buen Amor que dicen algo así como “Hace el amor sutil al hombre que era rudo/ hácele hablar hermoso al que antes era mudo”, pero siento decirle, querido Arcipreste de Hita, que lamentablemente, siete siglos después, ya no. Que falta amor, amor del bueno, de ese en el que el menú incluye perdices.

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Llegué al mundo un mediodía de invierno, en Elche, bajo el signo de piscis y ayudada por una ventosa, que despertó en mí las ganas de llorar. Fui una niña tranquila, callada, obediente, estudiosa, de timidez enfermiza. Y llorona, muy llorona, porque la genética desarrolló en mí una sobredosis de sensibilidad. Prefería observar y escuchar a hablar. Al volver del cole veía Barrio Sésamo y nunca me quedé al comedor. De pequeña leía los poemas de Gloria Fuertes y pasé todos los veranos en La Unión, en compañía de un abuelo que criaba jilgueros, una abuela muy coqueta que me contaba secretos familiares y una tía soltera muy muy sabia. Mis padres me educaron en los valores de humildad y respeto. Respeto a todo el que tuviera en frente sea quien fuere. Mi asignatura favorita en el instituto era Literatura, y gracias a la poesía y a mi profesor descubrí lo que era el amor, la vida, la muerte, el paso del tiempo y hasta los placeres prohibidos. Pero lo que siempre me acompañó fue el realismo mágico. A los 18 años el ansia de libertad me llevó a Madrid a estudiar Periodismo y a partir de allí empecé a volar. Un día de primavera, un sabio argentino me predijo en el Retiro que lo mío era comunicar, que viajaría mucho por el mundo, que era una mujer de mar y que al final volvería a mi elemento. Y así se hizo. Pertenezco a la generación ERASMUS. Estudié italiano cuando todos querían saber inglés y me fui a vivir a Roma, cuando todos buscaban un lugar en el Reino Unido. Pertenezco también a la generación precaria. Durante unos cuantos veranos, y algún invierno más, me explotaron como becaria en numerosos medios de comunicación, pero como yo no era consciente de que me explotaban, pues me lo pasaba bien delante del micrófono y escribiendo. Hacía crónicas muy locales en la CADENA SER de Elche, trabajé en Diario INFORMACIÓN y toqué fondo en un diario gratuito de cuyo nombre no quiero acordarme. De allí salí escopetada hacia Francia, para trabajar en Comunicación y Relaciones Internacionales, y después de tres años de puturrú de fuá, me planté en Bruselas. Allí estuve trabajando cinco años en la Comisión Europea, un lugar en el que te pagan mucho por no hacer nada. Pero como allí dentro los días dan mucho para pensar y aquella jaula de oro tampoco me convencía, concluí que si verdaderamente quería hacer algo para ayudar a la humanidad, había que empezar por la Educación. Y como los astros y aquel sabio argentino no se equivocaban, la vida me devolvió al Mediterráneo, donde vivo ahora, un pueblo del sur de Francia, en el que aprovecho mis clases como profesora de español para despertar el sentido crítico en unos adolescentes que andan cada vez más perdidos. Así que soy de todas partes y de ninguna. Un ser sin una identidad declarada, pero con una vocación de madre innata que sueña con dejarle a sus hijas un mundo mejor. Porque no, a España no quiero volver.

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