Amor libre, pero dentro de un orden

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Fragmento del cartel de la película Shortbus

El poliamor está de moda. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que la gente lo ponga en práctica de forma masiva, sino tan solo que se ha vuelto trending topic en las redes y tema de conversación en los bares. Entre las novedades editoriales encontramos distintos libros que abordan el tema: de ultramar nos han llegado, en esmeradas traducciones de Miguel Vagalume, Ética promiscua, de Dossie Easton y Janet W. Hardy, y Opening Up, de Tristan Taormino; nuestra Lucía Etxebarría también se ha animado a tratar el poliamor en Más peligroso es no amar. Basta hojear un poco estos tres títulos para darnos cuenta de que estamos ante libros de autoayuda. ¡Que esto no os espante, fatuos intelectuales! La autoayuda es un género que sería un error menospreciar; se puede considerar que su obra inaugural son las Meditaciones de Marco Aurelio, y nos ha dado ensayos tan memorables como La conquista de la felicidad de Bertrand Russell. Así que estos manuales del buen promiscuo (o, como dicen Easton y Hardy, “putón con ética”) merecen que nos acerquemos a ellos sin prejuicios… y con mucha curiosidad. Pero antes entremos en contexto.

Lo de poner en cuestión la monogamia no es nada nuevo. El rechazo a la institución matrimonial, tanto en su dimensión jurídica como ética, ha sido una constante del pensamiento anarquista y/o anarquizante, de William Godwin a Agustín García Calvo. La idea de que todo ser humano tiene derecho a ejercer la libertad de compartir su cuerpo y su placer con quien buenamente le dé la gana es de raigambre libertaria, más que libertina. El amor libre, a raíz de las revueltas estudiantiles del 68, devino reivindicación política. El acoso y derribo de las estructuras ideológicas y emocionales de la pareja monógama tradicional, soporte del orden social existente, venía acompañando al movimiento que Wilhelm Reich llamó “revolución sexual”, con todas las connotaciones amenazantes para el sistema que lleva consigo la palabra “revolución”.

Luego vino la generación del SIDA, el retorno al conservadurismo. Explotó sin ruido la burbuja hippy del Make love not war. Y, cual testaruda ave fénix, de las cenizas del amor libre surgió en los noventa este invento nuevo del poliamor. ¿Mismo perro, distintos collares? ¿O estamos ante un fenómeno esencialmente distinto? Arranquemos nuestras pesquisas examinando la palabra misma: “poliamor” es traducción directa del neologismo inglés polyamory, un refrito del griego polys (“mucho” o “muchos”) y el latín amor. No me negaréis que el término en sí es bastante cutre. Y es que quien lo acuñó no fue ningún sesudo académico postestructuralista, sino una pintoresca y sonriente sacerdotisa neopagana, Morning Glory Zell-Ravenheart. Esta señora, luciendo sempiternas coronas de flores y túnicas de colorines, vivía en pleno campo con su marido y sus amantes en una comuna californiana de rollo medievalista. Así que esto del poliamor tiene su origen en un reducto de friquis que parece salido de un cuento de Tolkien, convenientemente aliñado con testosterona.

Morning Glory Zell-Ravenheart, flanqueada por dos unicornios de dudosa autenticidad
Morning Glory Zell-Ravenheart, flanqueada por dos unicornios de dudosa autenticidad

Puesto que las visiones y versiones del poliamor son muchas, voy a ceñirme de ahora en adelante a la que ofrecen Dossie Easton y Janet W. Hardy en su Ética promiscua, una obra publicitada en nuestro país como “La Biblia del poliamor”. Ambas autoras, terapeutas de profesión y aventureras sexuales de afición, se han curtido durante décadas en el ambiente kinky de San Francisco, y antes de Ética promiscua habían escrito, más específicamente, libros sobre protocolo en las relaciones sexuales de dominación y sumisión. Tener presente la filiación de Easton y Hardy con la comunidad BDSM es, a mi juicio, la clave para entender el discurso sobre el poliamor que desarrollan en su libro. De este modo se explican dos tendencias recurrentes en él:

1) La obsesión por establecer reglas y límites. La comunidad BDSM, puesto que en su seno se desarrollan actividades de intercambio de poder susceptibles de incluir agresiones, restricciones y humillaciones de todo tipo, ha adoptado el mantra de que toda práctica sexual potencialmente violenta, a fin de evitar que degenere en maltrato o que cause daños psíquicos (o daños físicos no deseados), debe ser segura, sensata y consensuada (safe, sane and consensual). Todo se habla por anticipado y se pactan unos límites. Pues bien, exactamente el mismo patrón es el que Easton y Hardy aplican a la praxis del poliamor: el más mínimo detalle ha de ser negociado previamente con cada integrante de nuestra red de contactos sexuales. Así nos aseguramos de no herir los sentimientos de nadie, delimitando una zona compartida de “confort emocional”. Para garantizar una promiscuidad respetuosa, la actividad sexual ha de estar precedida por una intrincada actividad diplomática a varias bandas: diálogos, pactos, concesiones, vetos, consensos, votaciones. Por añadidura, la amenaza de las enfermedades de transmisión sexual se cierne sobre las diversiones de los “putones con ética”, y las autoras de Ética promiscua insisten en la necesidad de usar no solo condones, sino también guantes de plástico (como en la frutería del Carrefour) y barreras dentales de goma. Por dondequiera que se mire, la sobreabundancia de normas es asfixiante, lindante casi con la paranoia. Poca semejanza hay entre esta dinámica, donde nada se deja al azar, con el amor libre que cantaba Allen Ginsberg: salvaje, caníbal, transgresor, indomeñable.

2) La vocación de comunidad, consciente de su condición de minoría sexual. El poliamor, que nació en una comuna rural, se define en las ciudades mediante estrategias de tribu urbana. Quienes aspiran a tener una red de contactos poliamorosos, a imitación de quienes practican BDSM, han de ponerse de acuerdo para seguir un modus operandi que les permita funcionar como grupo cerrado, identificarse entre ellos y aislarse del resto de la sociedad y sus códigos éticos, construyendo así su pequeño gueto de pseudo-libertinaje organizado. Así, hay una subcomunidad de poliamorosos, igual que hay emos, góticos, rastafaris, rosacrucianos, Alcohólicos Anónimos, Ángeles del Infierno, Legionarios de Cristo y todos los demás clubes, exclusivos y excluyentes, que salvaguardan una identidad grupal en nuestra jungla 2.0. Todo este sectarismo está en las antípodas de la revolución sexual y su vocación universalista.

Así pues, el poliamor es una versión domesticada del amor libre, concebida para la sociedad del bienestar y de la inteligencia emocional. Es más: si bien la revolución sexual de los sesenta suponía un ataque frontal al orden establecido (esto es, al capitalismo), el poliamor de Easton y Hardy está, por el contrario, perfectamente imbricado en la sociedad de consumo. Se puede considerar, en ciertos aspectos, hiperconsumista, y por ello ha sido criticado por activistas sexuales con una mentalidad más punk y contracultural: Ética promiscua promueve abiertamente comprar sin límites juguetes eróticos y ropa sexy (un medio estupendo, según el texto, para subir tu autoestima), sacar a cenar a todos tus amantes y hasta celebrar convenciones de poliamorosos en hoteles y demás espacios para eventos, sin miramiento alguno para los gastos. Desde este punto de vista, lejos de suponer una amenaza para el sistema, el poliamor es en potencia un dinamizador de mercados que podría sacarnos de la crisis. Todo esto tiene más de liberalismo que de libertinaje.

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