«Allá donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo, pongamos que hablo de Madrid»», canta Joaquín Sabina, que se deja la vida en sus rincones. En tiempos no tan lejanos, los madrileños que alardeaban de importancia y creían que su ausencia sería lamentada, presumiendo de lo que no eran, creyéndose imprescindible, cuando salían de Madrid, huyendo de sus rincones solían decir: «¡Adiós, Madrid, que te quedas sin gente!». Inicialmente la frase es atribuida a un zapatero remendón, que al abandonar Madrid porque su negocio no prosperó, al salir de la ciudad, mirando a su espalda, mencionó la frase ya famosa desde primeros del siglo pasado. Ahora también se vacía, pero menos

Historias, personajes y dichos. «Madrid, castillo famoso / que al rey moro alivia el miedo…», decía Fernández de Moratín en su Fiesta de toros en Madrid, que en agosto, es la capital de los transeúntes ausentes y es ideal para pasear por sus calles y su historia que ya he contado. Una brillante mañana de Agosto, con el frescor de la hora temprana, doy un paseo por Madrid, mi pueblo; Villa desde 1123 y capital desde 1561. Parece como si no hubiera pasado el tiempo. De Oeste a Este y en un hilo menor de dos kilómetros, me encuentro con escenarios del teatro de la historia. Calle Mayor, Plaza de Oriente, de las Cortes, Puerta del Sol y Puerta de Alcalá, palacios, fortalezas, el pueblo y yo como testigo.

Dichos y hechos. «¡Madrid, Madrid; qué bien tu nombre suena, rompeolas de todas las Españas! La tierra se desgarra, el cielo truena, tú sonríes con plomo en las entrañas» (Antonio Machado). «Ay, qué Madrid este, todo apariencia. Dice un caballero que yo conozco, que esto es un Carnaval de todos los días, en que los pobres se visten de ricos. Y aquí, salvo media docena, todos son pobres; facha, señora, y nada más que facha. Viven en la calle, y por vestirse bien y poder ir al teatro, hay familia que se mantiene todo el año con tortillas de patatas». (Pérez Galdós en La de Bringas). Contradicciones según te va la fiesta. Yo sé historias, yo ya he visto mucho, y algunas os lo cuento.

Eran los primeros años del siglo XIX cuando se produjo la invasión francesa y la guerra de la Independencia. Constitucionalismo, absolutismo e inquisición. Dos reyes «por la gracia de dios», Borbones y traidores para más señas, fueron los responsables de que el ejército de Napoleón ocupara Madrid. El 2 de mayo de 1808, a primera hora de la mañana, la multitud comenzó a concentrarse ante el Palacio Real. Los soldados franceses sacan del palacio al infante Francisco de Paula, para llevarle a Francia con su real familia. Al grito de «¡Que nos lo llevan!», el gentío intenta asaltar el palacio. Apoyado en una farola a la entrada de la calle Bailén, vi llegar a la Guardia Imperial con los mamelucos y la artillería disparando contra la multitud. La lucha se extiende por Madrid y al resto de España. El pueblo contra los franceses, los liberales contra los absolutistas reales, Fernando VII contra el pueblo, la razón contra el despotismo y el oscurantismo contra la ilustración. Con el «¡vivan las caenas!» y derogando la Constitución de Cádiz, se entronizó al Rey Felón y a su descendencia que todavía colea.

Madrid a principios del siglo XX, dejaba de ser aquel pueblo castellano polvoriento y la monarquía española estrenaba reina. El 31 de mayo de 1906 el anarquista Mateo Morral atentó contra la carroza real y la comitiva que regresaba de la Iglesia de San Jerónimo. El rey Alfonso se había casado con la princesa Victoria Eugenia de Battemberg y Madrid engalanada era una fiesta. Como tantos madrileños, acompañé a mi joven abuela a ver la comitiva, vivía en la calle Bailén, muy cerca del número 88 de la calle Mayor. Desde un balcón del tercer piso, fue lanzada una bomba contra la carroza. Los reyes salieron ilesos, pero hubo 28 personas muertas y multitud de heridos. «¡Oh tú, paseo de los días tempestuosos del invierno, donde sustentas más coches que piedras! Prado de Madrid y baños de julio han ahogado más dinero que delincuentes la horca de su plaza» (Bautista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, 1646).

El rey Alfonso XIII el Africano, otro Borbón acusado de traición, abandona España. «No tengo hoy el amor de mi pueblo» declaraba. A primeras horas de la tarde del día 14 de abril, la Puerta del Sol y el pueblo madrileño vuelven a ser protagonistas de su historia. Subido en lo alto de un tranvía y ondeando la tricolor, vi cómo la multitud se congregaba frente al Ministerio de la Gobernación. Los miembros del «comité revolucionario» golpean el portalón y gritan: «Señores, paso al Gobierno de la República». El pueblo con sus votos y el rey con su huida hacieron posible la proclamación de la Segunda República, que el ejército franquista, el fascismo reaccionario y la derecha católica asesinaran cinco años después.

«Yo nací en Madrid, pared por medio de donde puso Carlos V la soberbia de Francia entre dos paredes» (Lope de Vega) y al pasar por la Puerta del Sol recuerdo el lugar en el que José Canalejas, Presidente del Consejo de Ministros fue asesinado en 1912, cuando junto a mi, miraba el escaparate de la desaparecida librería San Martín. También recuerdo a Eduardo Dato que en 1921 fue asesinado por los disparos efectuados desde un sidecar en marcha en la Puerta de Alcalá. Antes, en 1870, había sido asesinado el general Juan Prim y Prats, presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra. Eran alrededor de las 19:30 y recuerdo que caía una espesa nevada. El general, instalado en su berlina verde tirada por dos caballos siguió su ruta habitual, cuando a su paso por la calle del Turco (hoy Marqués de Cubas), sufrió el atentado. Hoy se sigue especulando sobre la autoría del crimen; y es que Madrid ha sido escenario de un número considerable de atentados contra gobernantes, con resultado de muerte. Carrero Blanco, en 197, sufrió igual suerte por atentado de ETA.

Cincuenta años después de que los guardias civiles abrieran el portalón a la Segunda República, junto con miembros del ejército, impulsados, seguidos y apoyados por una trama que nunca quedó identificada y en nombre del rey, dieron un golpe de Estado. El 23 de febrero de 1981, desde la tribuna de invitados, fui testigo del secuestro del gobierno de la nación y de todos los diputados. Las armas y el exabrupto, frente a la palabra y la razón. Adolfo Suárez había dejado de ser útil al rey y al sistema. El golpe se dio «en nombre del rey» y el rey, que estaba al corriente antes, durante y después del golpe, lo desactivó (después de conocer el apoyo que contaba entre los jefes militares de las capitanías generales). El golpe tuvo sus consecuencias: se consolidó el tierno sistema democrático diseñado durante la Transición y se legitimó la Monarquía heredera del franquismo. Las Comunidades Autónomas quedaron tocadas, porque «Una pedrada en la Puerta del Sol mueve ondas concéntricas en toda la laguna de España» (Ramón Gómez de la Serna, Greguerías).

En este recorrido de citas, personajes y acontecimientos, recuerdo a Téophile Gautier, que describe el Madrid del XIX. «Existe en Madrid un comercio del que no hay idea en París: los vendedores de agua al por menor. Su tienda consiste en un cántaro de tierra blanco, un cesto de mimbre o de hoja de lata que contiene dos o tres vasos, algunos azucarillos y a veces un par de naranjas y limones. Estos vendedores de agua son, generalmente muchachos gallegos, algunas mujeres y chicas, vestidas de modo insignificante, se dedican también al comercio de agua. Se les llama, según su sexo, aguadores o aguadoras; por todos los rincones de la ciudad se oyen sus gritos agudos, modulados en todos los tonos y variados de cien maneras: Agua, agua, ¿Quién quiere agua?, ¡agua helada, fresquita como la nieve!». También cantan el agua, agua los trileros y carteristas cuando avistan el peligro de la policía en la Puerta del Sol.

De aquel «Madrid poblachón mal construido en el que se esboza una gran capital» que dijera Manuel Azaña, al «Madrid es no tener nada y tenerlo todo» de Gómez de la Serna. «El cielo azul, la sierra blanca, el sol de oro, ¡Un día madrileño puro!» (Carlos Arniches, Rositas de olor). Decía Mariano José de Larra que «escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta», pero no es llorar, sino vivir historias y conocer protagonistas que Madrid los tiene a cientos y paseando por sus calles, con sosiego, se encuentran.

En agosto que ya termina «Adiós, Madrid; adiós tu Prado y fuentes que manan néctar y llueven ambrosía, adios» (Miguel de Cervantes, Viaje del Parnaso).

¡Qué recuerdos; Qué tiempos!

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

catorce + 16 =