Estamos llegando al final de estos doce días de fiesta. Las esperamos todo el año, y luego nos pasan poco a poco, y con pereza y melancolía a desarmar los arreglos de puertas, ventanas, luces que se encienden y se apagan, mientras las flores de Pascua, llegan en su último hálito erguidas y rojas.

Luego se ablandan y caen poco a poco dando señal que ya fue, ya está, ya pasó una vez más.

En mi niñez eran fiestas multitudinarias con mis padres, primos, tíos y más tíos y algún amigo que estaba de paso por la ciudad, o simplemente solo para festejar. Yo era desde entonces la encargada de armar el pesebre en una vitrina de la casa. Era como si fuera un jardín vertical, pero en este caso un pesebre vertical. Las montañas de cartón eran la base de senderos de pastores y rebaños. El resto de las figuras apoyadas al pie de la vitrina. Un año tras otro. Conservo solamente un ángel de cerámica de tamaño de mi mano, que he traído para mi nieto, en recuerdo de aquéllos días mágicos.

Y Buenos Aires, envuelta en olas de calor, de ventanas abiertas, cenas frías, donde las tradiciones italianas y españolas sintonizan los manjares en una única armonía. El pavo, el principal protagonista de la cena, adornado con cerezas e hilos de huevo, en una bandeja importante, a su vera ensaladas de judías con nueces y nata, vitel toné, carne cortada muy fina con salsa de atún y anchoas, melón con jamón, rodajas de piñas…. Y a los postres una diversidad de turrones, figuras de mazapán, helado y el pan dulce o panettone, que alguien siempre tiene el encargo de comprar unos días antes, seguramente en el último reducto de fama y tradición italiana.

La música acorde a la festividad, y la misa criolla nos aterciopelaba la cena. El árbol de Navidad rebosante de regalos, que los más chicos mirábamos de reojo para adivinar los cartelitos de su futuro dueño. A las doce de la noche no faltaba el brindis con champagne y el canto de villancicos traídos de España, y comenzaba el reparto de tanto paquete como asistente había esa noche.

Al pasar los años, me convertí en la que recibía a la familia en mi casa, y me encargaba de las cenas, y todo lo relacionado con la misma. Poco a poco se fue desarmando esa cantidad de asistentes. Porque los casados seguían a sus nuevas familias, u otras se desarmaban por separaciones conyugales y más tarde fueron desapareciendo nuestros mayores por obra del tiempo y la naturaleza.

Este año he elegido pasarlo con mi hija Gala y unos amigos de tantos años como los que ella tiene, pero esta vez en Londres. No faltó el pavo, ni el jamón llevado desde España, como así tampoco el vino y las burbujas en el brindis. Las charlas y las risas hasta horas después de la media noche.

Al día siguiente, escuchamos la misa en St Paul’s Cathedral, con su coro y órgano que imponían admiración y sensibilidad emotiva. Los protestantes también rezan el Padre Nuestro.

Al salir un viento gélido nos acobardó para caminar por las orillas del Támesis, a pesar de ello cruzamos sus aguas a través del Millennium, ese puente que a tantos seres humanos venidos de todas partes congrega. Hoy en Madrid, esperando la famosa Cabalgata de los Reyes Magos. Y la ingenuidad de tanta carita infantil a los hombros de su papá o en el último peldaño de la escalera traída de casa.

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