La flecha de Rebollo nunca llegó entrar en el pebetero aquel 25 de Julio de 1992, pero todos lo creímos. Todos vimos a Caballé y Mercury cantar juntos, pero realmente nunca sucedió. Todos nos sentimos unidos aquellos días y, ciertamente, lo estuvimos.

Se cumplen 25 años del primer hito de la España moderna; la presentación al mundo, los juegos olímpicos de Barcelona. Al igual que otras potencias han usado este acontecimiento de escaparate –véase Beijing 2008-, nosotros gritamos un gran HOLA a la actualidad, al progreso. Aquella fue nuestra carta de presentación, la de una España renovada, un país distinto al que había habido durante 40 años.

Hacía algo más de tres lustros que los españoles instaurábamos la democracia, y tomamos aquel evento, junto con la Expo de Sevilla, como el año del resurgir del ave Fénix, la instantánea perfecta para demostrar que estábamos preparados para acoger todos los cambios y libertades que nos fueron arrebatados en la dictadura.

Aquellos Juegos Olímpicos no solo fueron la muestra de una sociedad abierta, sino que presentaron al gen del deportista español, y sirvieron como una fragua en la que engendrar las futuras victorias. Aquellos juegos encumbraron a los 430 atletas que participaron por nuestro país, y elevaron a la categoría de mito a todos esos deportistas que ayudaron a conseguir un magnífico sexto puesto, el mejor de nuestra historia. Entre todos aquellos metales había nombres como Fermín Cacho, Miriam Blasco Soto, el equipo femenino de Hockey sobre hierba o el equipo masculino de fútbol entre otros.

A pesar de disfrutar de la democracia, aún éramos vírgenes en muchas cosas, y hasta nos enorgullecíamos de que el paso lo marcara, por aquel entonces, un imberbe Felipe de Borbón, bandera rojigualda mediante. Éramos jóvenes, incautos, inmaduros e inmaculados, no sabíamos aún qué era una crisis económica, que llegaría en el 93 a causa de unos términos que comenzarían a ser familiares para todos: burbuja inmobiliaria, estallada en Japón en 1990, y que asoló primero a todo el mundo, y después de los fuegos artificiales, a España. Más tarde comenzarían a aflorar las desdichas, las elecciones generales prematuras, las voces del y tú más, los casos de corrupción, los millones robados y las cuentas en Suiza, y hasta nos demostraron que en España también había cloacas.

Aquel año pudo ser el comienzo de la España actual, aquel año nos inoculó el vértigo de la modernidad, aquel año despertamos de un sueño que pensábamos que nunca terminaría.

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