El pasado 27 de Octubre pasará a la historia de nuestro país como un día negro, ese es el que el diálogo y la capacidad de la política para buscar soluciones a los conflictos fue sustituido por la opacidad de las urnas con voto secreto que sirvieron de escudo a quienes más cercanos al oscurantismo que a la épica decidieron pulsar el botón de la locura en forma de DUI. Una declaración de independencia de una comunidad autónoma que hoy ya convertida de facto en república en el relato falso nacionalista deberá explicar a la minoría catalana que ha impulsado el procés que este no es más que un sueño de una noche de verano, irreal y de imposible avance más allá del ideal romántico de los nacionalistas que al ritmo de Els Segadors fueron capaces de machacar el autogobierno de Cataluña en apenas unas horas. Triste punto y seguido para una historia de conquistas logradas desde el advenimiento de la democracia en un territorio que antes del inicio de la locura del proceso independentista era más plural, más autónomo y más próspero.

Y es que, en el relato nacionalista existen incongruencias que deberán ser explicadas llegado el momento a una ciudadanía que camino de la frustración comprobará en breve que el supuesto paso delante de la DUI no es más que cuarenta pasos años. En definitiva, que el proceso de independencia no sólo es impracticable ,sino que lejos de ayudar a solventar los problemas de Cataluña , esos mismos problemas creados por la consecución de gobiernos nacionalistas incapaces de dar respuesta a las necesidades de la ciudadanía de su propio territorio ahora se ven acrecentados con la salida de cientos de empresas y la pérdida de un 30% de la riqueza de su territorio, la liquidación del autogobierno , la fractura social o la pérdida de la atracción turística de una región que de mano de la locura del Govern va hacía un abismo de insospechadas consecuencias.

Lo cierto y verdad es que en Cataluña la mayoría de la ciudadanía no es nacionalista ni quiere la independencia, que los procesos electorales convocados en los últimos años no han venido más que a señalar que el apoyo al nacionalismo ha quedado anclado en un 47% de apoyos y que la masa crítica necesaria para impulsar cualquier referéndum vinculante no es más que un deseo, respetable , pero deseo e ilusión de quienes parece que han sido capaces de convertir en su realidad sus propias mentiras.

Y llegados a este punto, el bloque constitucionalista unido en la defensa de la constitución y el marco democrático parece haber impulsado lo que muchos veían como improbable, una convocatoria de elecciones el próximo 21 de Diciembre que vendrá a poner blanco sobre negro en relación a la realidad de apoyos que el nacionalismo independentista tiene en Cataluña.

Unas elecciones que a buen seguro reflejaran la destrucción del PDCAT y su caída en escaños, el aumento de votos de ERC y la caída de la CUP en la configuración de un nuevo Parlament en el que todo parece que la mayoría nacionalista podría perder su mayoría absoluta en caso de no repetir el experimento electoral de la concurrencia del PDCAT y ERC en la marca de Junts Per Sí.

Y frente a esta realidad, la que parece que reflejará el aumento en apoyos de PP, Ciudadanos y del PSOE en unos comicios que podrían traer la sorpresa de la movilización de esa mayoría catalana silenciosa que aún no se ha expresado con la contundencia que algunos esperaban y que podrían ver en las urnas la oportunidad de zanjar la deriva independentista. Si bien, todo parece indicar que las elecciones del 21-D podrían situar el tablero electoral en un empate de posiciones cuyo arbitro podrían ser las formaciones políticas que configuran PODEMOS en Cataluña. Con todo, tras las elecciones quedará todo por hacer y curar además una heridas de un conflicto profundo que sólo podrán sanarse por la vía del diálogo ese que necesariamente tiene que llevarnos a través de la buena política a una reforma de la Constitución y a un marco estatutario en Cataluña como el que en el año 2006, ese desde el cual se podría construir una convivencia democrática hoy herida de muerte en Cataluña, una convivencia que para recuperarse no sólo necesitaría de normalidad jurídica o legal sino de pacto social. Ese que se escribe desde la generosidad y desde la lejanía a una lucha de banderas que sólo nos llevan a embestir y no a pensar como diría Machado. Hoy tan presente en esas dos Españas presentes en un Parlament de lloros y aplausos.

 

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