2018 ha llegado. Estrenamos un nuevo año y con él la tradicional retahíla de buenos propósitos. Hacer ejercicio más a menudo, cambiar el trabajo que detestas por otro más motivador, mejorar la disciplina, leer más libros o llamar en más ocasiones a los padres, completan algunos de los deseos más frecuentemente nombrados en esas extensas listas de buenas intenciones. Quizá la música, como disciplina artística, como motor de cambio social, como impulsora de la creatividad y de nuevas formas de entender la mente y la vida, debería sumarse en su colectividad a este mecanismo de propósitos de año nuevo, con el planteamiento claro de evolucionar y de adaptarse al mundo contemporáneo en lo que, para mí, supone una de las principales premisas para hacer arte. Y hago esta reflexión en el momento en que celebro mi primer aniversario escribiendo esta columna titulada “La Batuta Suena”, con la humilde esperanza de que mis reflexiones hayan servido para algo en algún momento a cualquiera de los lectores.

Como mi carácter racionalista me impide ser supersticiosa, comenzaré por compartir abiertamente, sin miedo a que no se cumplan, algunos de mis deseos fundamentales para la música en este nuevo año, a modo de resumen de mis pensamientos desarrollados en anteriores artículos y partiendo del que quizá más directamente influye sobre mi persona.

Hace unos días aparecían en los medios unas declaraciones de Mariss Jansons, el prestigioso director de orquesta de origen letón, en las que manifestaba que las mujeres directoras no eran, según expresión típicamente británica, su “cup of tea”, algo con lo que te sientes a gusto, como cuando tienes una taza de té en la mano. Disciplinado, inspirador, exigente desde el respeto y la empatía, inteligente en medida suficiente para alejar brillantemente cada interpretación de lo predecible, pero capaz de decir en palabras una idea que, incluso habiéndose retractado rápidamente de ella, nunca debió expresar nadie, con menos razón alguien que se encuentra en lo más alto de esta profesión y que representa, por tanto, una figura destacada y pública. Caer en la justificación de por qué hay error en sus palabras supondría asumir que es necesaria una explicación para la igualdad de género sobre la tarima, una igualdad por la que tristemente seguimos luchando aún en muchos sectores muchas mujeres en la actualidad. 

Precisamente del momento actual trata mi segundo deseo. Vivimos en una línea de tiempo que introduce en nuestra cotidianidad constantes cambios y el artista debe adquirir el compromiso de manifestar su visión personal a través de su obra y atendiendo a los valores de su época, es decir, manteniendo un fuerte compromiso con su contemporaneidad. Cierto es que los nuevos lenguajes propician en ocasiones un mayor o menor grado de incomunicación entre espectador y artista, pero en todo caso deberá ser siempre una distancia asequible mediante la investigación y la adaptación, que provoque movimiento en las mentes de quienes perciben la obra y que, por tanto, promueva e incite a seguir con el cambio en una dinámica de retroalimentación continua entre actualidad y artista. Todo creador debería ser, a mi entender, fiel reflejo del mundo en el que vive y modificador del mismo en similar proporción, siendo tan preso como libre del tiempo, reflejo de la actualidad y promotor de transformación por medio de un diálogo más que necesario socialmente entre público y arte o artista.  

Pero vivimos en tiempos de crisis social, económica, política, y, en mitad de esa crisis, ¿cómo puede facilitarse el diálogo? Mi tercer deseo va en esta dirección y es que, si la cultura constituye un conjunto de creencias y orientaciones que dan significado a la vida, si estamos ligados a la cultura en la que vivimos, si recibimos su influencia y a la vez influimos en ella, la educación resulta indispensable en todo este proceso. Los educadores deberían ubicarse en la vanguardia social inaugurando reformas, fomentando el cambio hacia una sociedad que sitúa la música y la cultura en un lugar destacado como medio de transformación del pensamiento. El profesor puede y ha de ser un incentivador de la mente, lo que conjuga a la perfección con el hecho de que las personas queremos saber, porque el saber organiza nuestra existencia. Estudiar y conocer la música proporciona herramientas para un entendimiento sobre uno mismo y sobre los demás, para desarrollar cuestiones de identidad y habilidades sociales, pero también emocionales e, incluso, existenciales, contribuyendo al crecimiento holístico de la persona y, a la par, a la conciencia social de que la música, la cultura y el arte son necesarios y que, sin el apoyo a los artistas emergentes y a la estructura social que los sostiene, estamos dejando el futuro vacío de una importante riqueza.

En definitiva, igualdad de género en la música como profesión, un diálogo fluido entre creadores artísticos y público y una mayor conciencia de la importancia de la música como agente transformador de la sociedad, representan unos buenos pilares sobre los que construir este nuevo 2018 musical.  

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

2 × tres =