Era una espléndida mañana de verano. Hacía tres días que Obdulia estaba de vacaciones. Como los días anteriores, como todos los fines de semana en los que el tiempo acompaña, como el verano anterior y el anterior, a Obdulia le gustaba tomar el sol como su madre la trajo al mundo, aunque, eso si, con toda la discreción posible. Lo hace a salvo de mirones y enfermos de mente sucia, en el recodo de una pequeña cala a la que, para acceder, hay que remontar un cerco de lascas cortantes de basalto afilado por la erosión de la arena y el agua del mar, por una senda solo accesible durante la marea baja. No era la única que había elegido ese discreto lugar para tomar el sol desnuda y a salvo de miradas indiscretas, de objetivos de cámaras fotográficas y sobre todo de los más acérrimos cretinos y carcas del municipio que aunque se morían de ganas por hacer del naturismo un espectáculo erótico, no podían justificar su presencia en el lugar si no era para ejercer de mirones. No era como ir al lupanar de la A-7. Allí estaban a salvo de sus mujeres. Pero para acceder a la Bahía de los Desnudos, había que pasar por la concurrida playa de Las Arenas y someterse a las miradas criticas de los vecinos del pueblo.

Así que, contenta, vestida con un pareo de flores moradas, una camiseta de tirantes sobre los que se adivinaba un sutil biquini, su bolsa de playa en la que llevaba el último éxito del verano, “Azul Estocolmo” y un termo de medio litro con agua fresca, caminaba Obdulia con paso firme y decidido hacia la cala. Como todos los días, estaba dispuesta a sonreír ante la “foto” que le hacían sus vecinas con la mirada a su paso por la playa y a que le pitaran sus oídos por ser el objetivo de sus críticas y reproches. Sin embargo, lo que no imaginaba era encontrarse a los críos de su vecino el guardia civil, intentando hacer castillos de arena en el medio metro de pedregal con tierra que tenía de ancha la playa de la cala. Su sorpresa fue mayúscula cuando, después de saltar la última roca que tenía casi un metro de altura y a la que había que echar encima la toalla o la estera para no acabar herido, lo primero que divisó fue a un niño de tres años rodeado de trebejos (palas, rastrillos y diversos moldes de plástico para comprimir arena). A un lado, fuera de su primera visión se encontraban otros dos críos. Mónica, la mayor de los hijos del Guardia Civil que tenía unos diez años y Gustavo, el mediano. Un gamberro maleducado que en cuanto tenía ocasión, la tocaba el culo. Sentada en una de las pocas rocas redondeadas por la erosión del mar, su madre, tejía a ganchillo lo que debería ser un mantelito para una mesa bajera de salón. En cuanto la vio aparecer, una sonrisa maliciosa se dibujó en su cara. Obdulia no daba crédito.

  • ¿Todo esto es por lo de ayer del supermercado, verdad? le dijo a la mujer del picoleto.
  • Todo esto es porque me da la gana y porque la playa es de todos. Y no se te ocurra despelotarte delante de mis hijos que llamo a la Guardia Civil.

El día anterior, en el supermercado, uno de los chicos de color que trabaja en el invernadero, se había acercado a dejar varias cajas con verduras. El muchacho, cegado por la carga, no se percató que Rosa Mari, la mujer del Civil, quería salir del establecimiento. Así que pasó de largo y Rosa Mari se puso fuera de si, porque decía que había estado a punto de matarla. Empezó a soltar improperios e insultos. Que si a eso venís a España, a matar a los pobres ciudadanos decentes, que si voy a hablar con tu jefe para que te meta en una puta patera y te devuelva con los monos, que si eres un puto negro de mierda,… Obdulia, que estaba detrás de Rosa Mary se cansó de escuchar sandeces y le soltó un “¡Cállate ya [puta loca], que el muchacho ni te ha tocado!” “Ni ha querido matarte, ni mucho menos hacerte daño. Simplemente no te ha visto con la altura de las cajas”. A Rosa Mary casi le explosiona la vena cava. A ella, ni su marido la manda callar. Y menos una desvergonzada como su vecina.

Obdulia no quería discutir y, dando por terminado el día de playa, se encaminó hacia la senda de vuelta a casa. En ese momento llegaron Verísima y Minaya , una pareja también nudista y habituales de la cala. Cuando se encontraron con el panorama, no se lo pensaron dos veces y comenzaron a quitarse la ropa. Antes de que el calzón de Minaya acabara metido en la bolsa, Rosa Mary había recogido a sus hijos y les había encaminado de vuelta a la playa de Las Arenas. Y dirigiéndose a Obdulia en plan amenazante, le dijo: “Esto no va a quedar as´. Atente a las consecuencias”.

Media hora más tarde, los tres estaban sentados en una celda del cuartel de la Guardia Civil acusados de un delito de corrupción de menores, otro de escándalo público, otro de exhibicionismo y otro de atentado contra la autoridad.

Nada de eso había ocurrido, pero, en el juicio celebrado dos años después, fueron condenados a cinco años de cárcel.

 


 

Zafios

 

Hace unos días, el diario italiano Liberto, nos ofendía con el siguiente titular “Carola Rackete sin sujetador en la fiscalía. Descaro sin límites”. Con ello este diario de misóginos machistas querían dejar claro que la Capitana del “Sea-Watch 3” no solo es una mala persona por rescatar náufragos en el Mediterráneo y saltarse la orden de prohibición de desembarco, sino que además es un peligro público porque sus actos solo pretenden desafiar el statu quo.

También hace unos días, en un vuelo entre Palma de Mallorca y Barcelona de la compañía Vueling Airlines , el personal de tierra de esta empresa campeona en retrasos e incidencias, dejó en tierra a una mujer, con la excusa de que, según ellos, pretendía volar en bañador. En este vídeo puede verse que no era un bañador sino una prenda de vestir normal y corriente. Lo que en realidad le impidió volar, no fue la vestimenta, porque algunas pasajeras se ofrecieron a dejarle una sudadera, sino que la señorita se negara ante lo absurdo de la petición “ve y cómprate algo” y que se plantara ante tamaña falta de respeto. Es decir que en realidad lo que la dejó en tierra fue su negativa a ejercer de borrego.

El sábado 20 de julio, el diario digital elplural.com destacaba en un artículo la campaña emprendida por los de la COZ, para prohibir el nudismo en las playas. Habitualmente las playas nudistas están bien señalizadas y no hay problema para que, el que no quiera, no se despelote. A no ser claro que seas un puñetero mirón y vayas allí a montar el espectáculo. Esta gente que no tiene inconveniente en hacer del engaño a su pareja un mérito del que vanagloriarse con los amigos, que frecuentan constantemente lupanares y casas de citas, pero que quieren ser censores de la vida de los demás, son un peligro social. Su “cruzada” tampoco tiene que ver en si con el vestido y si con la ruptura de sus reglas (que por otro lado solo sirven para los demás).

Últimamente estoy observando en las redes sociales un aumento considerable de la vejación personal como insulto y como manera de ridiculizar a las mujeres. Primero era un miserable concejal de pueblo el que quería ridiculizar a Irene Montero por no tener rasurado el sobaco y unos días más tarde todo un decano del colegio de economistas de Málaga el que, para intentar descalificar a la misma política mostraba una foto de la boca de Pablo Iglesias y twiteaba lo siguiente: “Irene Montero tiene que besar diariamente a esto. Si eso no es tener méritos, yo ya no se” (por cierto que el fulano ha borrado su cuenta de twitter, quizá para no perder clientes en las auditorías).

Este ascenso considerable de actitudes reprobables son una muestra de lo que estamos creando. Una sociedad asquerosamente machista, homófona y contraria a cualquier acto de libertad personal que no sea compartido por una mayoría. El aumento del fascismo, porque todas estas actitudes son tremendamente fascistas, viene auspiciado por el individualismo, la falta de empatía hacia los demás, pero sobre todo hacia los derechos de “los otros”. Hoy, el populacho reclama todo como derecho: “derecho a ser padre”, “derecho a ir a trabajar en metro”, “derecho al botellón”, “derecho a circular sin restricciones”, “derecho a fumar donde me salga del pairo”, “derecho a decidir sobre mis hijos”, “derecho a mear en la calle”,… y sin embargo olvida lo fundamental, que “tu derecho” acaba dónde empiezan los de los demás. Que ser padre, coger el autobús, o el metro, fumar, beber, circular con coche, o decidir sobre tus hijos, no son derechos sino pretensiones y que para ser padre no puedes realizar “trata” de personas porque es un delito, que no puedes fumar y/o beber si con ello pones en riesgo la salud de los demás y que a tus hijos los educas tú, pero al colegio van a aprender y a socializarse y que no puedes pretender que las materias se amolden a tus gustos personales. Igual que no puedes decidir no escolarizar a tus retoños, tampoco puede decidir ni las materias que se enseñan en clase ni las actividades que el centro ha elegido para que sean responsables y puedan decidir por sí mismos.

En estos tiempos de falta de valores, desde los económicos a los sociales, pasando por los personales, el fascismo crece en un caldo de cultivo ideal. Recesión, individualismo, ansias por echarle la culpa a alguien de tus propios problemas, indigencia intelectual, televisión y medios que no comunican sino que manipulan, sesgan y crean opinión,… Todos son aspectos en los que crece el odio por todo aquello que no se amolde a tus gustos o exigencias y por tanto prospere el totalitarismo.

En esta coyuntura tan escalofriante, ningún imbécil de pelo naranja que únicamente representa a sus intereses económicos, ningún hooligan con pinta de hacer balconing en Magaluf, ningún flautista montapollos, carroñero mamandurrias o mentecato lelo, van a solucionarte tus problemas. Al revés, van a crearte más hasta que ya no puedan escurrirte más.

La libertad, jamás ha sido un peligro. Pero para tener libertad, el principal ingrediente es el respeto por los demás y sobre todo por aquellos que son minoría. Al poder no le gusta la gente respondona, ni aquellos que se le enfrentan. Por algo será. Si los que mandan se dirigen a ti y te felicitan por tu comportamiento es que les estás beneficiando.

El feminismo, lo consideran un peligro, por lo que supone de ruptura y de confrontación con lo establecido.

Salud, feminismo, república y más escuelas.

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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