Es seguro que detrás de la salida del Gobierno de Pablo Iglesias hay una maniobra de mayor calado que afecta a los asuntos internos y al futuro de Unidas Podemos: la Operación Yolanda Díaz. Sin duda, el vicepresidente ha reflexionado sobre su obra política de la última década, ha hecho autocrítica sobre su labor de faro y guía del movimiento de los indignados del 15M (del que en mayo se cumplirán diez años), y ha llegado a la conclusión de que era el momento de dar un paso a un lado para que sea otra persona la que continúe con el legado de la izquierda real y transformadora de este país. Esa persona es la actual ministra de Trabajo.

La brillante tarea que Díaz ha llevado cabo en estos meses de pandemia, avala su designación como vicepresidenta segunda del Gobierno y más que probablemente futura líder de Unidas Podemos. Hablamos de una mujer que conoce bien los entresijos del movimiento obrero y sindical, ya que desde sus inicios como pasante, y después como abogada laboralista, se lo ha trabajado desde abajo. Yolanda Díaz se ha batido el cobre en las trincheras de la desigualdad, ha visto llorar a los explotados y las explotadas sin futuro y ha tenido que jugarse no pocas partidas de póker con el diablo, o sea el patrono siempre dispuesto a sacarle una gota más de sangre al proletariado. Se sabe de memoria el Estatuto de los Trabajadores, conoce bien las injusticias y las trampas del sistema, y las cloacas de los juzgados –verdaderos campos de batalla donde cada día caen cientos de trabajadores víctimas del abuso y la tiranía empresarial–, no tienen secretos para ella. Allí, al pie del cañón, ha aprendido los grandes problemas y males sociales que aquejan a la España de hoy: precariedad, bajos salarios, pérdida de derechos, machismo, en definitiva, la jungla despiadada del mercado laboral.

Todo lo que sabe la hija de Suso, un obrero encarcelado por Franco que llegó a dirigente de Comisiones Obreras en Galicia, lo ha interiorizado no solo en los libros de derecho, sino en las galeras del capitalismo. Comunista de la escuela clásica, afiliada con carné, luchadora infatigable de los que han mamado la honradez ya en la cuna, Díaz ha pasado por todos los escalones de la injusticia social, desde los duros comienzos de la pasantía a las cumbres borrascosas de los ministerios. Una mujer hecha a sí misma –levantó su propio despacho en El Ferrol– a la que nadie ha regalado nada.

La ministra de Trabajo no es una teórica de Gramsci, ni una acomodada catedrática que diserta desde los púlpitos universitarios sobre los males de la humanidad, ni una funcionaria que ficha de ocho a dos y luego se va a su casa. Ama su trabajo, le dedica horas, ha estado en la primera línea de combate de la izquierda y sabe bien que los trabajadores siguen siendo el pariente pobre de la democracia, como decía Marcelino Camacho.  

Desde que Pedro Sánchez contó con ella para su Gobierno de coalición, Yolanda Díaz ha tenido que lidiar con la peor crisis económica de la historia de este país. La pandemia ha arrasado la economía española y los parados se cuentan por millones. En ese escenario dramático, ha logrado una subida del salario mínimo interprofesional en España hasta los 950 euros, ha derogado el despido laboral por baja médica y ha puesto orden en los desmanes que sufren los trabajadores del sector agrario. Con ella se han tramitado los ERTE que han permitido salvar miles de empresas, ha impulsado el teletrabajo y ha frenado los despidos por causa del covid. Pero no solo ha tratado de hacer realidad la agenda de la izquierda: también se ha partido el pecho ante los ministros más conservadores del PSOE cuando le frenaban alguna reforma, lo que prueba su carácter combativo, indómito y valiente.

Esta es la mujer a la que Pablo Iglesias ha encomendado el nuevo liderazgo y el futuro de Podemos en el Ejecutivo de coalición. El vicepresidente dimitido la ha propuesto ante Sánchez y este ha aceptado el nombramiento. “Está haciendo un trabajo estupendo (…) Cuenta con todo mi apoyo. Tengo la mejor de las opiniones de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz”, ha dicho sobre ella el líder socialista. La apuesta no puede acabar más que en un éxito rotundo. Todo el mundo gana con la llegada de Díaz a la Vicepresidencia. Gana Sánchez, que tras colocar a una mujer con la que mantiene un buen feeling político puede seguir presumiendo de respetar las cuotas y pactos con Unidas Podemos; gana Pablo Iglesias porque su proyecto se cohesiona, supera la división entre las diferentes familias podemitas y cobra un nuevo impulso mientras él se dedica a la batalla de Madrid contra Díaz Ayuso; y en general gana la izquierda, que tiene en Yolanda Díaz un diamante en bruto, una líder potencial unánimemente aceptada por su carisma, su talento político, su capacidad de esfuerzo y su talla intelectual como albacea de la izquierda clásica, anguitista y coherente más allá de experimentos posmodernos.

Iglesias puede estar tranquilo mientras se dedica a la misión de intentar recomponer la marchita y dividida izquierda madrileña. No lo tiene fácil para hacer las paces con Íñigo Errejón (el líder de Más Madrid ya ha rechazado una candidatura conjunta con Unidas Podemos) y tampoco será un camino de rosas pactar cargos con el PSOE de Ángel Gabilondo. Pero de momento el problema de la sucesión lo tiene solucionado con Yolanda Díaz, sin duda la sucesora perfecta, no solo para Iglesias en su paso a la retaguardia política, sino para la izquierda española necesitada de referentes valiosos. A nadie en este país le cabe la menor duda de que la hija de Suso está llamada a ser, algún día, la primera mujer presidenta del Gobierno de la historia de España. Ya va siendo hora.

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