“Mis cuentos son un retrato cabal, grotesco y cruel de la fragilidad de la condición humana: una perfecta metáfora del sinsentido de la existencia”. Así presenta a su nuevo ‘hijo’ en esta descacharrante y delirante entrevista el humorista gráfico y escritor José Luis Castro Lombilla, más conocido como Lombilla a secas, que desde el inicio de esta nueva etapa de Diario16 colabora con su humor a dos manos con la pluma y el pincel. Lombilla cuenta sus novelas casi por premios recibidos y su nueva colección de relatos, La perfecta sinfonía de un músico chiflado (Pangea), es un artefacto peligroso, puede herir la sensibilidad de cualquiera que llegue a él desprevenido. Si no lo consigue es que de sensible no tiene el ansiado lector ni un perejil. Y ojito, ándense cuidado, que Lombilla avisa: “Vivo en conversación con los difuntos y escucho con los ojos a los muertos”. Lo dicho, miedo da perderse esta joya. No todos los días se cierra un libro con una sonrisa.

 

Fantasía, humor, ironía, pasión por la literatura en el fondo y en la forma… y hasta pinceladas de surrealismo. ¿Buena carta de presentación o añadiría o quitaría algo?

Yo, ni quito ni pongo rey… O sea, que soy Bertrand du Guesclin, el que ayudó a Enrique de Trastámara a derrotar a su hermano Pedro en la batalla de Montiel… De Sara Montiel, naturalmente. Al final, lo que son las cosas, el que se la ligó fue don Miguel Mihura, el genial creador de La Codorniz que tuvo con ella, ay, un affaire muy bonito. Mi libro, fíjate tú por donde, tiene un algo de Mihura. Es un libro de humor lleno de locos delirantes pero entrañables; una sinfonía literaria escrita por un escritor chiflado… ¡Si no estuviera chiflado no te hubiera dicho que soy un mercenario medieval siendo realmente como soy (a qué seguir ocultándolo), Lola Flores… ¿Sabes que Pemán ha dicho de mí que soy un torbellino de colores…? En otro orden de cosas, te diré que todo eso que has dicho como carta de presentación me parece bien. Aunque si no te gusta no importa porque, como diría Groucho, tengo otras… En este libro también hay, por cierto, mucho marxismo…

“Mi libro, fíjate tú por donde, tiene un algo de Mihura”

 

Los protagonistas de sus relatos parecen que no son de este mundo, pero realmente lo son más que ningún otro mortal porque viven y sufren las situaciones más kafkianas. ¿No tiene cura posible el espécimen humano?

En uno de los relatos un hombre pisa una mierda de perro en Sevilla y a los pocos meses esto provoca la Tercera Guerra Mundial; en otro, un antropófago se come a la gente por amor; en otro un tipo se enamora de la mujer que dibuja uniendo los lunares de su vientre… Incluso la Muerte sufre en mis páginas al enfrentarse con la burocracia para poder hacer su macabro trabajo. Yo creo que sólo somos marionetas en manos de ese titiritero veleidoso y cabrón que es el destino. Con toda la falsa modestia que mi arrogancia me permite, te diré que mis cuentos son un retrato cabal, grotesco y cruel de la fragilidad de la condición humana: una perfecta metáfora del sinsentido de la existencia. ¡Si en el libro hasta aparece el general Francisco Franco matando al cazador del cuento de caperucita…!

“Mi yo depresivo suele censurarme bastante, pero entonces mi yo maníaco lo mata y se lo come”

 

Sus historias, y hasta su estilo, maman de muchas tetas: Mihura, Jardiel Poncela, Woody Allen, Cervantes, Valle Inclán, Cela, los hermanos Marx… ¿Alguna preferencia? ¿Algún padre putativo?

Hablando de tetas, ¿sabes que fui culturista y por los anabolizantes me salieron unos pechos hermosísimos? Aunque de eso prefiero no hablar, no insistas, ¡cochino! Lo que sí te diré es que como mis músculos ebúrneos, que se han formado comiendo cosas diversas, mis historias son la consecuencia de una variada dieta lectora… Y, bueno, ya que lo preguntas, sí, lo reconozco, de alguna u otra forma a todos esos que has nombrado les he robado algo porque como Quevedo, que es otro santo varón al que me gusta encomendarme, vivo en conversación con los difuntos y escucho con los ojos a los muertos… Excepto a Woody Allen, claro está.

 

La fantasía que despliega en sus relatos, ¿es algo innato que le brota espontáneamente o fruto de muchas horas de desvelos?

Mi psiquiatra lo achaca a alguna anomalía crónica del lóbulo cerebral correspondiente que ha mermado mi capacidad de raciocinio. También dice el tío que bien pudiera ser que las fibras que transmiten los impulsos nerviosos entre los hemisferios de mi cerebro hayan sufrido unos eventuales cortes… Aparte de una tendencia natural a exorcizar la fea realidad con sobredosis de imaginación, yo, sinceramente, creo que todo es por culpa de los anabolizantes.

 

¿Nadie le recrimina a usted que todo se lo tome a broma? ¿O esto sencillamente no es cierto porque hasta las bromas son una cosa muy seria?

Mi yo depresivo suele censurarme bastante, pero entonces mi yo maníaco lo mata y se lo come… (quizás por eso, quién sabe, en este libro hay mucha antropofagia y mucho humor negro). Por otra parte, si para el desasosegante Pessoa la literatura es la manera más agradable de ignorar la vida, para mí el humor es el instrumento más poderoso para desentenderse de ella.

Yo sólo me tomo en serio la sintaxis.

“Hablando de tetas, ¿sabes que fui culturista y por los anabolizantes me salieron unos pechos hermosísimos?”

 

Usted también se desenvuelve con soltura en el humor gráfico. ¿En qué disciplina le resulta más fácil arrancar una sonrisa o incluso una carcajada sin tener que recurrir al chiste fácil?

Sin duda en la escritura, porque me es más difícil dibujar que escribir. No obstante, si pensamos que Máximo San Juan decía que el humor gráfico es un género literario y que Juan Ramón Jiménez hacía caricaturas líricas, llegaremos a la conclusión de que no existen dos disciplinas sino sólo dos caras de la misma moneda. (O quizás no y esto no ha sido más que un pujo muy tontito y presuntuoso de querer epatar con citas rimbombantes… Cualquiera sabe).

 

Humor y política cada vez se llevan mejor, sobre todo en los tiempos que corren. ¿Tiene alguna sospecha de por qué sucede esto?

En El nombre de la rosa, Guillermo de Baskerville dice que el segundo libro de poética de Aristóteles, que se perdió, estaba dedicado al humor como instrumento de la verdad. Y no hay cosa que fastidie más a un político que la verdad. La política sin duda es más partidaria de las tesis de Jorge de Burgos, que dice de la risa que es un viento diabólico… El libro de Aristóteles seguro que lo quemó algún político malaje.

 

Los cabeza de cartel de estas cuartas elecciones generales en cuatro años imagino que le habrán dado pistas para al menos un nuevo relato, ¿no es así?

Sí, pero no de humor sino de miedo.

 

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