El mal y los imbéciles son lo únicos que no necesitan bien, ¡claro que sí!, ya tienen o ya recurren a miles de otras necesidades que promueven e idolatran hasta la saciedad, hasta que el natural corazón reviente del mundo.

El mal y los imbéciles son los únicos que no necesitan razón; y, en su puesto o para ello, inventan miles de excusas, de retóricas engañantes, de respuestas inmaduras, de desacreditaciones de alguna esencia (que si es relativa, que si no existe, que si depende de una próxima tontiocurrencia de moda, que si en los periódicos oficiales lo tienen todo contrastado con un análisis bien cagado, que si cada cual ve de un color la responsabilidad y la poca vergüenza la ve hasta sin  color, etc).

Y con hechos cada minuto lo demuestran, ¡exacto!; nunca ayudan a lo que es sensato o al que es sensato, nunca se hacen seguidores de quien se contrapone a tanta corrupción o confusión (porque la confusión alimentada es la madre de las corrupciones), nunca dejan de hacer famosa a alguna mentira (telebasura, intelectualidad basura, bulos del negacionismo, etc) o a algún vividor de pillerías por enturbiar lo que le da la gana con su cara dura, nunca renuncian a tanta complicidad que hay con una u otra sinrazón ( de las incontables que hay).

Todo o “retodo” (por lo terco que es todo lo humano) parece que es un CLIENTELISMO DE ERRORES, de males, de tonterías, de servidumbres o de cagadas que se autoencantan. Vicente va donde va la gente (igual de todos automáticamente en voluntad), y así todos quieren idolatrar a la tendencia que manda, a la que promueve más idioteces o ése retorismo idiotizado en intelectualidad infumable.

El mal y ya objetivamente cientos de millones imbéciles nunca necesitan seguir al equilibrio de la Naturaleza, ¡no!, pero a un loco como Trump sí, pero a otro loco como el que manda en Brasil sí, pero a tanta desinformación y a tanta telebasura del diablo sí. Eligen ellos, sin que nadie los obligue, al error, a lo que destruye o a la locura (como ejemplaridad social). ¡Lo eligen!

Unos no quieren ver, otros no quieren hablar (romper sus silencios que favorecen a injusticias), otros no quien cagar (toda ésa masa de mentiras que se tragan sin cesar) y otros no quieren pensar, ¡he ahí el problema!, que no quieren ni que el camino de la conciencia respire o se respete. ¡He ahí el problema de por qué la locura les reina o les baila el agua!

Pero, en el fondo, por honrarse a lo que tiene un mínimo equilibrio, el pensar se ha de hacer usando la razón, ¡pues no existe todavía un pensar que funcione (por el bien) sin necesitar a la razón!  Y ya, así, si alguien quiere algo pensar sin caer en la vacuidad, tendrá que respetar a todo lo que se reglamente en razón (con su sentido real, no contradictorio o consecuente). Y tendrá, además, que dejarse de decir tonterías o frases hechas o halagos de complicidad o mensajes torticeros que se demanden de tantas estupideces sociales. Sí, todo por necesitarse ya el bien, ¡de una vez!, el que se excluyó de muy estúpidas o miserables maneras.



Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre