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Ya no hay que ganarse la vida

Braulio Llamero
Escritor. Su última novela, recién publicada, “Lo que nunca se contó de Artemio”. Su último libro para niños, “¿Puedo borrarme de vampiro?”. También es periodista y ha trabajado en medios locales y regionales de radio, prensa y televisión. Fue columnista diario durante décadas en La Opinión de Zamora (donde también fue director) y Tribuna de Salamanca, entre otros. Más información en www.brauliollamero.com
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Es una evidencia que cada vez se necesita menos trabajo humano, menos mano de obra, pero vez hay más gente. Con esas dos premisas, resulta asombroso que buena parte de la población siga pensando que vida es igual a empleo, que sin empleo no hay ingresos posibles y que hay que ganarse el pan con el sudor de la frente.

Pues no, a ver. Lo del sudor de la frente sale en la Biblia, que es un conjunto de libros de hace muchos siglos, cuando toda la población vivía en el campo, eran agricultores o pastores, y sudaban porque no había otro trabajo que el físico. Aun así y aún entonces los que mejor vivían eran los que menos sudaban o no lo hacían absoluto. De toda la vida, sudar ha sido cosa de pobres.

A lo que íbamos. El trabajo no es condición indispensable para vivir o “ganarse la vida”, esa tremenda expresión. Ni podrá serlo, puesto que es innecesario, además de imposible, que trabajemos todos, todos los días, produciendo objetos que ni caben en el mundo. Como profetizaron algunos el siglo pasado, deberíamos estar en plena era del ocio, con las máquinas trabajando y nosotros rascándonos la barriga. Solo una nefasta organización social colectiva impide que estemos ahí y nos hayamos quedado anclados en mentalidades del XIX y caducas creencias ancestrales.

Unos lo llaman neoliberalismo, otros capitalismo y otros pensamos que es una idiotez colectiva difícil de erradicar de nuestras cabezas. Pero es imprescindible que empecemos a abrir los ojos y aceptemos que en el siglo XXI el gran problema no es el imposible “trabajo para todos”, sino el deseable “riqueza para todas”. Habrá que seguir trabajando lo necesario, quienes puedan aportar y durante el tiempo que se fije. Pero eso debería ser después de haber garantizado al conjunto de la población unos ingresos decentes para vivir con calidad. Y quienes puedan, ademas, aportar su trabajo recibirán más ingresos. Pero ni de lejos tiene sentido seguir enganchados a lo de trabajar todos, todos los días.

En este contexto de cambio confuso y muy retrasado, hay que situar la excelente propuesta de la semana de cuatro días que en su momento lanzó Más País y su brillante portavoz. Hay que reducir cada vez más el tiempo de trabajo, porque tenemos la suerte de ser muchísimos y tener una creciente mecanización. Algunos se burlaron mucho de la propuesta, pero las mejores empresas la vieron bien y la empiezan a aplicar o probar. Sencillamente, es algo que va en la buena dirección. Esa semana y las 32 horas se impondrán y serán solo el inicio. Trabajar menos, trabajar mejor y disociar de una vez el empleo de la riqueza. Porque ya no hay que ganarse la vida. La vida la hemos ganado al nacer. Solo hay que protegerla, blindarla, poniendo en su sitio a esos mierdas que no paran de acaparar.

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