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… Y hablemos de política (2 de 2)

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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1. MATEMÁTICA. Imaginen que siete más siete igual a catorce, y que este resultado es la independencia: así es como un servidor opina que los políticos independentistas interpretaron el “procés”, o, al menos, lo explicaron. Como decían algunos de ellos, tras las leyes de transitoriedad aprobadas en el Parlament, <<de la ley a la ley>>. Es decir, que, en la misma sucesión de hechos, estaba implícito el resultado. Y, definitivamente, no suele ser así. Otra forma de mirarlo es decirse: ¿cómo se llega a catorce? Puede ser, claro, siete más siete, pero también cinco más nueve, o dieciocho menos once por dos. Ahora, parece ser, algunos políticos independentistas tienden hacia esta perspectiva, a pensar qué formula encajar en la sociedad para que dé catorce de resultado. Para un servidor, todas estas perspectivas son erróneas. Es sólo una opinión, claro, según la cual estas perspectivas son fruto de un pensamiento que condiciona hechos (y modos de hacer los hechos) a un resultado exitoso (un premio: catorce, la independencia) que deviene un fin en sí mismo. Es la problemática de deificar un resultado, un objetivo, en detrimento de las razones que nos han llevado a realizar esa reivindicación o intento (¿alguien recuerda por qué se quería una Cataluña independiente?). Muchos independentistas dicen: “no sé a dónde voy, pero sí de dónde huyo”.

En un proceso vivo, la suma de hechos no comporta solamente la magnitud del resultado, sino una dirección. Los mismos acontecimientos, que pueden ser dirigidos, también “participan” de lo que sucede, tal como ocurre en la vida de las personas: somos lo que hacemos; pero aquello que hacemos, también nos hace, y nos modifica. Un error, opino, ha sido no tener esto en cuenta, es decir, que el mismo proceso iba a modificar cualquier modo de pretender conseguir el supuesto objetivo. Lo que había sobre el tapete de la realidad era 7(x) + 7(x), donde la variable son las diferentes direcciones que los hechos implican a la fórmula. Reconocer que una variable puede ser insondable y hay que ser precavido, al final lo da la experiencia: ERC, con 80 años de historia, se ha detenido a ver qué sucede, mientras JxCat quiere correr no sabe a dónde. No es un juicio de valor, cada uno preferirá su opción. También se podría aplicar a España: tras las últimas Elecciones Generales, los dos partidos con más experiencia (PSOE y PP) se han quedado más quietos, silenciosos, intentando averiguar (para luego pretender influir) en esa variable que acaba determinando el resultado final, tras una dirección. Ciudadanos y Podemos, más inexpertos, fueron los que empezaron a moverse, agitar los brazos, sin entender muy bien hacia dónde (C’s) o qué estaba sucediendo (UP). La experiencia dicta que hay momentos en que es una buena opción no moverse y, simplemente, mantenerse a flote. Ya saben, el tiempo ordena el caos. [Por si lo piensan: no, eso no es lo que hizo Rajoy: tal vez él se escondió, pero cedió las riendas a Cospedal, Santamaría…]. De todos modos, estos partidos expertos también simulan moverse por el escenario político para que las aguas, al regresar a su cauce, les pillen en el mismo sitio: el centro, el centro del poder. Claro, para ello las aguas deben calmarse, pero el establishment siempre cuenta con que la gente se cansa.

2. IGNORANCIA. Dos seres humanos elegidos al azar entre miles de millones, sean europeos o africanos, amarillentos o blanquecinos, ricos o pobres, tienen un aspecto común que es lo que más los asemeja: el volumen de su ignorancia. Por mucho que usted (sea quien sea) y un servidor (sea quien sea) encontremos aspectos que se nos parecen, no tenga ninguna duda: donde más coincidimos es en el enorme volumen de todo aquello que ignoramos. A veces, los hay que tienen un pensamiento: suceden, en el ser humano, momentos de una lucidez que sobrepasa el lenguaje. Algunos lo ven como una experiencia mística, otros como una visión artística, y otros como una experiencia cumbre psicológica. Uno opina que es como un destello, y no que ilumina el conocimiento, sino que ilumina el enorme volumen de la ignorancia. Como si, inmersos en una oscuridad lluviosa, un repentino relámpago iluminase, por un instante, el bosque y, a su vez, congelase visualmente las gotas en el aire… dejándonos rápida y nuevamente a oscuras. No es una visión de conocimiento, tan solo que, por un momento, percibimos el volumen de lo ignorado. Aparece aquel “sólo sé que no sé nada” y ser consciente de ello. Lo que más humanos nos hace es la conciencia de nuestra profunda ignorancia.

La ignorancia de cualquier humano elegido al azar, es inmensa (podríamos decir que cercana al infinito) respecto a aquello que sí que se sabe. Nos parece, e incluso aseguramos, que hay personas que saben mucho, pero siempre es respecto a nosotros y a un tema en concreto (de todos modos, recuerden que esos financieros, “los primeros de la clase”, fueron los que nos llevaron a la anterior crisis). Evidentemente, nadie (excepto algunos tertulianos) sabe de todo. El sabio, en el fondo, sería el que sabe aplicar con el máximo de eficiencia todos los conocimientos que posee ante la conciencia del volumen que ignora. Una diferencia, entre nosotros y el resto de animales, es que ellos se relacionan con el mundo a través de aquello que saben (aunque sea instintivo), pero solamente los humanos nos relacionamos, también, mediante lo que ignoramos. No obstante, los animales aprenden de sus éxitos y fracasos, y nosotros parece ser que sólo de los éxitos (los fracasos desaparecen en el olvido).

3. EMPATÍA. Como humanos, nos igualan más aspectos que los que nos separan. Cierto, pero el funcionamiento de una relación (de personas, o de sociedades, o de culturas), no siempre se basa en ello, sino en la convivencia y la confianza. Puede haber parejas muy duraderas donde haya más intereses que difieren que no semejantes, pero la convivencia y la confianza son buenas y estables. También ocurre lo contrario: algunas se parecen en muchos más aspectos que los que difieren, pero si la convivencia no es buena o no hay confianza, se separan.

En un mundo con tal torbellino de hechos y acontecimientos, la empatía es necesaria para mantener ese vínculo de confianza. La empatía no es, simplemente, una puerta que abre a la compasión (algo, generalmente, muy volátil y poco fructífero) sino, también, una fuente de enorme enriquecimiento humano: está demostrado como al empatizar con otra persona, nuestro sistema neuronal se activa como si nosotros también experimentáramos parte de los sentimientos del otro. Así, emocionalmente, la empatía nos enriquece, nos hace más complejos, abiertos a los demás, nos mejora la capacidad de comprensión de otras perspectivas.

¿A qué viene toda esta perorata? ¿Del 7 + 7 a la empatía pasando por la ignorancia?

4. A POR ELLOS. Ahora que ya han pasado más de dos años del famoso 1 de octubre, sigo sin comprender algunas cosas. El “a por ellos” se ha acabado convirtiendo, incluso, en una metáfora de estilo político. Pero esos vítores del “a por ellos”, no los hacían los políticos, sino gente de la calle, personas como tantas otras ante la marcha de la Guardia Civil hacia Cataluña. Incluso hubo filmaciones de los propios guardias civiles cantándolo en el interior de su autocar.

¿Eran sus tropas? ¿Las tropas de quién? Si iban a dar su merecido a alguien, ¿en nombre de quién iban a hacerlo? ¿De España? ¿Pero no resulta que somos españoles? ¿O solo iban a por los catalanes que no se sienten españoles? ¿Iban en nombre de la ley? Bueno, muchas leyes se infringen continuamente sin levantar tanta pasión popular. Hemos de suponer que se trataba de defender la ley que declaraba ilegal el referéndum catalán. Entonces, el “ellos”, debían ser todos esos catalanes dispuestos a votar, incluyendo los doscientos mil que fueron a votar el “No” a la independencia (no está mal, pongan doscientas mil personas juntas). Sería interesante saber qué opina un votante del “No” respecto a esa arenga y el consecuente porrazo (porque están estrechamente relacionados) del guardia civil que le tocó. Porque, por estadística, es muy probable que ese votante del “No” agredido, exista. Hay una gran masa social en España de personas a las que les parece la mar de bien que se pegue a otras personas si van a manifestar algo con lo que ellos no están de acuerdo. Que esa expresión sea ilegal o no, es irrelevante: seguramente no estarán de acuerdo con que se aporree a alguien por saltarse una ley de circulación, o de declaración del IVA. Por tanto, hay una justificación a pegar y aplicar cualquier método correctivo o de represión a unas personas que hacen una reivindicación política (y, como es natural, presionan para llevarla a cabo) que no es de su agrado.

Hay que recalcar, también, en estos tiempos de tanta comunicación e información, la profunda ignorancia en España respecto a Cataluña, su cultura, el significado de su lengua y la conexión identitaria con lo anterior. El ministro Wert insistía en que había que “españolizar Cataluña”. Que suena como españolizar México. Es una reducción de la posición española que permite atacar TV3 o tantas radios, o proclamar que la escuela catalana adoctrina: cualquier visión de los hechos que no sea la española, la oficial, deja de ser válida. Es una posición colonialista. ¿Tenían, en su momento, mucho interés los españoles por la cultura mexicana? ¿Ha habido algún interés por la catalana en estos 40 años de democracia? Generalmente, solo hacia aquellos que se adaptan a lo “españolamente correcto”.

5. LA EXCUSA DE LA MORAL ANULA LA POLÍTICA. El continuo, y sostenido en el tiempo, de calificar a los independentistas (y, muchas veces, extensivo a todos los catalanes) como supremacistas, es una incitación al odio. Difícilmente se va a odiar a alguien que se siente inferior (si acaso, se le despreciará). Es más fácil hacer germinar odio hacia aquél que, dicen, se siente superior. Y ello sirve, incluso, para que la política sea innecesaria. Para evitar tratar una reivindicación política políticamente, pues se convierte en una cuestión moral. Hasta un partido autodenominado de izquierdas como el PSOE, dice y acepta con naturalidad que <<no se puede hablar de lo que no cabe en la Constitución>>. Y esto es un triunfo de un planteamiento totalitario: el más rancio y acérrimo nacionalismo español, ha conseguido establecer su marco de pensamiento.

Y 6. COMPLEJIDAD POLÍTICA. Grandes matemáticos (Euler, Fourier, tantos otros) tienen un denominador común: cuando un matemático cualquiera se refiere a ellos y, más bien, a sus fórmulas o teorías, las describen como de una gran belleza. Como profano, me atrevería a decir que la belleza matemática reside en la sencillez. También en la física. Incluso la Ley de Okham nos conmina a elegir la opción más sencilla. Wagensberg, el didáctico y otrora director del Museo de las Ciencias o de la edición de Metatemas, explicaba que un alumno se le presentó, eufórico, con una nueva demostración de la Teoría de la Relatividad de Einstein. Esta nueva demostración ocupaba 90 páginas frente a las 15 de Einstein (me invento el número, es aproximado). Ni se molestó en leerla una vez se quedó a solas en su despacho.

El gran poeta catalán Joan Margarit que, no es baladí, está ligado al cálculo de estructuras (es arquitecto), decía que al buen poema no puede sustraérsele ni una sola palabra sin que se desmorone: tiene las justas y precisas, tal como la teoría presentada por Einstein. Más allá de cierto romanticismo con el que nos agrada leer estas consideraciones (no siempre son ciertas: a veces, lo superfluo, deviene necesario), nos liga la belleza, tan anhelada por el ser humano, con la sencillez.

Sin embargo, en política, ocurre todo lo contrario. El “arte” de la política, cuanto más sencillo, cuanto más reducido, tiende a lo menos bello, y suele caer en lo “inhumano”.

En matemática (7+7) y poesía, su sencillez, es más precisa. La política, es inversa. Y, cuando no es así, cuando tiende a lo concreto y axiomático, es cuando deviene totalitaria. La política más limpia y sencilla acaba siendo la más nociva. Tal vez sea debido a que, mientras la matemática y la poesía pretenden definir “aquello” a lo que hemos de someternos (una visión irremediable), la política es todo lo contrario: marcar el camino y modo de hacer para no someternos. La sencillez (lo ultra) de la política, somete, y la única manera de sobrevivir a ello es adentrarse en la confusión, el caos humano, las contradicciones y complejidades donde habitamos y convivimos como seres humanos (reglado, todo ello, por esa empatía y confianza a la que hacía referencia).

La política es cuál de nuestras contradicciones, en un momento dado, prevalece sobre las otras. Es una decisión, pero sin exclusiones. La política es decidir una opción, manteniendo la salvaguarda de lo descartado no como erróneo, sino como posible en otras circunstancias. Cuando la política procede con el descarte y la anulación de las alternativas, ella misma sucumbe, por ello el totalitarismo conlleva la ausencia de política. La democracia es un estigma siempre abierto, y así debe mantenerse. Complejo y dificultoso. Teman a aquellos que les ofrecen políticas fáciles y diáfanas: su objetivo es el fin de la política, es encontrar la fórmula exacta o el verso preciso y concreto que acabe con aquello que nos define como lo que somos: un caos ondulante que busca su media equilibrada, pero que, a veces, se sale por la tangente. Una metáfora que jamás coincide exactamente con el perfil de lo mencionado, sino un poco más allá, estableciendo esa distancia donde la política debe hacerse un lugar.

La ignorancia respecto al otro, impide la empatía. Sin empatía, prevalece la ignorancia, y el otro es fácil que devenga cosa, y la confianza se desvanece llevándose consigo la posibilidad de una convivencia estable. La agresión física y a los derechos, y más al amparo del poder (1 de octubre, los presos, los exiliados), es un acto de superioridad de aquellos que afirman “nosotros somos” ante aquellos que no tienen derecho a ser. Cuando la moral se sube a espaldas de la fuerza e imposición, la política queda por los suelos, innecesaria, y se renuncia a ella. No hay nada a negociar, a debatir, a renunciar, se ordena y se manda, se obedece o se pagan las consecuencias. Al final, todo se resume en cuántos están dispuestos a pagar esas consecuencias (si son muchos, revolución; si son menos, se los aplasta). Decía Bauman que la política se estaba “religionizando”, que <<los conflictos de intereses que requieren negociación y soluciones de compromiso (el pan de cada día de la política) se representan como la confrontación definitiva entre el bien y el mal, un planteamiento que imposibilita los acuerdos negociados>>. De hecho, es peor: ya impide, ni siquiera, dialogar para plantearse o negociar esos acuerdos. Tristemente, hacia allí nos lleva la posición de los partidos del Estado, creyendo que los dispuestos a reivindicar, a desobedecer o disentir, a la hora de la verdad, serán pocos. Un servidor, no tiene ni idea de cuántos serán ni de durante cuánto tiempo, pero, seguramente, no tardaremos en salir de dudas. Disculpen, pero qué asco de políticos tan cobardes que, ni siquiera, son capaces de intentar hacer política. Unos porque no quieren, otros porque no se atreven, y uno no sabe qué es peor. La política del establishment pretende que aprendamos a convivir con los problemas, no a resolverlos.

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