Carolina despierta exaltada. Abre los ojos y escucha. Algo se mueve en la habitación. La persiana está cerrada. Hace rato que amaneció, pero la luz que entra en el cuarto no es suficiente para distinguir nada más que sombras. Sombras de objetos conocidos. Al fin y al cabo la casa no es tan grande, piensa. Repasa los bultos con minuciosidad: la televisión, un armario, otro armario, la mesa, una silla, otra silla, más sillas. El sonido que la despertó no cesa. Se acerca y se aleja, se detiene, cambia de tomo, de ritmo, de intensidad. Se revuelve inquieta en la cama. Se cubre con el edredón hasta la barbilla e intenta dormir un rato más.

Quizás debería levantarse y vestirse. Salir a correr. El día parece soleado. Correr es lo único que le reconforta desde que todo esto empezó. Salir a la calle y permitir que el sol le acaricie la cara. Correr. Correr contra el viento y vencer su resistencia. Dejar que el aire se cuele a bocanadas en su boca y que repase su silueta en cada zancada. Dominar la pereza, ganarle al tiempo. Renacer, experimentar de nuevo esa emoción con la energía que hoy parece haberse esfumado. Dejar de ser un zombi aburrido y aletargado. Dejar de poner escusas, dejar de lamentarse, dejar de discutir. Dejar de dejar de hacer.

El encierro terminó hace meses ¿Por qué tiene la sensación de que nada ha cambiado?

El ruido se intensifica. Es algo que está dentro de casa. Se mueve lenta y sigilosamente. Ahora se aleja. Vibra, oscila, traquetea. Decide contar hasta diez antes de levantarse.

Uno.

Dos.

Tres.

Su corazón se anticipa con un palpitar exagerado.

Cuatro.

Cinco.

Traga saliva. Siente como su pecho se eleva y desciende, se eleva y desciende de nuevo. El sonido llega nítida e intensamente. Constante.

De pronto, la flojera le invade. Se recoloca bajo la sábana cubriéndose la cabeza para no escuchar nada más que su respiración. Fuera el intruso acecha.

Seis.

Siete.

¿Y si me quedo en casa?, piensa. No quiero ponerme mascarilla, odio la mascarilla, murmura en voz alta. Sobre el mueble de la entrada se amontonan azules y eficaces. Una para cada día. Una para cada disfraz. Una para cada sonrisa.

Ocho.

Nueve.

El sonido se detiene a los pies de la cama. Es casi media mañana y aún no ha conseguido ponerse en marcha.

El aifon anuncia la llegada de un nuevo mensaje. Carolina tantea la mesita desparramándolo todo por el suelo. Todo menos el teléfono. Acerca la pantalla a la cara y sonríe. Es Flora. Le desea buenos días y le manda un abrazo. Uno virtual y con mascarilla, ¡¡claro!! En los nuevos tiempos los abrazos están prohibidos y los besos penados. Las sonrisas y los olores se esconden tras las mascarillas y las pieles se mueren de frio.

Diez.

Enciende la luz y se incorpora. A los pies de la cama el robot aspiradora que compró hace unos días se pelea con la mascarilla que ha caído al suelo. Una pelea a vida o muerte que termina con la derrota de Pelusín; así es como Carolina ha bautizado a su nueva adquisición, que merodea ya desorientado, atascado, aturullado, asfixiado e inútil, como nosotros mismos.

Carolina ríe a carcajadas.

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