Woody Allen y sus inseparables gafas negras de pasta.

No existe cabida para la equidistancia con él. O se le admira y adora sin red o se le detesta sin peros. Nunca unas gafas negras de pasta aterrizadas sobre una escandalosa nariz judía han acaparado tanta atención haga lo que haga, diga lo que diga. Porque, ¿qué cabría pensar de alguien que jamás ha visto vasos medio llenos ni medio vacíos, en contra de lo que cabría suponer de un tanatófobo confeso, pero que no deja de tener presentes en su mente ataúdes medio llenos de una forma constante?

Así es Allan Stewart Konigsberg, uno de los neoyorquinos más universalmente conocidos, que cuando era pequeño viajaba del barrio de Brooklyn a la isla de Manhattan casi como si lo hiciera desde Cabo Cañaveral a la Luna. Por ello para Woody Allen (Nueva York, 1 de diciembre de 1935) la felicidad es una situación transitoria que afortunadamente pasa pronto y se queda en lo pequeño, lo cercano, lo insignificante. Casi como esa estatua erigida en su loada Oviedo a la que cada dos por tres le hurtan las gafas con soplete. Da igual, él seguirá siempre allí pase lo que pase.

Allen no es más carne de diván de lo que puede serlo el más común de los mortales, pero él ha sabido siempre explotar esa peculiaridad con un humor a prueba de mediocridad

Su sarcasmo siempre en ebullición no tiene límites, tanto es así que se ha marcado una autobiografía de 440 páginas bajo el sugerente título de A propósito de nada sobre un fondo completamente negro lleno de intencionalidad. La editorial Alianza ha sido la valiente que se ha atrevido a publicarla en español pese a la que está cayendo al otro lado del charco sobre la cabeza de este hombre de rostro infinitamente triste. En su país se ha hecho lo indecible para que no llegara a las librerías. El movimiento #MeToo y la acusación de violación que desveló su hija adoptiva Dylan Farrow en 2014 iban a intentar impedir que los estadounidenses conocieran las andanzas vitales de uno de sus artistas más destacados del último medio siglo.

Hollywood le ha dado completamente la espalda desde hace años. Aún más todavía de lo que ya lo ha venido haciendo desde siempre. De hecho, sus dos últimas películas no han sido estrenadas aún en su país, Día de lluvia en Nueva York (2019) y Rifkin’s Festival (2020). Dylan, que actualmente tiene 34 años, insiste en que su padre abusó de ella cuando tenía siete años. También su hijo Ronan Farrow se suma a la denuncia, un famoso periodista impulsor del movimiento #MeToo.

“Mi madre decía que no podía entenderlo. Siempre aseguraba que yo fui un niño amable, dulce y alegre hasta los cinco años y que luego me convertí en un chaval avinagrado, desagradable, rencoroso y malo”, reflexiona en su polémica autobiografía

Dylan Farrow escribió en 2014 una carta al prestigioso The New York Times que comenzaba así: “¿Qué película de Woody Allen es su favorita? Antes de responder, les contaré algo que deben saber: cuando yo tenía siete años, Woody Allen me cogió de la mano y me llevó a un ático sombrío, casi un armario, que había en la segunda planta de nuestra casa. Me dijo que me tumbara boca abajo y jugara con el tren eléctrico de mi hermano. Y entonces me agredió sexualmente. No dejó de hablar mientras tanto, de susurrar que era una buena niña y que aquello era un secreto entre los dos, de prometer que íbamos a ir a París y yo iba a ser una estrella en sus películas. Recuerdo mirar fijamente el tren, no perderlo de vista mientras daba vueltas por el ático. Todavía hoy, me resulta difícil contemplar trenes de juguete”.

El famoso director de medio centenar de largometrajes dedica buena parte de su autobiografía a defenderse de estas graves acusaciones ya archivadas por la justicia norteamericana y a describir su compleja y tempestuosa relación conyugal con la actriz Mia Farrow, a la que el director de cintas como Toma el dinero y corre, Annie Hall o Hannah y sus hermanas califica sin tapujos como una psicópata que maltrataba a sus hijos adoptivos y que se inventó completamente los presuntos abusos a su hija Dylan después de conocer la relación que mantenía con su otra hija Soon-Yi, su actual pareja y a la que dedica el libro con una de su frases lapidarias: “Para Soon-Yi, la mejor. La tenía comiendo de la mano y de pronto noté que me faltaba el brazo”. Sarcasmo, ironía y provocación todo en uno.

Así es este hipocondríaco de libro, del que pocos conocen sus dotes juveniles de atleta y su casi nula predisposición a cultivarse en la escuela. Todavía se pregunta, a sus casi 85 años, qué pasó en su más tierna infancia para que cambiara su carácter por completo casi de la noche a la mañana. “Mi madre decía que no podía entenderlo. Siempre aseguraba que yo fui un niño amable, dulce y alegre hasta los cinco años y que luego me convertí en un chaval avinagrado, desagradable, rencoroso y malo”, reflexiona en su polémica autobiografía.

La ya famosa estatua de Woody Allen en Oviedo ha sufrido reiteradas agresiones en busca de las gafas del cineasta.

Ningún trauma infantil

Allen niega rotundamente que sufriera algún trauma de infancia que lo marcara para siempre y sacara de él ese hipocondríaco empedernido que lo ha definido durante décadas ante la opinión pública mundial gracias a sus lapidarias películas, siempre con un componente biográfico en mayor o menor grado. Allen no es más carne de diván de lo que puede serlo el más común de los mortales, pero él ha sabido siempre explotar esa peculiaridad con un humor a prueba de mediocridad. Mientras unos ven el vaso medio vacío y otros medio lleno, él no se incluye en ninguno de estos grupos antagónicos. “Yo siempre veía el ataúd medio lleno”, añade con ese descacharrante humor negro marca de la casa Allen cien por cien. Genio y figura desde la cuna.

No cambió mucho con el paso de los años, ya que siendo apenas un veinteañero se vino arriba, sintiéndose fortalecido laboralmente gracias a sus columnas humorísticas publicadas en distintas cabeceras. De ahí a guionista de programas televisivos y radiofónicos. También probó su ingenio tras la máquina de escribir para obras de teatro. Fue entonces cuando contrajo su primer fallido matrimonio. No sería el último. Gracias a su esposa Harriet dejó de morderse las uñas. “Reemplacé ese hábito repugnante por el más socialmente aceptable de la coprolalia”. Era evidente que su primera incursión en el mundo de la pareja tocaba rápidamente a su fin.

El resto de su existencia ya es historia, una historia apasionante y difícil de encasillar, como su cine, como esas gafas de pasta negra que se convierten en una metonimia excepcional sin necesidad de añadirle siquiera su inconfundible rostro.

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4 Comentarios

  1. Que asco de pavo,violador pedófilo acosador sexual depravado, espero que alguien lo rocie con ácido y lo queme vivo

  2. las denuncias de mia farrow no me las creo es una loca
    es logico que una desequilibrada se junte con otro desequilibrado como woody.
    mia iba a las reuniones en casa de roman polansky otro judio
    con drogas y desequilibrados,ya vimos como termino la semilla del diablo

  3. Analfabeto.El nada más que la loca le empezó a atacar,mandó una prueba pericial y se determinó que la niña era por inducción de su madre y él se sometió 2 veces al detector de mentiras, pasándolo sin fallar 1.Cuando la policía se lo ofreció a la loca ella se negó. No hace falta decir más. Hay que saber antes de insultar. Acusar y no probar es un delito.Q se pongan ellas en el detector, pq no lo hacen ,lógico mienten.Lo suyo se llama odio,aparte de envidia pq se acabó la relación.y soon ya era mayor de edad y nada consanguíneo de él.

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