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Vox y la imposición de los símbolos nacionales en Cataluña

La formación de extrema derecha ha desplegado en el Pont de Pedra de Girona una pancarta con el claro ánimo de provocar y confrontar

José Antonio Gómez
José Antonio Gómez
Director de Diario16. Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos "Gobernar es repartir dolor", "Regeneración", "El líder que marchitó a la Rosa", "IRPH: Operación de Estado" y de las novelas "Josaphat" y "El futuro nos espera".
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análisis

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Como cualquier partido de extrema derecha que se precie de serlo, Vox ha vuelto a apropiarse de los símbolos nacionales para generar confrontación y polémica en Cataluña. En concreto, los ultras han actuado del mismo modo en que lo hicieron los falangistas en la ciudad de Girona cuando tomaron la plaza en febrero de 1939: utilizar los símbolos nacionales en contra de los sentimientos de una parte de la población catalana. En aquellos años de guerra, los falangistas, los requetés y los militares, además de aplicar una represión cruel y asesina, llenaron de banderas de España y prohibieron, incluso, hablar catalán.

Pongamos un ejemplo documental. Un escrito guardado en el Archivo Comarcal del Bages muestra una circular del Gobierno Civil de Barcelona sobre “El uso del idioma nacional en todos los servicios públicos”, recogiendo lo dispuesto en el BOP del 31 de julio de 1940. En él se proclama el español como único idioma válido para la vida pública, al tiempo que relega los idiomas “regionales” a la vida privada. La primera disposición señala que «todos los funcionarios interinos de las Corporaciones provinciales y municipales de esta provincia, cualesquiera que sea su categoría, que en acto de servicio, dentro o fuera de los edificios oficiales, se expresen en otro idioma, que no sea el oficial del Estado quedarán ‘ipso facto’ destituidos, sin ulterior recurso». En el documento se pueden ver las firmas de todos los funcionaros del Ayuntamiento de Manresa, ya que fueron obligados a firmar el correspondiente enterado. Algunos funcionarios del cuerpo de guardias de paseo firmaron con la hulla dactilar por no saber escribir.

Fuente: Archivo Comarcal del Bages / memoria.cat/franquisme

En el mismo archivo se guarda también el telegrama remitido por el mismo Gobierno Civil en el que se preguntaba al alcalde de Manresa si ya había cumplido esa orden.

Fuente: Archivo Comarcal del Bages / memoria.cat/franquisme

Lo que ha hecho Vox en Girona en este día tiene el mismo significado: la imposición de los símbolos nacionales, por las buenas o por las malas, a una población que no es homogénea. La formación de ultraderecha no ha comprendido todavía la pluralidad existente en España, algo que fue reconocido, incluso, por el propio Franco en el testamento que leyó Carlos Arias Navarro el día de la muerte del dictador.

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Intentar imponer la unidad de la patria, sin respetar ni lo símbolos ni la idiosincrasia de cada región de España, no es más que un modo de confrontación y de generar división y violencia, es decir, los aspectos en los que Vox se encuentra más a gusto.

España dejó de ser una, grande y libre cuando murió Franco. Sin embargo, hay nostálgicos de esa unidad artificial impuesta por la fuerza. España ni es una, ni es grande ni es libre. España la conforman los 47 millones de personas que habitan en ella. España se hará grande sólo en el momento en que desde los poderes públicos se consiga eliminar el yugo de los poderosos, de todos los que detentan un poder oculto que somete al pueblo y a sus representantes. Y, desde luego, no será libre mientras que la ciudadanía no disponga de un elemento que los libere de la opresión de las dictaduras encubiertas que gobiernan desde la oscuridad y que no han sido elegidas por nadie.

Vox se equivoca, como lo hace la extrema derecha mundial. Los símbolos nacionales no son propiedad de un partido o de una ideología, sino que pertenecen al pueblo y, como tal, debe respetarse la interpretación o el apego a los mismos que cada cual tenga. Imponerlos es un modo de autoritarismo que no hace más generar rechazo, violencia y confrontación. Evidentemente, respecto a Cataluña, la formación de ultraderecha abogaría por la intervención de la fuerza, convertir Barcelona en Belfast. No obstante, eso no es democracia, sería otro golpe de Estado más.

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