Se veía venir. Vox se ha merendado a Ciudadanos y lo ha reducido a la categoría de guiñapo inservible en las elecciones del 10N. Durante los últimos meses, Albert Rivera había recibido constantes mensajes de SOS, avisos a navegantes para que rompiera con la ultraderecha y diferenciara claramente su proyecto político. Advertencias del grupo liberal en el Parlamento europeo, advertencias de Manuel Valls y los críticos del partido que terminaron por arrojar la toalla y desertar ante la cerrazón del jefe, advertencias del Financial Times y de los mejores analistas políticos de este país. Nada sirvió para que Rivera recapacitara, él siguió ignorando todas y cada una de las señales rojas y optó por simbiotizarse con el partido de Santiago Abascal. Incluso pactó con el grupo ultra en comunidades autónomas como Madrid, Andalucía y Murcia.

Hoy, cuando se ha consumado la debacle naranja por imprudencia y ceguera política del jefe, ha quedado claro que copiar el mensaje de la extrema derecha y coquetear con ella en acuerdos infames es el mejor pasaporte para el fracaso. Sin duda, el electorado ha decidido que el partido de Rivera no ha cumplido ninguno de sus objetivos para los que fue creado: pactó con el Partido Popular más corrupto cuando prometía regeneración; renunció a su papel de bisagra del bipartidismo para hacer más fácil la gobernabilidad del país, poniéndole un cordón sanitario a Pedro Sánchez que no llevaba a ninguna parte; y traicionó sus postulados de partido moderado de centro liberal virando peligrosamente a la derecha para tratar de competir con Vox. El resultado de esa estrategia fallida ha sido la calamitosa noche electoral del 10N, una jornada histórica, ya que nunca antes un partido había conocido un crecimiento tan meteórico como Ciudadanos y una caída tan abrupta, súbita, vertiginosa.

Y en medio de ese escenario la gran pregunta es: ¿y ahora qué? La formación de Rivera ha quedado reducida a la categoría de partido minoritario mientras el modelo de Vox al que quiso parecerse en maneras rudas, ideas y discursos, sobre todo en lo referente a la situación volcánica en Cataluña, crece como la espuma. De momento, la primera medida que se antoja tan lógica como necesaria es que el máximo responsable de este evidente descalabro ponga su cargo a disposición del partido. Lo contrario sería continuar por la senda suicida que el propio Rivera trazó tras las elecciones generales del 28 de abril. La imagen de decadente perdedor con la que sale el líder naranja tras el 10N impide cualquier tipo de reestructuración o intento de recuperación del partido en torno a su controvertida figura. Lo primero sería acometer la renovación de un liderazgo que prácticamente se ha quemado tras la batalla electoral de hoy domingo. Segundo paso, convocar unas elecciones primarias donde políticos de mayor talla que Rivera como Manuel Valls podrían tener su gran oportunidad. Y por descontado, ceder los restos del naufragio, ese puñado de escaños testimoniales que le han quedado a Cs, al PSOE, como lista más votada (dado que la derecha no suma), para que pueda formar un Gobierno estable. No tiene ningún sentido seguir manteniendo un cordón sanitario a Sánchez que solo ha llevado a una debacle electoral tan premonitoria como histórica.

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