Uno de los últimos actos de campaña de Vox en Cataluña, en los que se han registrado escenas de tensión con los independentistas. Foto: Vox

Pablo Casado se juega mucho más de lo que parece en estas elecciones catalanas. Históricamente, el PP nunca ha prestado demasiada atención a unos comicios en los que los populares han tenido poca chance, o como se dice vulgarmente, poco que rascar. La inmensa mayoría de los catalanes no compran un discurso que solo les ofrece la inútil solución del 155, palos de los antidisturbios, ninguna negociación para avanzar en el reconocimiento de la identidad catalana y centralismo a destajo (últimamente también infames alianzas con partidos de extrema derecha).

Pero en esta ocasión es todavía peor. La irrupción de los ultras de Vox en el convulso escenario político catalán amenaza los pocos muebles que le quedan al Partido Popular por aquellas tierras. Santiago Abascal se ha volcado en la cita del 14F y ha diseñado una campaña electoral agresiva calle a calle y puerta a puerta para soliviantar los ánimos independentistas. No tiene programa electoral para el futuro del país ni lo necesita. Le basta con dejarse caer junto a algunos de los suyos en un pueblo de Lleida, soltar que la “Generalidad” catalana es un nido de corruptos y separatistas, esperar que les lluevan unas cuantas piedras y huevos y presentarse ante el electorado españolista como los nuevos mártires de la causa, los héroes de la nueva cruzada nacional llevada hasta sus últimas consecuencias.

La táctica del victimismo suele dar resultado y si no que se lo pregunten a Carles Puigdemont, que va remontando en las encuestas con el romance del triste exilio. Curiosamente, los dos bloques más radicalizados y polarizados, indepes y ultraespañolistas, juegan al mismo juego: promover el enfrentamiento civil, la xenofobia y el odio irreconciliable. Por algo será.

En cualquier caso, la táctica le va dando resultado a Abascal, que según todas las encuestas podría obtener hasta seis escaños o incluso alguno más en el Parlament. Todo un éxito teniendo en cuenta que si el PP se estanca (y así parece ser tras el escándalo Bárcenas) el sorpasso al partido de Pablo Casado está más que asegurado. Que una organización que hasta hace un par de años era marginal le coma terreno al todopoderoso Partido Popular, aunque sea en una tierra hostil como siempre es Cataluña para la derecha española, no es un buen augurio de cara a lo que está por venir.

El fenómeno político resulta inquietante porque si Vox logra “sorpasar” al PP en el santuario del separatismo antiespañol cabe preguntarse qué será capaz de hacer en próximas convocatorias electorales en los feudos seguros, como Madrid, Andalucía o Murcia, donde los populares ya han tenido que agarrarse el clavo ardiendo ultraderechista para poder seguir manteniendo el poder regional. Visto así, es fácil entender que Vox es un invento que está cuajando en la sociedad española. De alguna manera, la gente de derechas empieza a “pensar en verde”, como la cerveza aquella, lo cual demuestra que el bebedizo abascaliano puede ser mucho más peligroso y tóxico de lo que se pensaba en un principio. Así ha sido, trabajando de abajo arriba y con actos de exaltación patriótica a pie de calle, como otros movimientos populistas demagógicos han conquistado amplias cuotas de poder en países como Francia, Polonia, Italia o Hungría.

Un país tradicionalmente católico y con un pasado dictatorial relativamente reciente como el nuestro no iba a quedar a salvo de la epidemia ultra, de ahí que las elecciones catalanas no solo sean decisivas para comprobar cuestiones primordiales como tomarle el pulso al músculo independentista tras el fiasco del “procés”, verificar si el efecto Illa será suficiente para que el PSC vuelva por sus fueros para ser lo que fue (el partido de Estado que garantiza una cierta convivencia pacífica en Cataluña) y asistir a la hecatombe tantas veces vaticinada de Ciudadanos, sino ver hasta dónde es capaz de llegar el engendro trumpista.

Es más que probable que el partido de Inés Arrimadas se deje las dos terceras partes de sus diputados por el camino, pasando de los 36 actuales a entre 12 y 13. Y esa sangría podría beneficiar, sin duda, al proyecto tardofranquista de Abascal. El éxito de Vox tiene mucho que ver con el fracaso del partido naranja –que no ha sabido qué hacer con el inmenso granero de votos que le llevó a ser la primera fuerza en número de papeletas en las pasadas elecciones– y con la progresiva pérdida de fuelle del PP catalán.

Pero nada de eso parece inquietarle a Pablo Casado, que hace solo unos días, cuando los periodistas le preguntaban cómo de preocupado estaba ante el posible sorpasso de Vox que auguran las encuestas, respondió con un punto de sobradez y hasta de soberbia: “La verdad es que poco”. Sorprendentemente, Casado negó que Abascal sea el enemigo a batir y siguió dando la matraca con el decreto sobre fondos europeos, un maná de 140.000 millones en ayudas de Bruselas que al líder del PP, inexplicablemente, le parece un drama para España.

De modo que de aquí a lo que queda para el final de campaña, Vox va a seguir apretando el acelerador, ya que parece irle bien en los sondeos con sus performances de exaltación españolista en descarado desafío a los activistas indepes. Jugar con ese tipo de actos de propaganda electoral en los que la provocación contra el mundo secesionista es el único argumento político puede terminar mal, ya que todavía quedan varios días de campaña en medio de un ambiente de alta tensión y crispación social in crescendo. Pero Abascal se ha dado cuenta de que jugar a ser mártir y héroe por la libertad, recibir unos cuantos insultos y unos tomatazos ante la pasividad de los Mossos d’Esquadra, como él dice, es un buen negocio de cara a las urnas y le ha cogido el gustillo a la cosa, mientras el impasible Casado se dedica a visitar las granjas de cerdos de la Cataluña rural sin rascar ni medio voto.

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