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Vox, la pobreza y el siglo XIX

Javier Del Amo Martínez
Graduado en Historia por la UAM
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análisis

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Como ya sabrá, ayer un diputado de la extrema derecha espetó en la tribuna de la sede de la soberanía del pueblo español que las desigualdades socioeconómicas se derivan del talento y del esfuerzo individual y que, por lo tanto, son naturales en una sociedad libre. Esta explicación de las desigualdades no es la primera vez que se da. De hecho, con la implementación del liberalismo a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX se pretendía reducir las desigualdades injustas. ¿Cuáles eran? Aquellas que resultaban inexplicables desde la óptica de la cultura del esfuerzo liberal. En otras palabras, aquello de trabaja y esfuérzate para prosperar ya se llevaba por aquella época.

En esta situación y con estas premisas, en estos momentos del siglo XIX se articularon dos análisis respecto a la pobreza y la desigualdad. Por un lado, encontraríamos el modelo individualista. Este modelo se caracterizaba por dividir a los individuos en válidos e inválidos. Los inválidos, a lo mejor les suena esto, sería gente que no tiene las capacidades suficientes para triunfar en el mundo, toman malas decisiones, no se esfuerzan lo suficiente y, por lo tanto, están condenados a la pobreza. Por otro lado, encontraríamos la postura que podríamos denominar social. Desde la década de 1820 se produce una revisión teórica de algunos de los postulados liberales, especialmente, la forma de entender al individuo. Los seres humanos se entendían como autónomos, racionales y sujetos de derechos naturales. Ahora bien, desde estos momentos, los liberales empiezan a reconocer condicionamientos sociales de las personas. Estos condicionamientos sociales no les permitirían desarrollar al máximo su libertad y derechos naturales, que era uno de los objetivos principales del liberalismo. Por esta razón se comienzan a adoptar medidas de intervención social que conocemos como reformas sociales (las cuales en España tuvieron su auge desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX). ¿Cómo afectó esta revisión de los principios liberales a la percepción de la pobreza? Pues se entendía que la pobreza podía estar ocasionada por los condicionamientos sociales de los que hablábamos y, por lo tanto, era percibida como una situación moralmente injusta. Ante esta situación injusta, la sociedad debía mojarse y articular mecanismos para tratar de abolir dicha situación.

En resumen, tenemos dos posturas en el siglo XIX ante la pobreza: una que la considera natural, pues depende de las capacidades del individuo, y otra que la considera social. Si revisamos las intervenciones parlamentarias de ayer, veremos que ambas visiones siguen presentes hoy en día. La naturalización de las desigualdades, ya sean económicas, sociales, culturales o de género (por poner algunos ejemplos) es una estrategia que ha usado siempre el poder para perpetuarse. Si las desigualdades son fruto de la naturaleza, luchar contra ellas es luchar contra natura y, por lo tanto, es inútil. ¿Qué sentido tiene luchar en contra de que amanezca mañana si, inevitablemente va a ocurrir? Por eso es tan importante dar respuesta a estos análisis y desnaturalizar las desigualdades. Bien lo sabe el feminismo que, muy inteligentemente, articuló el concepto de género para explicar que las desigualdades sociales están inducidas por una construcción cultural: los roles de género.

Lo mismo debemos hacer las personas progresistas con la cuestión de las desigualdades sociales y económicas. Debemos negar que sean algo natural. Nuestra primera línea de lucha política debe ser desnaturalizar las desigualdades y prestar atención a las construcciones culturales y sociales que legitiman, favorecen y sustentan dichas desigualdades.

Quizás nos pensamos que la sociedad avanza constantemente y de un modo irrefrenable, pero seguimos manteniendo debates y posturas del siglo XIX. Con esto no quiero decir que estemos experimentando una “vuelta atrás”, sino que, quizás, el progreso no es tan imparable e inevitable como nos pensamos. Las luchas políticas por las mejoras de las condiciones de vida no son definitivas. Asegurar un punto hoy no es sinónimo de tenerlo garantizado mañana. Esto no debe frustrarnos, sino hacernos conscientes de que nada es para siempre. Ser de izquierdas y ser consciente de esto no debe hacernos cesar en nuestro empeño de constituir un mundo más justo y más igual. Todo lo contrario, pues precisamente, nos debe hacer tener presente que no podemos dejar de indignarnos ante la injusticia.

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