Foto: Agustín Millán

El caso de la manada de Bilbao está siendo debidamente explotado por Vox para seguir propagando en la sociedad su feroz discurso de odio hacia las minorías étnicas, ese mismo que en Estados Unidos culmina en matanzas indiscriminadas contra la comunidad hispana. Santiago Abascal ha visto filón en el caso de los seis argelinos acusados de violar a una joven de 18 años en el País Vasco (cuatro de ellos han sido puestos en libertad por orden judicial, algo que ha enervado al líder ultra).

Según Abascal, para los arrestados solo hay un “destino correcto”: su inmediata detención y su “deportación encadenada” a una cárcel en Argelia. Además, ha cargado contra la “dictadura progre del silencio, más preocupada por mantener la corrección política y por el aumento de lo que ellos denominan xenofobia”. El líder de Vox lamenta que “cuatro de los seis detenidos ya estén en libertad por las calles, sonrientes y desafiantes en una actitud que puede apreciarse en un vídeo”.

Para el partido verde “es incuestionable que la gran mayoría de las agresiones sexuales en grupo y ataques contra la libertad sexual perpetrados en los últimos meses (Barcelona, Canet de Mar, Bilbao) lo han sido por inmigrantes procedentes del Magreb y de realidades culturales en las que el respeto a los derechos y la libertad de la mujer brillan por su ausencia”. Sin embargo, de nuevo nos encontramos ante una grosera manipulación informativa del partido ultra −como también suele hacer con el grave problema de la violencia machista− ya que las estadísticas oficiales demuestran que no hay ninguna relación de causa-efecto entre el aumento de la inmigración y el incremento de la delincuencia.

Una vez más nos encontramos ante un líder político que vive de la adulteración de los datos y estadísticas, de remover la bilis de los españoles y de agitar el odio como combustible barato para alcanzar cuotas de poder. Abascal, como delegado de la sucursal española del movimiento internacional demagógico-populista de extrema derecha, ha abrazado el mismo discurso violento del odio de Donald Trump en Estados Unidos, esas ideas que se lanzan desde los atriles durante los calientes y febriles mítines políticos y que a menudo terminan en baños de sangre en centros comerciales, como ha ocurrido recientemente en El Paso, donde un supremacista blanco que practica la ideología “trumpista” más dura ha matado a decenas de personas con un fusil militar.

Básicamente, la tesis de Abascal para resolver el problema de los agresores sexuales que atacan a muchachas “en manada” consiste en reclamar para un violador magrebí lo que no exige para uno español. Para este hombre hay violadores de primera y de segunda. Violadores de pedigrí, producto nacional, e indeseables subsaharianos o escoria tercermundista. Contra los primeros Vox nunca dice nada porque son españoles (y eso para el partido ultra siempre es lo más importante). Contra los segundos solo cabe el ensañamiento, el más duro linchamiento público y la injusta humillación de toda la raza a la que pertenecen, miles de personas que viven honrada y pacíficamente en España y que terminan siendo estigmatizados. Es decir, cuando la primera manada −toda ella formada por ciudadanos españoles, entre los que por cierto había algún que otro militar− abusó de una joven en Pamplona durante las fiestas de San Fermín, Vox no pidió con la misma insistencia e indignación que los culpables fueran severamente ajusticiados y hasta desterrados de España, como sí lo hace ahora con los magrebíes detenidos en Bilbao. Y no lo hizo sencillamente porque Vox no se rige por criterios o parámetros lógicos y racionales, como puede ser el principio de igualdad de todos ante la ley con independencia del color de su piel, sino única y exclusivamente por el factor del odio, el odio al extranjero, el odio al diferente, al que tiene un color distinto de piel. Y es que para Vox la Justicia se identifica con la venganza.

Pero es que además las medidas que Abascal propone para luchar contra los delitos sexuales −véase el endurecimiento del Código Penal−, se han demostrado ya ineficaces, como ocurre en países como Estados Unidos, donde la pena de muerte no consigue rebajar el elevado índice de delitos. Una vez más comprobamos que las políticas propuestas por Vox no solo resultan inútiles en la práctica, ya que quedan reducidas a delirantes utopías mitológicas propias de Estados totalitarios que fracasaron en el pasado, sino que contribuyen a alimentar el odio en la sociedad, primera causa de todo estallido social o de la proliferación de fenómenos nuevos como las matanzas indiscriminadas a las que lamentablemente asistimos cada vez con mayor frecuencia en Norteamérica.

Las mentiras difundidas por Vox −como que “si de verdad queremos proteger a las mujeres hay que hacer frente al problema con honestidad y realismo, es decir, reconociendo, entre otras cuestiones, que cierto tipo de inmigración incrementa el riesgo social”− no resolverán el problema de los delitos sexuales en nuestro país (en su inmensa mayoría cometidos por hombres blancos de nacionalidad española). Como tampoco lo resolverá la difusión de burdas teorías conspiranoicas propagadas por los ultras de Abascal, falsas confabulaciones como que el Gobierno y los medios de comunicación “silencian la verdad al hurtar información esencial sobre cuestiones relativas a la seguridad ciudadana para evitar esa presunta xenofobia que, insistimos, en Vox no atribuimos como inherente al pueblo español”. Aunque en eso, y sin que sirva de precedente, sí lleva razón el señor Abascal: España no es un país xenófobo. O al menos no lo era hasta que llegó él.

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