El líder ultraderechista Santiago Abascal, este sábado, en la caravana de coches organizada por Vox. Foto: Vox.

Vox acaba de inaugurar la primera sede de su sindicato nacional, un camelo con el que pretende engatusar a las masas obreras desesperadas y rabiosas contra el establishment político y económico. La apertura del local en el madrileño barrio de Salamanca −uno de los más caros y exclusivos de España, dicho sea de paso− es toda una declaración de intenciones. Ya se sabe que el auténtico lema sindical de Vox es “ricos del mundo, uníos”, de manera que el local tenía que estar bien lejos de los barrios pobres y del maloliente lumpenproletariat. La sede no podía ubicarse en otro lugar mejor que en Salamanca, epicentro de las revueltas de los “cayetanos” y “borjamaris” que se hicieron tristemente célebres durante el estado de alarma. Toma simbolismo y toma provocación, Pedro Sánchez.

De modo que Abascal quería un sindicato propio, pero en lugar de montarlo en Vallecas, en Usera o en las barriadas marginales de la capital, lo hace en la milla de oro. Qué maravillosa paradoja filosófica. Habrá que ver esas instalaciones por dentro. Parking privado para vehículos de alta gama, salas vip para potentados empresarios, restaurante de cuatro tenedores en lugar de grasienta cantina y barra libre con spa para amenizar las aburridas reuniones sobre leyes y decretos del mercado laboral. Todo muy proleta. O mucho nos equivocamos o en ese engendro de sindicato no va a entrar una sola americana de pana con coderas (el disfraz felipista tuvo su momento y ya no se lleva) sino que se reservará para la habitual comitiva de ceñidos trajes Hugo Boss que controlan el mundo hoy por hoy. Si nos atenemos a la filosofía económica del partido verde, su sindicato por dentro va a parecer más una junta de la patronal o una cumbre de las élites del Club Bilderberg que una reunión de concienciados y sufridos obreros. Pero así son las cosas en los nuevos tiempos del negacionismo, la posverdad y el mundo al revés.

A esta hora es una incógnita si serán muchos los trabajadores angustiados que finalmente piquen el anzuelo de la ultraderecha española de nuevo cuño, aunque echando un vistazo a las cifras de paro desbocado y al hundimiento general del turismo y la economía nacional cabe suponer que no serán pocos los que decidan probar suerte en un sindicato de clase (en este caso de clase alta). La democracia liberal española se ha hundido, en parte por la pandemia y en buena medida por la corrupción que viene de lejos y sus propias contradicciones históricas y endémicas sin resolver. La mejor prueba de ello es que su ex jefe de Estado (en un episodio que parece sacado de Toma el dinero y corre, aquella vieja película de Woody Allen) ha empuñado los maletines llenos de pasta y ha puesto pies en polvorosa diciendo aquello tan español y tan borbónico de ahí os quedáis que yo me largo. Tal como publicó Diario16 en exclusiva, el emérito ya está cómodamente instalado en la República Dominicana, entre sus amigos los Fanjul, los magnates azucareros y lobistas de Washington que lo piensan acoger con los brazos abiertos en su modesta mansión bañada por aguas de color turquesa. Solo pensar que un anciano rey campechano, mujeriego, confiado y largón pueda caer en manos de esta gente fina (con todos los secretos de Estado de 40 años de reinado frescos en su memoria) es como para echarse a temblar. De este viaje caribeño pueden salir cien escándalos más que se unirán al material judicial que el comisario Villarejo sigue guardando a buen recaudo para terminar de romper España. Y es que el emérito, en estos momentos, es una bomba de relojería con piernas.

Abascal piensa secuestrar y patrimonializar la Monarquía para utilizarla como bandera de su proyecto nacionalpopulista. De hecho, ya ha dicho que Felipe VI es “la cabeza de la Nación” y que lo defenderá hasta el final de la amenaza socialcomunista. Sin embargo, antes de lanzarse a su empresa de construir la España una, grande y libre con la que sueña desde niño necesita mimbres, masa social, un ejército de enrabietados proletarios dispuestos a seguirle ciegamente. Su sindicato tiene como objetivo narcotizar a la famélica legión asalariada con un cóctel de patrioterismo barato, odio al socialismo y xenofobia (ese cuento del inmigrante que le quita el trabajo al pobre español tantas veces repetido). En realidad Vox no cree en la movilización sindical por los derechos de los trabajadores (de hecho niega la lucha de clases); su ideología económica es radicalmente ultraliberal y por tanto cómplice de las élites financieras; pretende recortar el derecho de huelga, prohibir los piquetes informativos y proteger a los esquiroles que revienten los paros y manifestaciones de protesta. Por si fuera poco, Abascal trata de acabar con los convenios colectivos para que cada trabajador pacte su propio contrato y condiciones laborales con el empresario, incluso por debajo de las cláusulas acordadas para el sector. Es decir, aquello del divide y vencerás. La antítesis misma de la lucha por los derechos humanos. Por supuesto, el padre Marx será considerado el mismísimo Diablo, pese a que fue él quien detectó que la explotación y la injusticia están en la raíz misma del problema de la miseria en el mundo.

El sindicato de Vox, dirigido por un secretario general que tendrá poderes absolutos −a la manera de un dictador que controlará totalitariamente a las bases, purgando cualquier conato de disidencia socialista− es solo un señuelo, una trampa para pescar afiliados al partido en los caladeros de los barrios arrasados por la crisis. Abascal ve patriotas españoles, no trabajadores que necesitan comer. Por eso es un claro ejemplo de sindicato vertical nacionalsindicalista, como los que pusieron en marcha en su día Hitler, Franco y Mussolini. Cualquier currito, por muy cabreado con el sistema que esté, debería pensarse muy mucho dónde se está metiendo. Por cierto, el sindicato se llamará Solidaridad. Otra gran burla de los ultras.

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