De la crisis de la república de Weimar surgió el nazismo, de la crisis del Régimen del 78 (salvando las distancias) ha surgido Vox. Decía Ernesto Sábato hace muchos años que, “el fascismo ha nacido en la crisis general del sistema”, y es que el fascismo tiene la vieja costumbre de crecer entre ruinas.

Si damos un vistazo a los expositores de novedades editoriales nos encontraremos con abundancia de libros, ya sean novelas o ensayos, que hablan de gestas hispanas, de conquistadores, que rechazan la leyenda negra, que atacan o critican la llamada anti-España, y por supuesto que criminalizan otras realidades nacionales. Y sólo es una pequeña muestra, las banderas rojigualdas, cada vez más grandes, crecen y se multiplican. La esencia española se eleva omnipresente y única, ya sea a nivel popular o institucional. ¿Por qué un estado consolidado como España necesita de tal exaltación nacional? ¿A que se debe tal efervescencia nacionalista?

Cuando Franco estaba agonizando le encargó a su sucesor que ante todo le garantizase la “unidad de España” y su “destino universal” que proclamase José Antonio, según confesó el propio Juan Carlos Borbón. Cuando se habla de la manida unidad de España, no se suele referir a una cuestión meramente territorial, sino a un determinado modelo de estado-nación: único, uniforme, centralizado y dominado por unas determinadas élites, un bloque histórico de poder que va más allá del propio franquismo. El marco jurídico-político del 78 fue fiel a los deseos del moribundo, si bien sus arquitectos fueron inteligentes: mantuvieron en general las estructuras, pero cambiaron el escaparate, se adaptaron a las circunstancias y atendieron a las demandas de democracia y su adaptación formal. Si el régimen franquista fue, a través de sus diversas etapas, una utopía distopía del nacionalismo español, el del 78 ha sido un nacionalismo español suave, pragmático y con formas democráticas. Pero la crisis económica y el progresivo desgaste producido por la corrupción en todas sus estructuras, un funcionamiento endogámico, su control y servicio a una minoría dominante, hizo que el alabado marco político salido de la transición, empezase a mostrar amplias grietas. Un desgaste que hizo mella en parte importante de una ciudadanía hasta entonces conformista. Y la aparición de una opción rupturista democrática en un territorio como Catalunya, que ha conseguido la hegemonía social que hoy tiene, hizo despertar todas las alarmas del establishment; había que volver a los orígenes: nacionalismo español esencialista y autoritarismo. En esa involución han participado, en mayor o menor grado, el conjunto del autodenominado bloque constitucional. En ese viaje no es extraña la irrupción de Vox; en momentos de crisis existencial, los más duros y auténticos, los más puros, ganan terreno. El enemigo estaba creado: el independentismo republicano catalán y la inmigración. Los judíos, comunistas y otros, ya estaban estigmatizados antes que los nazis existiesen o fuesen una fuerza significativa; la Volkstum no la inventaron los nazis, era una vieja idea pangermanista. Vox se ha limitado a aprovechar el terreno que otros le han brindado, llevándolo al extremo.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Supongo que habrá análisis de los más variados, desde los sociológicos hasta los psicológicos, pero ninguno es definitivo, pues como ha sucedido con el ascenso histórico de los fascismos, obedece a múltiples factores. Pero hay uno que a mí me parece importante, que es el costumbrismo conservador, aquellos aspectos ideológicos que no se presentan como tal, sino como activos comunitarios. En un estudio sobre el nacionalsocialismo, Gil Badia explica que los nazis recogían los objetivos tradicionales del imperialismo alemán: “Y es que las ideas de Hitler, Goebbels, Rosenberg y Günter eran ideas familiares para muchos alemanes.” El nacionalismo español tiene mucho de un imperialismo melancólico y decadente (crisis del 98), que ahora se cree agredido en su unidad territorial, elevado a la categoría de dogma fanático. Y Ernesto Sábato analizaba que si bien los caracteres nacionales no son determinantes, sí influyen, y definía algunos alemanes, “es gregario”, “es incapaz de vivir sin reglamentos”, “ve en el Estado un dios todopoderoso y venerable.” Y esto último, a pesar del diferente carácter hispano, ocurre también aquí: el imperio de la ley, la exaltación del monopolio de la violencia por el poder, la mano dura, el populismo punitivo, el pensamiento testicular, la agresividad frente a la argumentación… Y si algo sabe hacer cierto fascismo es adaptarse al territorio, la época y las circunstancias.

Ignoro si Vox es un producto deseado por el establishment o bien un hijo de sus excesos y temores, en todo caso cumple un papel parecido: decir lo que otros no se atreven a proponer, aunque sea moderándolo. Por ejemplo lo que dijo Pedro Sánchez en el debate electoral: “Hemos limitado en un 50% la entrada de inmigrantes ilegales pero a diferencia de Vox lo hemos hecho con un discurso progresista y humanista.” Se habla mucho de cordón sanitario, pero se esconden los vasos comunicantes. En Francia los lepenistas llevan décadas amenazando a los inmigrantes, pero fue un supuesto socialista, Manuel Valls, el que llevó a cabo la expulsión de inmigrantes gitanos.

En unos momentos de crisis, tanto del sistema, como del régimen, el hijo bastardo de éste puede terminar convirtiéndose en el hijo rebelde.

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Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.

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