Por lo visto Vox respalda a los youtubers millonarios que han decidido poner sus fortunas a buen recaudo en Andorra. No podía ser de otra manera tratándose de un partido elitista, aristócrata, supremacista y negacionista de los impuestos, herramientas fiscales fundamentales para el sostenimiento del Estado de bienestar. Iván Espinosa de los Monteros, portavoz de la formación ultraderechista en el Congreso de los Diputados, cree que los mozallones que han tenido éxito en el negocio digital “tienen todo el derecho” del mundo a esconder su dinero para que Hacienda no les calque, de modo que no están cometiendo delito alguno.

Espeluzna comprobar el concepto inmoral que tiene el portavoz de Vox no solo de la política, sino de la ética y de la obligación de cumplir la ley que incumbe a todo ciudadado. La fiscalidad es el principal ariete con el que cuenta un país para repartir la riqueza, financiar los servicios públicos como la Sanidad y en definitiva hacer que el Estado siga funcionando con normalidad. Sin embargo, para el dandi de Vox, ese hombre con barba de los Tercios de Flandes que parece sacado de un capítulo del Quijote, los impuestos son una pesada carga, un latazo, una injusticia de la que es preciso escapar como sea, de ahí que defienda a la chavalería nihilista de pendiente, gorra de béisbol y pantalón cagadero, los nuevos Rockefellers de nuestro tiempo que han hecho dinero en los novillos del instituto al ritmo de reguetón y vendiéndole mucho humo, bulo, videojuego y cotilleo a las masas confusas de Internet.

¿Y este es el partido de los patriotas que quiere hacer una España más grande y más libre si llegan a gobernar algún día? La España de Vox es la España de la desigualdad; la España dividida entre unos ricos riquísimos que no pagan impuestos (los menos) y unos pobres paupérrimos que apechugan con sus nóminas porque no saben ni pueden abrirse una offshore en Panamá (o sea la inmensa mayoría del pueblo). El país con el que sueña la extrema derecha española es un lugar de señoritos libertarios que no cumplen con sus obligaciones tributarias y unos curritos que se confiesan con Hacienda, religiosamente, una vez al año.

Todo en esta vida se reduce a una cuestión de impuestos, que son el álgebra de la democracia. La diferencia entre que un niño sea un futuro Premio Nobel o un gaznápiro, zote o estulto sin oficio ni beneficio se explica por los impuestos. Que una familia con todos sus miembros en paro pueda comer caliente un día más se lo debemos a los impuestos. Y que una anciana muera en un hospital entre los estertores del covid o salve la vida en el último momento gracias a un respirador y a una UCI en condiciones es simple y llanamente un tema de impuestos. Cuantas más tasas y gravámenes pagan sus ciudadanos, mal que le pese a Isabel Díaz Ayuso (otra anarquista del capitalismo feroz), mejores servicios reciben y más próspera y avanzada es una sociedad.

Sin embargo, Espinosa de los Monteros ve el asunto exactamente al revés. Fue Einstein quien dijo aquello de que lo más difícil de entender en el mundo es el impuesto sobre la renta. Y eso es lo que parece ocurrirle al portavoz de Vox, que no solo no comprende la grandeza de ese impreso críptico que rellenamos todos los españoles y que constituye la argamasa sobre la que se asienta la civilización, el orden y la democracia misma sino que alienta la insumisión fiscal entre los adolescentes millonetis. Sin impuestos no hay Estado de bienestar, no hay sociedad, no hay nada. Sin impuestos acaba imponiéndose la ley de la jungla o un señor como Donald Trump que llega a dictador para no tener que hacer la declaración de la renta como todo hijo de vecino.

En estos días de pandemias en los que todo parece desmoronarse y venirse abajo, estamos comprobando cuál es la dramática realidad por la que atravesamos: que por culpa de tanta evasión de capital, tanto fraude y tanta exención fiscal, ahora no tenemos la capacidad ni los recursos suficientes para producir nuestras propias vacunas contra el coronavirus, de modo que al final caemos sin remedio en manos de la flotilla inglesa de la calavera, o sea los corsos desalmados de AstraZeneca que juegan con nuestras vidas.

Está claro que Espinosa viene de un mundo feudal de barones y condes, de cortijos y mansiones, de fiestas versallescas a la luz de la luna y valses, un lugar mítico como de otro tiempo lleno de caballeros andantes, doncellas antifeministas y guerreros patrióticos donde el IRPF ni preocupa ni interesa porque pagar impuestos es cosa de pobres. Ni siquiera se ha leído la Constitución, que consagra el sistema estatal de tributos basado en los principios de justicia social, igualdad y progresividad. Espinosa defiende a los mozuelos ricos de Internet que se van con su parné a Andorra porque en el fondo es consciente de que son los suyos, los herederos, los nuevos poderosos o estirpes aristocráticas que ya están debidamente concienciadas y desclasadas hasta el punto de pensar que el Estado de bienestar es un invento de los comunistas y que los que pagan impuestos son una pandilla de tontos. Detrás de las nuevas élites ágrafas de youtubers hay mucho más que sonrisas bobaliconas y horas muertas en Instagram. Está el fascismo mismo que ya ha calado en las mentes de sus nuevos cachorros del circo Twitter.  

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