Hitler masacró al pueblo polaco durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial. La pesadilla comenzó el 22 de agosto de 1939, cuando el ejército alemán fue enviado a aquel país del Este de Europa “con la orden de matar sin misericordia ni piedad a todos los hombres, mujeres y niños de la raza polaca”, según órdenes del propio Führer a sus comandantes. Más de 3 millones y medio de polacos, entre judíos y no judíos, perecieron en las 200 ejecuciones diarias que se cometieron en aquellos años trágicos. La capital del país fue la ciudad que más sufrió el holocausto nazi: entre 600.000 y 800.000 personas murieron en lo que fue llamado el gueto de Varsovia, un inmenso campo de concentración donde miles de almas malvivían como bestias en condiciones infrahumanas. Al finalizar la guerra, “La París del Norte” había quedado completamente devastada y cerca del ochenta por ciento de sus edificios destruidos. La peor parte de la limpieza étnica se la llevó el pueblo judío de origen polaco que fue masacrado en los numerosos campos de exterminio nazis repartidos por toda Europa.

Hoy toda aquella locura forma parte de los libros de historia, pero como dijo Marx la historia siempre ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa.​ Extrañamente y por desgracia, el gran drama que sufrió el pueblo polaco entre 1939 y 1945 parece haberse olvidado después de tres o cuatro generaciones que por lo visto no se han preocupado de conservar debidamente la memoria histórica ni de enseñar a los niños lo que fue aquel infierno de hornos crematorios. Lo que queda en nuestros días es la delirante farsa y la caricatura de un nuevo nazismo que retorna con fuerza. Como ese vídeo del partido polaco ultraderechista Ley y Justicia ampliamente difundido en las redes sociales en el que puede verse a una joven de aspecto virginal y educación católica arengando a sus paisanos y alimentándolos en el nuevo odio racista y nazi. Las imágenes de la muchacha con un brazalete fascista en el antebrazo echando el sermón ario demuestran que no estamos demasiado lejos de que los cuatro jinetes del Apocalipsis de Blasco Ibáñez vuelvan a campar de nuevo, a sus anchas, por la vieja Europa.

Los planos secuencias del vídeo son espeluznantes y recuerdan, por su destreza técnica y su fascinante poder visual, a aquellos viejos documentales que la cineasta Leni Riefenstahl rodó para la posteridad en los fastuosos aquelarres de Adolf Hitler. Polacos fascistas atravesando las calles, antorchas de un rojo sangre incendiando la noche, cánticos militares nacionalistas. Una escenografía auténticamente hitleriana y un litúrgico ritual que pone los pelos de punta a cualquier persona decente y de bien. Pero sobre todo sobrecoge la frialdad de esa niña polaca que ante la multitud enfervorecida hace las veces de maestra de ceremonias de ojos encendidos en odio cuya misión parece ser leer un asqueroso manifiesto racista en el que se ensalza la religión católica y el nacionalismo, al tiempo que se insta al pueblo a acabar con la inmigración en una especie de gran cruzada religiosa. “Polonia no alimentará extranjeros mientras nuestros hijos pasan hambre (…) No son nuestro problema, ni nuestra cultura (…) Nosotros somos la iglesia luchadora y lucharemos hasta el final (…) Nuestro escudo es nuestra sagrada fe y nuestra arma es el nacionalismo”, sentencia la muchacha en su intervención.

Por un momento parece que hemos regresado a 1939, solo que el rostro feroz de Hitler se ha transfigurado en el semblante de una joven hermosa por fuera y deforme por dentro mientras truenan en el cielo de Varsovia las mismas palabras de muerte de hace ochenta años. El personaje ha cambiado, ya no está en el atril el monstruo vestido con uniforme militar que se desgañita y escupe su vómito hacia los judíos sino una doncella de aspecto exterior frágil y dulce pero con un demonio criminal brotando en su interior y pugnando por salir. 

Hoy se calcula que hay cerca de 20 millones de inmigrantes de origen polaco repartidos por todo el mundo, de tal manera que puede decirse que más allá de demagogias baratas y arengas de ninfas beatas siguen siendo un pueblo de abnegados emigrantes. El mito del pobre “fontanero polaco” que se busca la vida en las mansiones de la Europa rica está más vigente que nunca. Sin embargo, una parte de esa sociedad enferma de religión y rencor hacia los políticos sigue creyéndose la raza superior elegida por Dios. En realidad estamos ante el mismo complejo de Stanley Kowalski, el personaje encarnado por Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo y que en una de las escenas más terribles de la película de Elia Kazan, en un ataque de furia contra su familia, reniega de su verdadero origen polaco para reafirmarse como norteamericano y ciudadano del “mejor país del mundo”. Al racista lo que le repugna de verdad no es la identidad nacional ni el color de la piel, sino la sombra de la pobreza y la miseria.

Tras ver el vídeo de Ley y Justicia retuiteado millones de veces en el universo digital, a la diputada de Vox Rocío de Meer le debió entrar una especie de orgasmo ideológico que le recorrió todo el cuerpo y le pareció una buena idea colgarlo en su cuenta de Twitter, acompañándolo de un comentario tan infame como el propio montaje fascista: “Hay una Europa fiel a sus raíces. Que no se arrodilla ante la dictadura progre. En la cooperación de esas naciones libres y soberanas creemos. Sin que nadie venga a imponernos delirios ideológicos”. La dirigente ultra borró el tuit en cuanto vio que aquella barbaridad iba camino de trending topic y de escándalo nacional, pero hubo tiempo suficiente para que quedara al descubierto el auténtico rostro del nuevo falangismo español. Por cierto, Santiago Abascal todavía no ha desautorizado a De Meer. Habrá que entender que le gustó la película.

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