Vivo en Madrid. Aferrado a la pantalla de mi teléfono como si fuera el escudo de un superhéroe. Porque si la realidad aparece al otro lado de su cristal, estoy a salvo. Puedo charlar, reír, llorar, indignarme, jugar, seguir viviendo en definitiva, si lo hago desde mi habitación. Porque se ve, pero no se toca. Ya que se trata de entretenerse y entretener como si el sentido del tacto hubiese quedado arrestado bajo sospecha universal.

Vivo en Madrid. Ensimismado. En un tiempo de cuarentena. De días eternos que marchan de catorce en catorce, justo lo que separa la salud del sufrimiento. Viendo tras la ventana cómo en el aire se van acumulando las desgracias y la tristeza. Sin tener derecho a sentirme solo, porque no hay soledad tan grande como la de los que sufren aislados en una cama anónima. En este tiempo sin despedidas, sin piedad para los mayores. Implacable.

Vivo en Madrid. En el centro de ese proyecto viejo y confuso que llamamos España. El país que enamora a los de fuera y desespera a los de dentro. En el medio de un Estado gastado y cómodo como la ropa de andar por casa, incluso para los que lo aborrecen. El lugar que fue Corte y tiene en su lema el cielo.

Vivo en Madrid. Rodeado de millones de monjas y monjes forzados, de personas enclaustradas en sus celdas que siguen con una disciplina asombrosa las órdenes de los que mandan, incluso sin ser creyentes. Encerrados en familia, con todos los significados que familia puede tener actualmente. Cautivos voluntarios, en un mundo encarcelado en casi todos sus confines por esta última peste. Unidas las razas y religiones por el mismo miedo en una tragedia planetaria.

Vivo en Madrid. Donde los ángeles van cubiertos de plástico. Batas verdes, monos blancos. Modernas armaduras desechables en esta nueva lucha contra el mal, un diablo ubicuo e invisible, caprichoso y cruel con la humanidad entera. Estamos en sus manos. En la de los héroes y de las heroínas que día tras día combaten para defendernos a todos, acumulando cicatrices, viendo caer a sus camaradas, enfangados en lo más crudo del dolor y la muerte. Desde nuestras confortables trincheras, solo podemos admirar su valor, agradecer su entereza, gritar nuestro cariño en un aplauso que palpita en todas las lenguas.

Vivo en Madrid. Metido en casa. Como el resto de los vecinos a los que he ido descubriendo estos días. Los que se asoman a la vez en ese instante diario en el que recuerdan la belleza y el poder de los ángeles a los que nos encomendamos. Los que revisan una y otra vez los mismos datos, los mapas, las noticias desalentadoras. Mujeres, hombres, niños con los que me trabo cada tarde en aplausos que nos unen en una cadena de esperanza. Porque el aire que golpea las palmas de nuestras manos está limpio, seguro. Y porque cada vez que acompasemos nuestro agradecimiento, nuestras manos se habrán acercado un poquito más al tiempo que anhelamos, al día en que las palmadas las demos en los hombros, al momento en que podamos querernos de cerca, al de la libertad de los besos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here