Los padres de la Revolución francesa eran, en su mayoría, hijos de clases medias empobrecidas de provincias, cómo Robespierre (Arrás) y Marat (Boudry), entre otros. Llegaban a París tras haber leído a los ilustrados (el nuestro fue Jovellanos en la independencia contra Napoleón) con anhelos de transformar una sociedad desahuciada, la miseria de la ciudad de las luces les dolió, mediante la lucha. Pese al terror, las hermosas palabras de la Revolución, libertad, igualdad, fraternidad, un camino complejo de vida, se extendieron por el viejo continente, provocando las ulteriores revoluciones de 1830, 1848 y 1871. Nuestro modo de vida, el de la UE, y el americano (sus padres fundadores fueron amigos de los ilustrados), la democracia, germina en la Revolución francesa, deudora de Pericles.

No es de extrañar que los yhihadistas insistan en sus atentados, en Francia en especial, la cuna de nuestra libertad; además de odiarla no la comprenden. Y no es una rareza porque en su fanatismo no cabe la libertad de expresión (atentado del Charlie Hebdo) y menos las manifestaciones. Las últimas, las de los chalecos amarillos, a las que se sumaron distintas facciones de la sociedad, incluidos los estudiantes (no los hijos de la alta burguesía del mayo del 68; sí los de las clases medias y el proletariado), han constituido un éxito. Lo que ha sorprendido de las manifestaciones es que se hayan colado antisemitas violentos que han destrozado sinagogas y que el presidente de la nación haya tardado once días en responder, lo que resulta prueba de envanecimiento desmedido o de falta de capacidad para manejar un conflicto sustantivo.

Tampoco ha asombrado su crecimiento exponencial, ni la hostilidad, en particular en los barios marginales en los que conviven en condiciones infrahumanas grandes culturas migratorias, cuyos retoños, le guste o no a Le Pen, son franceses de hecho y derecho. Pero lo que menos ha conturbado es que se hayan producido en uno de los países más sólidos de la UE. La crisis/recesión, sumada a la agitación que provoca la ultraderecha y la pérdida de valores morales, capaz de destruir épocas, conforman un alimañero donde introducir los pesares de l@s ciudan@s. La manifestaciones hubieran estallado igual en cualquier país de Norte a Sur y de Este a Oeste de la UE. Los franceses nos están lanzando un mensaje. Mantengámonos atentos, no vaya a suceder lo mismo en una nación socialista cómo España o en una de ultraderecha cómo Hungría, o acaso en la totalidad y al mismo tiempo de la UE, lo que redundaría en una revolución tranquila que ya va siendo necesaria.

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