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¡Viva el señorito Iván!

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Todos conocemos el chiste de las dos cabras que estaban comiendo en un vertedero. Una de ellas mordisqueaba con gesto aburrido una cinta de celuloide que había encontrado. La cabra que estaba a su lado le pregunta “¿Te gusta la película?”. Y la otra cabra, sin dejar de masticar le contesta: “Me gustó más el libro”.

A Miguel Delibes, autor del libro Los Santos Inocentes, también le gustó la  película de igual título basada en su novela. La película, dirigida por Mario Camus en 1984 e interpretada por un espectacular e irrepetible reparto de actores y actrices de primera fila,  cuenta la vida de una familia de campesinos que aguantan a diario, y sin queja alguna, toda clase de desprecios y humillaciones por parte de los dueños del cortijo. “Los Santos Inocentes”, ambientada en los años sesenta, en plena dictadura franquista, muestra con toda crudeza la historia reciente de este país, su brutal desigualdad social entre los señores del cortijo que se dedican a vivir la gran vida, y la gente del pueblo llano que trabaja para ellos en unas condiciones de extrema miseria, de semiesclavitud.

Pero no hacía falta ir al cortijo extremeño donde transcurre la película. En cualquier pueblo podía verse con total claridad  la hondura de la brecha social entre la clase dominante y la, más que dominada, humillada y despreciada  clase trabajadora, sobre todo los campesinos obligados a aceptar un mísero jornal y unas condiciones de trabajo absolutamente deplorables para que sus familias no murieran de hambre. Un buen ejemplo de esos millones de trabajadores humillados es Paco el Bajo, personaje central de la película, interpretado por un inmenso Alfredo Landa, al que tratan  como a un animal más del cortijo, sobre todo el señorito Iván, maravilloso, como siempre, Juan Diego, que interpreta al hijo de la señora marquesa, dueña del cortijo, a la que da vida una espléndida Mary Carrillo.

En la sociedad de esa época, recordemos que hablamos de los años sesenta y no el siglo XIV, a Paco el Bajo no le importa que le degraden hasta tratarlo como a un perro que corre a cuatro patas por el prado olisqueando la presa que desea cazar su señorito Iván. A pesar de las vejaciones y las penurias,  Paco tiene que agradecer a la señora marquesa, además del mísero jornal, la inmunda cabaña de una sola habitación donde vive con su familia, si es que a eso puede llamarse vida.

Tanto Delibes como Camus reflejan con gran realismo la situación que se vivía en esa época de lujos y caprichos para unos pocos privilegiados y miserias para la inmensa mayoría de la gente. Se describe muy bien tanto en el libro como en el celuloide, la opulencia y la ostentación de las reuniones de la clase privilegiada, las cacerías, las comidas y las cenas donde confraternizaban y hacían negocios de todo tipo esta absolutamente degenerada clase dominante que trataba a sus trabajadores  como si fueran animales de su propiedad, desprovistos de cualquier derecho. Esa era hasta hace no demasiados años, la España donde esta desalmada y codiciosa clase privilegiada se aprovechaba y enriquecía a costa de la espantosa miseria de una avasallada, pisoteada y hambrienta clase trabajadora que necesitaba trabajar en las condiciones que fueran para sustentar a sus familias.

Cuando la vi en el cine, en la escena final donde Azarías, el cuñado de Paco el Bajo, un pobre retrasado mental apoteósicamente interpretado por el gran Paco Rabal, ajusta las cuentas al señorito Iván por matarle, con su habitual crueldad y desprecio,  a su querida mascota, una grajilla a la que llama Milana, “milana bonita”, todos los espectadores de la sala nos pusimos en pie y empezamos a aplaudir con todas  nuestras fuerzas. El atronador aplauso duró varios minutos, y en las caras de la gente podían verse lágrimas de emoción, nudos en las gargantas que les impedían hablar, rabia y coraje al ver en la pantalla ese acto de justicia que nadie esperaba y que, aunque era solo ficción, agradecían infinitamente y querían creerlo como si fuera real. Y lo agradecían más todavía porque la historia transcurría aquí mismo, en nuestra tierra, no en un olvidado poblado africano, ni en una remota tribu amazónica, ni tampoco en una reserva de indios norteamericanos. Nunca más he visto algo parecido en una sala de cine. La gente conocía, por ellos mismos o a través de relatos, de anécdotas, de vivencias de familiares contadas de primera mano, la vida de la España rural, la de los campesinos harapientos y hambrientos; su vida de abnegación y sumisión, de renuncia, su destino de sacrificio y obediencia perruna, que no era, como decimos, la de remotos antepasados, sino la de apenas una o dos generaciones anteriores a la de los espectadores. Unos conmovidos espectadores que un buen rato después de acabada la película, y de aplaudirla largamente, permanecimos de pie, en el ya iluminado patio de butacas, frente a la pantalla vacía. La honda emoción no nos dejaba salir de la sala.

Y cuando ya parecía que aquella rancia estampa del señorito cortijero a caballo había quedado en el recuerdo de la película de Camus, y también en algunas de Luis García Berlanga, otro gran director que también supo plasmar la vida absolutamente alejada de la realidad de esa degenerada clase social que tanto daño, a lo largo de tanto tiempo, ha hecho a este país, aparecen unos señoritos cortijeros a caballo en la manifestación de agricultores y ganaderos del pasado día 20 de Marzo en Madrid. En un día donde, con toda la  razón del mundo, los agricultores y ganaderos se echaron a la calle para protestar por su inaceptable situación, por la dejadez, indiferencia y desatención del actual gobierno. De este gobierno y de los gobiernos de los últimos cincuenta años. No caigamos en el error, algo en lo que hacen mucho hincapié las tres derechas en su obsesivo empeño de hacer daño al actual gobierno,  de asociar la actual situación de los agricultores y ganaderos con el gobierno de Pedro Sánchez, poniéndole como único y exclusivo responsable. Algo que no es verdad, y lo saben. Para entender un poco la desesperada situación de los agricultores, basta decir que la uva en La Mancha tiene el mismo precio ahora que hace treinta años. De modo que no se culpe a Sánchez de un problema que ya existía cuando él todavía no había hecho la comunión.

Por tanto, las precarias condiciones de vida tanto de los agricultores como de los ganaderos, que está llevando al mundo rural a una lenta pero implacable agonía cuyo fin último es su desaparición, la muerte de los pueblos,  no es cosa del actual gobierno. Este enorme y complejo problema, esta situación insostenible no es de ahora, sino de mucho tiempo atrás. Si tuviéramos el interés, la curiosidad que deberíamos tener de leer para entender nuestra historia reciente,  la historia tal cual fue, sin sesgos, manipulaciones y tergiversaciones ideológicas, bien informada y contrastada con documentos que dan fe de lo que se dice, no reaccionaríamos tarde mal y nunca. Y con la apatía, el desinterés, la indiferencia e indolencia que nos caracteriza. Si conociéramos la historia  del pasado siglo redactada por historiadores serios, fiables, de acreditada solvencia, profesionalidad y respetabilidad, sabríamos que esos señoritos a caballo, esos señoritos Iván que representan la rancia oligarquía de los terratenientes, los latifundistas, el caciquismo que tanto mal ha hecho a este país, se opusieron con todas sus fuerzas a las importantes medidas, a los ambiciosos proyectos impulsados por la República, a esa imprescindible Reforma Agraria que fue frenada en seco por esa poderosa y privilegiada minoría, cuyos intereses veían perjudicados. Esa rancia clase dominante no permitió ceder un ápice de sus medievales privilegios, no admitieron asomo alguno de intervención del Estado, el Estado eran ellos, en cuanto a la modernización, el desarrollo, la evolución en lo relativo a la gestión de las explotaciones, de impulso al cooperativismo, y menos todavía de mejora de las condiciones de vida de los trabajadores de sus explotaciones agrarias. Sabían que en cuanto los trabajadores levantaran la cabeza, ya no volverían a agacharla. Y eso era malo para ellos. Y tan en serio se lo tomaron que, viendo amenazados sus  privilegios de siglos, tomaron la decisión de acabar con la República. Para ello no dudaron en organizar y financiar un golpe de Estado para acabar con ella. Y esto no es una opinión, esto es un capítulo de nuestra historia reciente que deberíamos conocer para saber de donde venimos y a donde no queremos volver.

Si hubiéramos conocido nuestra historia, como debería de ser nuestra obligación, a los señoritos cortijeros a caballo que daban su ameno paseo por la Castellana entre miles de manifestantes a pie, les deberíamos haber pedido muy amablemente que abandonaran la manifestación porque ése no era su sitio. Las legítimas reivindicaciones de los manifestantes nada tenían que ver con las de ellos, que durante años y años llevan viviendo muy bien de las subvenciones a sus grandes explotaciones. Unas jugosas subvenciones con cargo a los presupuestos nacionales y europeos. Y todavía piden  para ellos los partidos que forman las tres derechas, sus servidores, sus capataces, encargados y hombres de confianza, que tan bien fueron representados en la película de Camus por el gran actor Agustín González, que se les bajen los impuestos. Cuando en estos tiempos tan difíciles habría que pedirles justo todo lo contrario es decir, que para levantar la tan castigada economía, arrimaran el hombro pagando más impuestos los que más están ganando. En Alemania, un país poco sospechoso de comunismo, su parlamento ha aplaudido una subida de impuestos a las grandes fortunas, ésas que nunca, ni en las peores crisis han dejado de ganar más y más, abriendo con ello una cada vez más profunda brecha social entre ellos y el resto de la población. No hace falta decir que si los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres es porque  las cosas no se están haciendo bien. O mejor dicho: se están haciendo mal, tirando a muy mal.

Y ya para terminar, hay por ahí otro “señorito Iván” (Iván es Juan en ruso) al que también había que decirle, aunque eso por desgracia, según va la cosa, nunca ocurrirá, que sus días de privilegios, en su caso de alucinantes y prodigiosos privilegios, han llegado a su fin. Iba a decir de privilegios medievales, pero según dice Nicolás Sartorius, ni siquiera en la edad media un rey gozó de semejante impunidad, inmunidad e inviolabilidad porque los nobles medievales ejercían de freno cuando al rey se iba la cabeza.

Hablamos, naturalmente, del rey emérito Juan Carlos I. Un rey acostumbrado a hacer toda su vida su santa voluntad, bien amparado y protegido con un impenetrable blindaje a cargo de los tres poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, más la inestimable ayuda del poder mediático, que también le ha servido fielmente a lo largo de todo su reinado como escudo protector, como muro, foso, valla, alambrada y rastrillo. Un poder mediático que lejos de informar a la ciudadanía, como era su obligación, de las andanzas, peripecias y correrías del jefe del Estado, ha ejercido de cuadro flamenco que no ha parado un momento de jalearle, de gritar constantemente olés, de llevarle la palmas sin perder nunca el compás. Y todos estos poderes que le hacían la ola como nadie, han estado unidos en una interminable conga en constante reverencia, doblando la raspa en un ángulo a partir de noventa grados y, por supuesto, tapando y echando arrobas de ambientador, el  necesario, todo el que fuera menester, para que la gente no percibiera el intenso olor a podrido. He ahí la categoría, la clase, el nivel, el grado de independencia y profesionalidad, salvo honrosas excepciones, de nuestros periodistas y medios de comunicación.

Ahora, después de tantos años, y para nuestra vergüenza, ha tenido que  ser una justicia extranjera,  británica por más señas, la que ha dicho por primera vez en los 84 años de vida del emérito, y después de casi cuarenta años de jefatura del Estado, que el rey de España no tiene inmunidad para robar, delinquir o acosar impunemente a una mujer.

En un estupendo y muy revelador artículo de Joaquín Urías, profesor de Derecho Constitucional y ex letrado del Tribunal Constitucional,  aparecido en la revista digital “CTxT” el pasado treinta de marzo, titulado “El Demérito, el rey que roba y nunca fue a la cárcel”, un escrito que no tiene desperdicio alguno, y  debería ser de obligada lectura, Urías dice del emérito que “Seguramente jugó hace cuarenta años un papel relevante en el diseño de nuestro sistema democrático actual. Sin embargo eso no quita para que ese señor sea un elemento de cuidado, con pocos escrúpulos, que durante décadas se ha saltado la ley con la complacencia de nuestras instituciones”. De la denuncia de su ex amante Corinna, Urías dice que “Es posible que el caso acabe en un acuerdo extrajudicial: el antiguo jefe del Estado puede aflojar algunos millones de esos que tiene aún escondidos a Hacienda”. “Sin embargo, es posible que el honrado juez británico tenga que investigar los asuntos y decidir si hay efectivamente prueba de todo ello. Si así sucede, la corrupción y los delitos de Juan Carlos, que nuestros jueces y fiscales han tratado insistentemente de tapar, saldrán a la luz. Y el rey, la monarquía y nuestro sistema judicial quedarán expuestos en público con toda la vergüenza de su desfachatez”.  También añade que “la idea de que, tras dejar de ser jefe del Estado no puede ser juzgado por actos privados cuando lo era, no solo no está en la Constitución, sino que es contradictoria con la idea del sometimiento a la ley”. “Sin embargo, sigue diciendo Urías, juristas cortesanos y Fiscalía se han inventado esa interpretación evidentemente contraria al espíritu constitucional para amparar, como mínimo, los delitos de Juan Carlos. No está en la ley. Es un invento para no sentar al rey en el banquillo”.

¿Sentar al emérito en el banquillo? Qué difícil. Antes veremos a las ranas echar pelo. La ley, la ley…qué pesados se ponen algunos con la ley. Qué manera de complicarse la vida. Con lo fácil que es unirse al coro y gritar ¡Viva el señorito Iván!.

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