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Ayer se reunieron Sánchez y Torra. Diez meses después del 1 de octubre que parió a un pueblo.

Ratafía, libro y mapas. Así se presenta el catalán. Con tres mensajes. Porque los catalanes dicen cosas, hacen cosas, proponen cosas para hacer. Y les gustan los libros. Son de insistir cuando están convencidos en algo. Son persistentes. Pacientes. Se les hinchan las narices, como a todos. Pero a pesar de que les están llevando al límite los días pares y al extremo los impares, aguantan y siguen.

Torra lleva poco tiempo al frente de la Generalitat. Prácticamente el mismo que Sánchez en Moncloa. De una manera y de la otra los dos han llegado ahí de rebote. Y lo saben.

Saben que les miramos y no nos los terminamos de creer del todo. Porque en los dos casos están comiéndose un marrón de enormes dimensiones. Y en cierto modo, los dos son fieles escuderos de lo que creen que están haciendo. Vienen de recorrer un camino en el que se han tenido que comer unos cuantos marrones. Y los dos tienen la muerte en los talones. Están agobiados Torra y Sánchez.

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Se han pegado en público (verbalmente). Uno ha insultado a otro. El otro se ha defendido. Y le han vuelto a insultar. Y se ha vuelto a defender. Y así varias veces.

Se han pegado (literalmente), porque aquél miró con buenos ojos que al otro le reprimieran de todas las maneras posibles (e imposibles).

Se han negado el derecho de saber: porque Sánchez lideraba uno de los partidos que se negó a investigar sobre los atentados en las Ramblas de Barcelona hace un año. Y Torra se lo pidió desde su escaño.

Un día antes Torra se querellaba con uno de los barones socialistas, Bono, por haberle insultado en un programa de televisión el sábado por la noche. Todo así, muy bestia y muy rápido.

Hay personas en el exilio. Personas en prisión. Sin una sola prueba de los delitos que se les imputan. Sin un mínimo de respeto. Restregándoles en la cara una ilusión de justicia.

Personas en arresto domiciliario, como Tamara, que fue acusada de terrorismo por tener un pito y una careta en su casa, a la que no se le ha dictado sentencia, y que no puede visitar a su madre, con problemas de salud, mientras un guardia civil condenado por abusos sexuales (con el consiguiente rechazo social al considerar que se está blanqueando una violación en toda regla) puede irse de vacaciones a la espera de lo que llegue en la próxima sentencia.

El caso es que Torra ayer se reunió con Sánchez. Sí, ayer. Aunque alguien de cualquier medianamente decente lugar no pudiera creer que durante todos estos meses, mientras todas estas cosas pasaban, no ha habido ninguna interlocución directa, mirándose a los ojos. Todo han sido envíos de querellas, citaciones judiciales, furgones policiales, miles de policías, multas, amenazas… Pero hablar, lo que se dice hablar mirándose a los ojos, cero patatero.

Es como si alguien hubiera dicho: «¿pudiendo resolver las cosas a hostias, para qué vamos a hablar?». Y así han pasado 10 meses. Por lo menos. Hay quien piensa que alguno más.

Un tiempo en el que todos hemos ido abriendo los ojos cada vez más. Una sorpresa detrás de otra. Noticias increíbles. La sensación de estar viviendo algo que tiene que ser corto, que tiene que pasar. Y que de pronto, acabará. Porque todo esto está resultando tan intenso que en el fondo, casi nadie ha reflexionado y ha mirado un poco más lejos, más allá de la inmediatez. Y es lógico, porque sin información todo se acelera, y es más fácil correr hacia delante. Sin embargo, muchos saben, intuyen, que a este ritmo no se puede ser mucho más tiempo. Porque los ánimos están a flor de piel. Y porque toda la energía a chorro, agota. Son persistentes, recuerdo. Pero la incertidumbre agota. Y sienten como que tienen que seguir nadando para llegar a la orilla, pero no saben exactamente cuánto tardarán en llegar.

Hay tensión. Y es comprensible. El voltaje ha sido intenso. E ininterrumpido. Y todavía queda. Faltan emociones fuertes por llegar.

Es necesario que, en medio de todo esto se intente por todos los medios reconducir. Además es por responsabilidad. Porque hay personas en la cárcel, hay personas en el exilio. Multas, denuncias. Y han de resolverse. Acordar para que no haya más. Es imprescindible que la escalada termine y no haya una querella más, un detenido más, una sanción más.

Pero hablar no significa ceder. Porque hay una parte que está siendo brutalmente reprimida. Y a ella le corresponde aguantar ahora más que nunca. Con firmeza. Con la determinación que da la legitimidad. Sobre todo la de saberse apaleado, encerrado, perseguido, injustamente tratado. Y ahí radica además la importancia de dialogar. Porque viene a demostrar una vez más que los soberanistas catalanes no están dispuestos a construir un proyecto sin usar las armas específicas: diálogo, democracia y no violencia. Son las insignias de la revolución catalana. En el momento que deje de haber una de ellas, dejará de ser ejemplar.

Millones de personas que han abarrotado las calles durante años y que no han roto absolutamente nada. Gente que quiere ocuparse más de lo que le concierne a todos. Republicanos que han entendido bien que así es como se ha de gobernar: organizándose, trabajando y siendo perseverantes. Y eso solamente se consigue desde el diálogo, las herramientas democráticas y la no violencia.

Sánchez tiene que comerse otro marrón. Como Torra. Y es desfacer este entuerto. Los dos necesitan resolverlo. De hecho: su vida (política) depende fundamentalmente de ello. Tienen que hacer otras tantas mil cosas más, por supuesto. Pero lo que tienen entre manos Torra y Sánchez es, fundamentalmente, resolver la cuestión de la autodeterminación y la república. Y por si fuera poco, se han comprometido los dos a aplicarse con la Memoria Histórica. Son tres cosas que, precisamente, fueron las que durante la primera transición, todos prometieron que no tocarían: ni a la monarquía, ni a la unidad de España, ni al franquismo. Y así fue como se firmó la democracia de cartón piedra.

Quien osase a tocar alguno de esos pilares, no saldría en la foto. O lo que era peor: saldría en la foto absolutamente criminalizado.

Torra lo sabe. Y Sánchez también. Van a tener que pilotar la segunda transición de España. Esta que va a tener que resolver aquellos tres candados intocables. Puigdemont también y porque es consciente de lo que se ha de combatir, ha acudido al ámbito internacional para que ayuden a empujar en este parto.

Echanove ya hablaba para Évole en la Sexta: que es republicano. Que ya es hora de reformar la Constitución para que haya una España federal y republicana. Ya está. Federalismo, el de Batet (que en sus lecciones universitarias venía a explicar que el federalismo es exactamente igual que el autonomismo, pero con alguna competencia más); el de Podemos y el de Ciudadanos. Curiosamente todos ellos defendían esta reforma del territorio en todos sus programas electorales. Y la república: esa que Iglesias abanderaba en sus camisas, en sus editoriales de Fort Apache; esa república de la que Sánchez ha preferido no hablar cuando no tocaba e invocar cuando tenía que ganar primarias; esa república de la que Rivera intentó hablar en un momento y prefirió guardar para cuando sus colegas del Ibex se lo ordenaran. Y ahora toca.

Y en Cataluña lo saben. Como en Euskadi. Es ahora el momento de plantear. Sin titubeos.

No tienen claro quién se moverá antes. Quién frenará y quién saltará. Una declaración de independencia, tras ser rechazada su criminalización por la justicia internacional, podría suponer el detonante para que España intente reaccionar. O quizás sea España quien mueva ficha y plantee un proceso constituyente que trate de desinflar al independentismo republicano con una oferta gatopardista.

Suenan de nuevo los GAL. El 23F. El Valle de los Caídos. Los ducados de la familia de Franco. Suenan primeras sentencias por los bebés robados. Y vuelven a sonar las niñas de Alcasser.

Por eso Torra se mantiene firme en su exigencia del respeto al derecho de autodeterminación; por eso exige un referéndum pactado; exige la liberación de los presos políticos. Porque ha olido el miedo. Ha visto que España (los que la patrimonializan) está agonizando. Los que se revuelven, los que lanzan todo lo que tienen a mano para intentar salvarse están desesperados. No hay más que verles. Y Sánchez lo sabe. E incluso le interesaría también que cayeran. ¡Qué duda cabe!

Por eso los dos tienen prisa. Uno para intentar ganar unas elecciones y seguir vivo (políticamente). Otro porque ha asumido defender como sea la libertad de los suyos y que puedan vivir.

Y como es urgente, ya se sabe, hay que vestirse despacio. Como beber ratafía.

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