En octubre o tal vez en noviembre de 2021, coincidiendo con el principio del tercer gran confinamiento europeo, comenzará la guerra. Tal vez no sea un conflicto con cañones y fusiles como tantos que han asolado Europa, pero será una guerra. Las revueltas a causa de la escasez severa comenzarán en ciudades pobres como Nápoles, Cádiz o Évora y rápidamente se extenderán a los barrios más miserables de capitales como Madrid, Roma, Sofía, Timisoara o Atenas. En estos núcleos de pobreza, los saqueos, los robos, las ocupaciones y la formación de patrullas ciudadanas con armas de fuego serán frecuentes, así como las ejecuciones, asesinatos y violaciones porque las áreas a controlar por la policía y el ejército serán tan extensas y numerosas que no existirá forma humana de hacerlo e imperará la ley del más fuerte, que desconoce el significado de la palabra piedad. Los incendios serán devastadores ante la negativa de los bomberos a entrar en estos barrios. Como una forma de manifestar su odio, su inadaptación, su desesperanza y su desapego emocional, como una súplica de amor lanzada con ira y lágrimas a un cielo vacío de dioses, legiones furiosas y famélicas de niños y adolescentes practicarán el vandalismo, incendiando negocios y vehículos y destruyendo mobiliario urbano.

Una mezcla de traficantes, ciudadanos del este endurecidos en otros conflictos y mafias locales competirán por administrar el caos. Siempre hay alguien que se desenvuelve bien en medio de la desdicha general: esos seres capaces de entrar en la médula del mal sin sentirse repelidos. El miedo lo impregnará todo y, como mecanismo de defensa, provocará un aumento de la cohesión en cada grupo racial, así como de la desconfianza entre las diferentes minorías y razas. El sentido de pertenencia y la lealtad alcanzarán otro significado y se sellarán con sangre. No habrá murallas de piedras, pero crearemos otras más sólidas e infranqueables. Será entonces cuando se llegue a la completa anarquía en estos barrios, algunos de cuyos empobrecidos habitantes buscarán desplazarse a otros territorios creando nuevas bolsas de pobreza y nuevos conflictos. Serán los judíos del siglo XXI. Todo ello en mitad del único siglo que debería ser ya el siglo de la Luz, pero veremos un retorno a las tinieblas y al horror que creímos superado. Adriano no podía evitar que las lágrimas arrasasen sus ojos al ser llamado Príncipe de la Paz, pero siempre hay un Trajano queriendo levantar su columna, hecha de sangre y fuego, y siempre hay una Roma que abraza la crueldad con deleite inhumano.

En los guetos musulmanes en los que se ha impuesto el salafismo se aprovechará el desorden para ajustar cuentas con los disidentes, que serán principalmente mujeres occidentalizadas o no suficientemente musulmanas a ojos de los guardianes de la moral, que verán al fin cumplido su sueño de aplicar la sharía en suelo europeo sin leyes ni normas que limiten su barbarie. Los homosexuales y los nativos occidentales que aún vivan en los guetos también serán objetivo de los extremistas. Todos serán ejecutados públicamente a modo de escarmiento y nadie moverá un dedo para impedirlo. Esto ocurrirá por supuesto en Molenbeek (Bruselas), en Roubaix (norte de Francia), en Sparkbrook (Birmingham), en Rosengard (Malmoe) y en los guetos londinenses de Towers-Hamlet, East London y Newham. En todos estos lugares se generalizará el uso del burka, que las mujeres aterrorizadas no se atreverán ya a cuestionar, y los varones irán ataviados con la thawb, la túnica habitual que los hombres lucen en los países árabes. En la capital del Reino Unido se librará una guerra civil de indescriptible crueldad entre los partidarios de la secta musulmana india Yamaat Tabligh y los miembros del islamismo radical del Islamic Forum of Europe. Deliberadamente, las autoridades británicas permanecerán al margen y, por medio de rutas clandestinas, proporcionarán armas a ambos bandos.

En los degradados barrios del norte de Marsella, donde se respira ese olor a guerra fría y calma tensa entre los numerosísimos partidarios del Frente Nacional y los musulmanes de tercera y cuarta generación, tendrá lugar una guerra civil de intensidad media por el calibre menor de las armas utilizadas. En ocasiones, los miembros de uno y otro bando se enfrentarán a campo abierto y otras veces en forma de escaramuzas, pero habrá muertos y se contarán por decenas de miles.

Este mismo esquema se repetirá en Estocolmo donde, al menos desde 2015, se aplica la sharía ante la pasividad de las autoridades suecas. En este caso, las fuerzas ultraderechistas de Suecia encontrarán, en una policía absolutamente trufada de nazis desde los años ochenta, un aliado inesperado que se desempeñará con inusitada y precisa brutalidad.

La barbarie tendrá también su anhelado bautismo de fuego en Amberes, donde la ultraderecha deberá enfrentarse casa por casa, a la manera en que lucharon nazis y soviéticos en la defensa de Stalingrado, con los grupos y estructuras que aún perviven de Sharia4Belgium, un grupo islamista de captación de terroristas ya desmantelado, cuyos miembros que han retornado a Europa se han forjado a sangre y fuego en el infierno sirio, en Libia y en las filas de Al Qaeda en Yemen. La guerra tiene esa extraña propiedad de deshumanizar y devolver al ser humano a su estado más abyecto, por eso no eran ya nazis y soviéticos, sino arios y escitas enfrentados desde antes que Alberich ordenase la forja del anillo.

El Estado tendrá un papel protagónico en la guerra y promocionará acciones de sabotaje y terrorismo con el fin de agravar los enfrentamientos en determinados lugares donde existan grupúsculos indeseables para la propia pervivencia del “orden”. Grupúsculos que en tiempos de paz amenazaban o al menos cuestionaban la existencia misma del Estado. Estas acciones consistirán en la colocación de coches bomba y otros atentados de extraordinaria y terrible magnitud, principalmente contra mujeres, niños y ancianos. Todo esto enfurecerá y envilecerá aún más a una sociedad que sabrá encontrar culpables y que justificará la existencia de unas fuerzas armadas cada vez más represoras y brutales a las que apoyará sin fisuras. El miedo nos hará implorar protección y alzaremos la mirada hacia un Estado fuerte que nunca te amará como hijo, es decir, de forma incondicional, sino que lo hará en la medida en que seas como su implacable maquinaria desea. El Estado te querrá como guerrero o tal vez como trabajador esclavo, pero rara vez como ciudadano libre. Y así amarás tus cadenas como a ti mismo, si es que alguna vez te has amado.

Europa será militarizada y el estado de excepción será la norma, así como la anulación de casi todos los derechos fundamentales. El individuo experimentará un sentimiento de impotencia e insignificancia tal vez mayor que en ningún otro tiempo de nuestra trágica e inconclusa historia. No será necesaria la formación de una nueva inquisición porque la propia sociedad será inquisitiva, implacable y cruel. Y así tendréis al fin vuestro maldito anillo con el que gobernarnos a todos. Y lo destruiremos antes o después porque siempre dejáis alguna grieta en vuestros muros de maldad y de codicia. Pero no era necesario crear tantos miedos: estaban todos dentro de nosotros.

Será entonces cuando ese norte arrogante, elegante y pulcro en su apariencia, enriquecido con artimañas parecidas a las que sirvieron para ensalzar a Drake para mayor gloria de Inglaterra, entenderá que haber cerrado los ojos a la desigualdad dentro de sus fronteras también tenía un precio, que en tiempos de pandemia se paga en monedas de sangre. Paul Bowles hablaba de las leyendas árabes que relataban la existencia de un segundo cielo que está encima del que vemos y que esconde detrás la noche; que protege al que está debajo del horror de lo que hay arriba: el cielo protector. Pero nada nos arropará esta vez. El mal nunca descansa y se despliega con ímpetu arrollador y de forma inexorable, no importa que seas justo y que ames la verdad, también podrá alcanzarte. Nada ni nadie ha impedido nunca que reine sobre la tierra. 

Se escuchan ya tambores de guerra, como un leve murmullo que anuncia el final de una época que se ha prolongado siglos. Shiva ha permanecido en silencio durante los 75 años de destierro, como aceptando su destino, impasible y serena, y no se irá de Europa con las manos vacías. Aún no se ha declarado, ya lo sé, pero habrá guerra, será horrorosa y no habrá nada, más allá de nuestra bondad, que pueda protegernos.

También será el tiempo del amor y el heroísmo. Ninguna dictadura, ningún sistema por omnipotente y omnisciente que sea puede arrancarte tu esencia humana: tu piedad, tu empatía, tu sed de bondad y de justicia. Por eso no morirá jamás la palabra esperanza. Y todo eso también tendrá su protagonismo. Anónimo, puro, fiel y generoso, el amor se sembrará en la tierra árida y yerma, una vez más.

Apúntate a nuestra newsletter

Artículo anteriorTurismo patrio
Artículo siguienteTranspandemia
Nació en Gijón, aunque desde 1993 está afincado en Madrid. Es autor de Novela, Ensayo, Divulgación Científica y análisis político. Durante el año 2013 fue profesor de Historia de Asturias en la Universidad Estadual de Ceará, en Brasil. En la misma institución colaboró con el Centro de Estudios GE-Sartre, impartiendo varios seminarios junto a otros profesores. También fue representante cultural de España en el consulado de la ciudad brasileña de Fortaleza. Ha colaborado de forma habitual con la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón y con Transparencia Internacional. Ha dado numerosas conferencias sobre política y filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, en la Universidad UNIFORM de Fortaleza y en la Universidad UECE de la misma ciudad. En la actualidad, escribe de forma asidua en Diario16; en la revista CTXT, Contexto; en la revista de Divulgación Científica de la Universidad Autónoma, "Encuentros Multidisciplinares"; y en la revista de Historia, Historiadigital.es

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre