En los próximos meses vamos a ser testigos de una competición que va a medir las estrategias y estructuras políticas con las que enfrentamos el siglo XXI. El reto al cual nos estamos enfrentando va servir de espejo en el cual se van a reflejar modelos centralizados frente a federales, políticas liberales frente a conservadoras y progresistas, sistemas democráticos frente a totalitarios, desarrollados frente a países en desarrollo…  Y ante todo, nos va a hacer cuestionarnos el concepto de nosotros mismos y nuestros principios ético-morales, tanto sociales como individuales.

El virus mira a los ojos de cada uno de los ciudadanos del mundo y les pregunta: ¿Hasta qué punto te importa la vida de un 1% de la población? ¿Qué estás dispuesta a hacer?, ¿a qué estas preparado para renunciar, por la vida de los más vulnerables?

Y no es una cuestión de políticos, de dedos acusadores, de empresas buenas o malas. Esta crisis le interpela directamente a la ética y  principios de cada uno de nosotros.

Al mundo de la política y de la economía, esta crisis les va a preguntar sobre sus políticas y sus prioridades, así como sobre los principios y valores éticos que se esconden detrás de sus discursos.

Boris Johnson no ha podido ser más claro a ese respecto; pese a sus promesas de recuperar la maltrecha sanidad británica, en vez de apostar por una gran intervención para dotar y recuperar los servicios públicos,  les ha dicho a sus ciudadanos,  en un ejercicio de auténtico darwinismo social, que se preparen para perder a familiares y amigos. La economía manda, de momento.

La gran respuesta del gran país autoritario, la China Comunista – Capitalista, un país con 1,386 millones de habitantes, varios sistemas pero un único partido, ha pasado de ser el gran epicentro de la crisis biológica a la gran referencia en la lucha contra el virus. En unos meses, nos olvidamos del desastre de la gestión que ha propagado mundialmente el virus, foco de todas las críticas dentro y fuera de China, del control social absoluto, aislamiento, censura… China ha tenido éxito, y el éxito siempre aporta un plus de legitimidad a las políticas desarrolladas.

Entre un modelo y otro, todo el mundo intenta encontrar una forma de frenar el virus sin entrar en pánico. Desde la apuesta tecnológica coreana que lamina la privacidad, a las limitaciones de circulación europeas. Los países europeos han optado por procesos incrementales, a través de los cuales han ido implementando medidas conforme avanzaban los casos, siendo más o menos cuestionados por sus tiempos de aplicación.

En España se anuló el 17 de febrero, antes de que apareciese ningún positivo en España, el Mobile World Congress entre teorías conspiranoicas sobre el represalias al Gobierno de España por parte de Estados Unidos. Desde el día 23 de febrero se han ido aumentando paulatinamente las medidas, que han ido desde el incremento de la sensibilidad de detección de casos a través del sistema de salud y  recomendaciones de aislamiento para quien tuviera síntomas, hasta el Decreto de Emergencia.

El objetivo, que la enfermedad no colapse los sistemas sanitarios europeos, resentidos en el sur por una década de recortes de inversión pública. En 2019 España destinó 73.079,6 millones de gasto público sanitario (el 6,27% del P.I.B.) mientras que en el 2009 la inversión era 73.081.2 millones (el 6,77%), habiendo tardado 10 años en recuperar los niveles de gasto en salud. Una situación que vemos también en Italia (110.559 millones en 2009, 110.556 millones en 2014) sin haber recuperado el porcentaje el  PIB de 2009, Grecia (15.412 millones en 2009, apenas 8.733 millones en 2018) o Portugal (12.119 millones en 2009, el 6,91%, 12.192 en 2018, el 6%). Mientras, el norte de Europa ha seguido manteniendo e incluso incrementando sus niveles de inversión sanitaria.

Cuando todo esto termine, podremos evaluar los resultados tanto de las medidas que tomemos como de las consecuencias de las políticas de estos diez últimos años, porque de un día a otro es complicado inventarnos un nuevo sistema sanitario para hacer frente a esta crisis (como va a intentar Trump, después de haber desmontado los tímidos pasos dados por la administración Obama en Estados Unidos). Y también, podremos evaluarnos a cada uno de nosotros, evaluar cuán responsables hemos sido, qué hemos hecho con nuestros compañeros, clientes, trabajadores, vecinos, familiares… El virus va a ser una gran evaluación general de nuestra ética y valores personales y colectivos, así como un primer test global ante las amenazas biológicas de las que llevan años avisando los expertos. Una primera prueba de sistemas, porque podemos estar seguros de una cosa, este COVID-19 no será el último reto biológico al que nos enfrentemos. Esperemos que esta vez podamos sacar lecciones de la experiencia.

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