El síntoma es la pandemia, pero la enfermedad es otra muy distinta que tiene que ver con la pobreza, la miseria, el hambre, la falta de higiene y de unas mínimas condiciones para llevar una vida digna. En definitiva, globalización descontrolada, superpoblación, desigualdad. La plaga es el vómito negro de una gigantesca parte de la población mundial que vive peor que nuestros ancestros del Paleolítico. Aquellos al menos tenían agua limpia y cristalina que beber; aire puro que respirar; carne natural y de buena calidad que comer. De nada de eso disponen los africanos de las regiones más pobres que sobreviven con menos de un dólar al día y que hurgan entre montañas de basura en busca de comida; ni los asiáticos que pescan en aguas contaminadas llenas de detritus y sustancias químicas. Las misérrimas condiciones de vida que soportan más de 1.300 millones de pobres en el mundo (la mitad de ellos niños), son los vectores de transmisión perfectos para la aparición de nuevos virus, que en ese inframundo fecal, en ese caldo de cultivo perfecto que es el planeta subdesarrollado, chapotean libremente y se hacen cada vez más fuertes y resistentes.

La teoría de que la pandemia de coronavirus puede tener mucho que ver con la falta de comida e higiene no es una mera intuición; se desprende de lo que dice la mayoría de los informes elaborados por organismos prestigiosos como la Organización Mundial de la Salud (OMS). En los últimos años han aparecido gérmenes de una virulencia y rapidez de propagación solo comparables a la peste negra, la enfermedad producida por la bacteria yersinia pestis que desencadenó la pandemia más mortífera de la historia de la humanidad. Entre 1347 y 1353, la yersinia segó la vida de 25 millones de personas solo en Europa, aunque nuevos estudios científicos aseguran ahora que esas cifras barajadas por los historiadores siempre han sido demasiado optimistas. Al igual que el covid-19 que hasta donde se sabe parece haber saltado al hombre desde algún animal, probablemente un murciélago o un pangolín− en la Edad Media la peste bubónica se propagó principalmente por la picadura de pulgas infectadas que habitaban en los roedores, generalmente ratas. Fue así como se cree que la enfermedad llegó a Europa desde Asia: a bordo de barcos que realizaban largas travesías comerciales en las que sus marineros resultaban letalmente contagiados por los insectos y la falta de higiene. Tras entrar por el puerto de Mesina (una vez más, Italia) la voraz bacteria extendió su rastro de muerte y terror por todo el continente europeo durante más de seis años.

Hoy organismos prestigiosos como la OMS creen que el consumo de la carne de animal silvestre pudo ser el origen de los últimos brotes de ébola, otro de los agentes patógenos más letales que se conocen. Detectado por primera vez en regiones pobres de África, se sabe que los primeros humanos que la contrajeron en 1976 formaban parte de una familia que cazaba murciélagos, grandes portadores del filoviridae, el virus causante de una terrible fiebre que empieza con dolor de cabeza y de garganta y termina con dolor abdominal, diarrea, vómitos, hemorragias internas y externas, insuficiencia orgánica y a menudo la muerte, ya que la tasa de fallecimientos a causa del ébola es próxima al 50 por ciento. Se ha rastreado el origen del mal hasta llegar a un niño de 2 años de la aldea de Gueckedou, en el sureste de Guinea, un área donde es frecuente cazar quirópteros para comérselos. El menor, llamado Niño Cero, murió el 6 de diciembre de 2013. A preguntas de los médicos, su familia confesó haber cazado dos especies de murciélago portadoras del virus del ébola.

El mayor brote de esta enfermedad que causó 11.300 muertos según cifras oficiales (pudieron ser muchos más, dado que los países afectados son estados fallidos con una sanidad precaria y que adolecen de total falta de transparencia) tuvo lugar entre 2014 y 2016. Se da por hecho que tras originarse en Guinea se extendió posteriormente a países como Liberia, Sierra Leona, Nigeria, Senegal y Malí. ¿Pero es posible que el consumo de esa carne, popular en gran parte de África, fuera responsable de la terrorífica epidemia? La OMS ha estudiado exhaustivamente el episodio y ha llegado a la conclusión, con datos empíricos, de que ese fue el mecanismo de propagación, de modo que en su día aconsejó “reducir el riesgo de transmisión de animales salvajes al ser humano a consecuencia del contacto con murciélagos de la fruta o monos o simios infectados y el consumo de su carne cruda. Deben utilizarse guantes y otras prendas protectoras apropiadas para manipular animales. Sus productos (sangre y carne) deben estar bien cocidos antes de consumirlos”. Lógicamente, se da por hecho que esta carne es consumida en buena medida cuando no hay otra cosa mejor que llevarse a la boca.

También el origen del sida está asociado, de alguna manera, a comportamientos alimentarios silvestres y primitivos. Aunque nadie conoce con certeza cómo el VIH saltó de los animales al ser humano, los expertos creen que lo más probable es que el virus se trasmitiese hacia 1930, al entrar en contacto la sangre infectada de algunos simios con heridas y cortes que los hombres sufrían durante sus cacerías de primates. La hipótesis es que los habitantes de las selvas tropicales pudieron infectarse por primera vez con una cepa del virus de la inmunodeficiencia de los simios (SIV, en sus siglas en inglés), que se considera el antecesor del VIH. La globalización, el desarrollo del transporte y las comunicaciones y los intercambios sociales y sexuales entre comunidades antes alejadas entre sí hicieron que el mal se propagara por el resto del mundo.

Los estudios incipientes sobre el covid-19, el germen que ha causado un verdadero apocalipsis mundial, confirman que detrás de la pandemia, una vez más, hay un origen animal y unas prácticas poco higiénicas o saludables derivadas de las nefastas condiciones de vida que soportan cientos de millones de personas. En este caso el sospechoso del genocidio es el pangolín, un mamífero de grandes escamas que habita en las zonas tropicales de Asia y África. En los últimos días, un equipo de investigadores de la Universidad de Hong Kong ha analizado muestras de coronavirus en un pequeño grupo de pangolines malayos que llegaron a China de contrabando y ha llegado a la conclusión de que estos ejemplares comparten un elevado grado de similitud genética con el covid-19. Y si es así, si está científicamente comprobado que consumir animales silvestres en mal estado es tremendamente arriesgado, ¿por qué tanta gente sigue ese tipo de dieta extraña que puede desencadenar en una brutal pandemia? ¿Es simple costumbre ancestral o los condicionantes económicos pesan demasiado? La cuestión, una vez más, es de pura lógica: cuando no hay nada con lo que alimentarse, un murciélago, una rata o un pangolín es una cena suculenta. Que se lo vayan pensando esas 100 familias ricas que controlan el 80 por ciento de la riqueza del planeta. Porque más tarde o más temprano la injusticia se revolverá contra ellas en forma de virus.

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