Corría el año 1980 cuando un jovencísimo policía de nombre José Manuel Villarejo Pérez, en aquellos tiempos secretario de coordinación del Sindicato Profesional del Cuerpo Superior (SPCSP), defendía con vehemencia, en las páginas de un conocido diario nacional, la huelga de celo a la que habían sido llamados miles de agentes en toda España. Pocos en su comisaría de distrito de Madrid podían sospechar entonces que aquel hombre afable con pinta de sindicalista comprometido, aquel honrado guardián de los derechos de los trabajadores, del orden y la ley, estaba llamado a ser el policía más famoso, enfangado y temido por la clase política, judicial, empresarial y periodística de España (con permiso de otros que tuvieron su momento de gloria antes que él como Amedo y Domínguez en los años de la guerra sucia y de los GAL).

Tampoco la felina Grace Jones, aquella cantante negra y estilizada de peinado ultragaláctico y vestuario andrógino, podía ni siquiera imaginar que el policía cuyas rodillas frotaba mientras bailaba sensualmente aquella calurosa noche de julio de 1981 –durante el programa Esta noche de Fernando García Tola presentado por Carmen Maura–, iba a ser el afamado Villarejo de hoy, el comisario peligroso y fuera de control, el dueño y señor de las cloacas del Estado capaz de arruinar la vida a los personajes más poderosos del país. Y efectivamente, casi cuarenta años después de aquel dirty dancing de la Jones que sacó los colores a Villarejo en un plató de televisión, el comisario ha estado a punto de cargarse una monarquía, un Gobierno y hasta el Estado mismo con sus comprometedoras grabaciones de audio, cientos y cientos de cintas y discos duros obtenidos sin autorización judicial en los que se airean los pecados, los vicios y corruptelas de la clase dirigente de nuestro país.

Todo ese material de alto voltaje (se dice que puede haber hasta 40 terabytes de información depositados a buen recaudo en una caja de seguridad de un banco extranjero) fue celosamente almacenado por Villarejo durante décadas, hasta que hoy −tras verse acorralado por la Justicia por sus turbios negocios que han hecho de él un hombre rico−, ha decidido detonar las bombas una a una, provocando el pánico en la clase política española. Nadie que haya estado cinco minutos a solas con Villarejo en el último cuarto de siglo puede sentirse a salvo. Nadie que haya compartido un café con él para tratar sobre asuntos de Estado o simplemente para charlar y soltarle alguna que otra confidencia personal escabrosa o broma subida de tono puede asegurar que su nombre no vaya a verse involucrado en un nuevo escándalo en los próximos días.

En aquel programa de Carmen Maura el periodista Jesús de las Heras preguntó a Villarejo sobre el más que dudoso papel que el Cuerpo Nacional de Policía había jugado durante el golpe de Estado del 23F. Era conocido el talante facha de algunos mandos de ese cuerpo policial, como quedó sobradamente demostrado con la tardía condena que hicieron del tejerazo. Pese a todo, Villarejo decidió salir en defensa de sus jefes en Esta noche: “Es el cuerpo que más ha asumido el proceso democrático”, aseguró con rotundidad, tras lo cual añadió que los responsables de las distintas Jefaturas eran “apartidistas y apolíticos”. Con ese lavado de cara de la Policía en riguroso directo, Villarejo se ganó la confianza de algunos altos mandos, al tiempo que demostró que le iba la marcha, que no le hacía ascos a los líos y enredos políticos y que estaba llamado a empresas mucho más altas que patrullar por la noche la ciudad. Sin embargo, pese a su fulgurante estreno en televisión que le reportó notoriedad, buena parte de su fructífera actividad comercial la ha llevado a cabo en la sombra, en la clandestinidad, lejos de los focos. Pero vayamos por partes…

José Manuel Villarejo nació en El Carpio (Córdoba) el 3 de agosto de 1951. En Wikipedia figura como “empresario y excomisario ya retirado”, lo que denota que su faceta de fiel funcionario de policía ya no se entiende sin su perfil de hombre de negocios. En el currículum profesional que ha puesto en manos de los jueces encargados de investigarlo asegura que ingresó en el Cuerpo Nacional de Policía en el año 1972 y que participó activamente en la lucha contra ETA, FRAP y GRAPO, concretamente en la Comisaría Provincial de Guipúzcoa. Nadie ha podido confirmar ese dato de su misteriosa biografía y agentes que estuvieron destinados en el País Vasco durante esos años aseguran que no lo conocen de nada. En cualquier caso, los años del plomo le reportan la Cruz al Mérito Policial con distintivo blanco. Quizá sea ese el momento crucial de su carrera, cuando le da por pensar que jugarse el pellejo por un trozo de latón es cosa de tontos patriotas perdedores y decide aspirar a algo más. Básicamente a hacerse rico. En el año 1983 ha vuelto a Madrid, pero no para seguir en la primera línea de combate en la lucha antiterrorista sino para emprender empresas muy diferentes (y nunca mejor dicho lo de empresas). En ese momento Villarejo es ya otro hombre. Nuevos tiempos, nuevas mentalidades, nuevas metas. Es cuando decide solicitar la excedencia de la Policía y dedicarse de lleno a la actividad empresarial. Trabaja como detective privado para la Iglesia de la Cienciología y fabrica dosieres sobre el banquero Mario Conde y el fiasco de Banesto.

Con los beneficios que va obteniendo por sus “servicios de gestión de crisis en el ámbito judicial y policial” −un eufemismo para esconder lo que no deja de ser un chiringuito para hurgar en la vida de los demás y sacarles los trapos sucios a golpe de talonario−, monta una oficina en el número 1 de la Torre Picasso de Madrid y algunas sucursales en Boadilla del Monte, Córdoba y Málaga. Sus negocios como empresario son variados, casi siempre asuntos relacionados con el trabajo de detective privado y cuestiones legales. Y siempre la investigación o el servicio de inteligencia como telón de fondo, siempre escudriñando en la vida privada de los demás. Cuanto más elevada es la posición social o el puesto del investigado mayor es la comisión. Villarejo acepta trabajos de todo tipo, desde encargos de personas anónimas hasta asuntos solicitados por instituciones públicas y empresas privadas. Y no le va mal, tanto es así que hay quien jura haberlo visto al volante de un flamante Porsche por el centro de Madrid. En el año 1990 se codea con gente tan influyente que incluso se permite el lujo de hacer un cameo en el mundo del cine, concretamente en la película Aquí huele a muerto, dirigida por Álvaro Sáez de Heredia con Martes y Trece de protagonistas, donde el policía encarna nada más y nada menos que al monstruo de Frankenstein, según han publicado algunos periódicos en los últimos meses. En realidad, quizá ese film no sea más que una premonición del personaje siniestro en que se está convirtiendo.

Hacia 1993 –fecha en que Villarejo se reincorpora como agente operativo a la Secretaría de Estado de Interior− lleva una vida tan intensa en el mundo de los negocios que para sí la quisiera el mismísimo Mario Conde, el gran gurú de las finanzas idolatrado en aquellos años. Participa en hasta 46 sociedades en cuatro países distintos (España, Uruguay, Estados Unidos y Panamá) y llega a manejar un capital social de 16 millones de euros –tal como publica El País– todo un imperio para un modesto policía que presuntamente empezó comiéndose marrones en el norte durante los tiempos difíciles de la lucha contra ETA.

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