Era un milagro, era imposible. Y además Charles Leclerc no se iba a dejar pasar de ninguna manera. Estamos en el Gran Premio de Austria 2019. El año pasado consiguió ganarlo Max Verstappen para su equipo. Pero esta vez era imposible, los Ferrari estaban fuertísimos, y para colmo de males Verstappen hizo una salida lamentable cayendo hasta la séptima posición.

Y quizá fue eso. Esa sensación de que ya no tenía nada que perder pues todo estaba perdido. Y si reventaba el maldito motor Honda daba igual: más de veinte años sin ganar una carrera de F1 el pobre y esforzado motor Honda.

Todo daba igual, y el coche iba bien, podía pasar un buen rato haciendo de Mad Max, pilotando, siendo salvaje, salvaje como un animal rodeado de normas absurdas y excesivas demasiadas veces. Y empezó a adelantar. A Bottas, a Hamilton mientras estaba el británico en boxes, a su largo y correoso rival Vettel en la pista…

¡Adelantar a Vettel! El RedBull podía adelantar a un Ferrari, el motor Honda podía adelantar a un motor Ferrari. Y si podía adelantar a uno, ¿por qué no iba a poder adelantar a dos?

Max Verstappen está en pista y no piensa sólo conduce y corre: es el diablo y todo le da igual, o no le da igual, pero quiere ganar porque es imposible pero a la vez sí le parece posible. Y entonces le mete el coche al joven piloto de Ferrari salvajemente -tigre tigre- y Leclerc es menos salvaje que él. Si se lo hubieran hecho a él, a Mad Max, los dos coches se habrían quedado fuera de carrera: mejor quemarse que agachar la cabeza, como cantaba Neil Young.

Y los comisarios no tienen huevos para freír y mojar pan: ¡que se queden con hambre esta vez! La Ferrari, sí claro, es la Ferrari, que parece alguien la ha echado una maldición; habría que ayudarla.. La Ferrari se lo merecía y Leclerc se lo merecía, pero los comisarios no tienen valor suficiente para cerrarle la puerta al motor Honda, obligar a regresar a los ojos las lágrimas de Masashi Yamamoto; y no hay reclamaciones que valgan.

Max Verstappen consigue el milagro y esta vez no le atan a un árbol por ser un animal salvaje. Pero no es sólo él. Adrian Newey, El Mago, había estado todo el fin de semana sobrevolando el Ring, preparando conjuros y emplastos y magias varias. Y al final sí: Max Verstappen y RedBull y Marko y Christian Horner, y toda la afición vestida de naranja y borracha de alegría.

La Fórmula1 está herida, como deporte y como espectáculo, pero hoy ha vuelto a ser un día grande. Grande el espectáculo. Grande la lucha. Grande Max.

Bravo bravo y tigre tigre.

Sebastian Vettel, la senda del perdedor

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