Para nuestra historia contemporánea hay pocos autores españoles. Si nos situamos en la guerra impropiamente llamada civil (1936-1939) la historiografía se plaga de escritores foráneos entre los que destacan los angloparlantes. Como en dicha contienda hay bandos, y parecen aliados para justificarse entre sí.

La derecha tiene al prolífico Stanley G. Payne; ‘en casa’ se alinea el desaparecido Ricardo de la Cierva o el General Salas Larrazábal, reputado estudioso del fratricidio. Ayuda al empeño el revisionista Pío Moa, que fue pistolero del GRAPO nada menos y reformula todo sin demasiado recato; la izquierda, con matices, tiene a Preston, Thomas, Carr…

Paul Preston sobresale porque no es mudo, es promiscuo con la pluma y da que comentar por sus fuentes, coherencia y vaivenes. El fallecido Javier Tusell le cuestionaba, pero su biografía de Franco (personaje que registra casi sesenta estudios biográficos) y sobre el ahora ‘Rey emérito’ Juan Carlos I han desatado más bandos y las envidias por las ventas que alcanza pues –además– es best seller.

Preston es doctor en Historia por la Universidad de Oxford, directivo del reputado London School of Economics, laureado por el Mérito Civil y Cruz de Isabel la Católica. También lo premió el catalanismo más supremacista, el que jalea el fracasado y extorsivo ‘procés’ tras fragmentar dicho territorio ente las ‘tres Españas’ sobre las que también dictamina Preston con poca fortuna. Las ‘dos Españas’ de Machado parecen superadas.

Leímos, con suma atención, sus estudios sobre la guerra en sí, el holocausto patrio, las venganzas, las revoluciones silentes en obras extensas, documentadas y con densas referencias bibliográficas. La radiografía que publicó Preston sobre Santiago Carrillo (Zorro Rojo, 2013) iluminó bastantes sombras del personaje, que no fueron pocas.

Carrillo reptó en la URSS, ante el ‘conducator’ Ceaucescu e inventó el eurocomunismo para sobrevivir en su dorado exilio parisino. Tapó las fechorías pacificando el ‘orden público’ de 1936, el que vació checas en Paracuellos.

Al PSOE le ‘fichó’ sus cachorros de las Juventudes Socialistas Unificadas para alinearlas al PCE más soviético. Su habilidad le juntó a Suárez con rojigualdas ‘transicionando’. Pero resultó, según Preston, imperdonable que delatara a camaradas ‘disidentes’ ante esbirros franquistas que los condujeron rápido al paredón. Preston retrató la cara ‘b’ de Carrillo. Y todos mudos.

La venganza de la política

La colección Atalaya de Editorial Península compila, en 2020, bajo el título ‘La política de la venganza’ un volumen que reúne textos, conferencias y artículos de Preston con denominador común: fascistas y militares destrozaron el siglo XX español. El libro es una reedición de textos ya publicados años atrás aunque tal volumen se actualiza con estudios más o menos rigurosos sobre la tesis que defiende Preston.

La polémica, lugares comunes y otros brindis al sol sobre la sangre, cunetas o paredones que resucitan o concitan los historiadores del fratricidio español de los treinta del pasado siglo sobre Preston está servida con esta obra. Constatamos, en el índice del volumen, que esta antología de textos no aporta nada desconocido del citado autor. Al cabo, reitera la tesis que escribieron sobre el siglo XX español, pero con la óptica de alguien nacido en Liverpool, de Chaves Nogales, Unamuno o Gerald Brenan. Tales enfoques neutrales, que dan varapalos a los dos bandos, son apreciables.

Lo que escribieron personajes que vivieron en primera persona la dictadura de Primo, Segunda República y la guerra incivil no aporta mucho, la mayoría se exculpa en autobiografías demasiado subjetivas. Alcalá-Zamora, Prieto, Largo Caballero y Gil Robles, por ejemplo, dan fe de ello. Estudios sobre Durruti, Nin, Pasionaria, José Antonio, Franco y otros jefes militares de ambos bandos barren ‘para casa’ del personaje en clave hagiográfica.

Queda claro en la obra de Preston que comentamos que el declive militar español comienza en 1820 y se colmata en 1898 cuando se sustancia la entrega de los restos coloniales (Puerto Rico, Cuba, Filipinas…).

El remate vino con la carnicería que sufrieron las tropas españolas en el Protectorado marroquí por los rifeños. La palió, en parte, el general Primo de Rivera en Alhucemas (1925) con la nunca bien ponderada ayuda de militares franceses. No bastaron los recién estrenados legionarios ni las fuerzas mixtas de Regulares para taponar una sangría que se minimizó hasta en el Palacio Real con el mismísimo Alfonso XIII llamando ‘gallinas’ a nuestros soldados.

Pronostica en su obra que la venganza es una constante, más o menos silente, entre fascistas y militares para recuperar sus supuestos derechos sobre la ‘masa’

La Segunda República del primer Azaña puso firmes a los ‘africanistas’ que trepaban relatando supuestas heroicidades bélicas para laurearse, cerrando la Academia zaragozana y endilgando ‘cesantías’ a los más golpistas contra la democracia. Pero la fidelidad militar republicana tembló con terratenientes, clérigos, falangistas, monárquicos y quienes se sentían alejados del escalafón ascendente. Esa fue una realidad que casi nadie acepta.

Preston acierta cuando pronostica en su obra que la venganza es una constante, más o menos silente, entre fascistas y militares para recuperar sus supuestos derechos sobre la ‘masa’, como los uniformados tildan en su literatura a la población civil, a la ciudadanía.

Las piezas de Preston en la obra que comentamos acentúan algo poco estudiado y singularizado sobre los militares. La ideología personal de sus mandos ha influido negativamente en la disciplina castrense. Hay más ‘bandos’, pues, entre los propios militares. Un dato: a muchos les asustaba la democracia tras morir Franco; otros luchaban por ella. La UMD fue un testimonio valiente de una realidad que se sentó en el banquillo y pagó muy cara esa militancia. La obra de Preston debe servir para que no se repitan errores del pasado y poner el valor los aciertos del presente.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here