A veces veo fantasmas… ¿Es cosa mía o todo un exsecretario general del Partido Socialista ha confesado ser coaccionado por el grupo editorial español por excelencia y algunas de las empresas más importantes para imponer un Gobierno? Me ha parecido verlo, porque he puesto a la mañana siguiente la radio antes de ir a trabajar y ni han citado la entrevista de la confesión, y he leído los titulares de los periódicos y aquí nadie ha visto nada… Veo fantasmas.

Me consume la indignación. Porque yo ya no sé qué puede ocurrir para que despertemos de este sueño dogmático… cualquier mañana va a aparecer una diputada muerta… va a haber una quema de libros… un etiquetado de personas… y la cobardía vestida de ignorancia nos va a justificar cualquier cosa… y entonces no tendrá remedio. Esa cara de gilipuertas que ponemos para cambiar de tema porque no nos interesa nos va a llevar, irremediablemente, a la violencia; porque la idea repugna, la Cultura ha sido sustituida por la pizza congelada, porque la comodidad de no pensar y no ver nos están anestesiando hasta el extremo de entregar en sacrificio a las generaciones venideras, nuestras hijas e hijos, sin mover un puto dedo.

Hay miedo y no es cómo en las películas, (aquí) nadie nos está pegando ni torturando, ese miedo sería muy evidente; hay miedo a expresar, a exponerse, a perder la comodidad estupidizante en la que nos refocilamos, a denunciar lo que está ocurriendo… No denunciamos cómo se está haciendo desaparecer el pensamiento y la actividad que no sean los que generan beneficios económicos a la clase que posee para invertir, y lo sabemos, y eso no es ir contra el sistema. La denuncia es a personas concretas, empresas, partidos, grupos de presión… no es contra el sistema económico, no es contra los poderes reconocidos por las leyes, no es contra las instituciones democráticas, no es contra el Gobierno como tal ni la política, es contra el uso torticero de las instituciones y contra las personas que están aprovechando ese hueco cándido de la libertad para imponer su egoísmo más vergonzante e inmaduro… No es aspirar a cambiar el mundo, es querer cambiarte a ti: ladrón peligroso, no es contra la derecha o la izquierda sino contra el consevadurismo radical y ramplón que elimina la vida en la sociedad en pos de una estabilidad infantil que no existe más que en la mente de los majaderos.

Itero, yo no quiero cambiar nada, sólo quiero mantener la libertad, las ideas, un modo de vida que genere oportunidades para cualquiera, unas leyes que protejan a los débiles de los abusones (que decía Marvin Harris) y un marco para una vida digna, que puede ser y debería ser; sobran riquezas y medios en la Tierra para ello, ¿por qué una parte importante de sus habitantes, animales y vegetales y minerales, han de sacrificar sus entrañas para la molicie de un tarado? Porque es sólo eso, la riqueza extrema de unos cuantos degenerados, y nada más, aunque se disfrace de seriedad-clase-alta”, “Old style” (que decía David Hume); hay que amortiguar el impacto de la riqueza, no el de la pobreza.

Me molesta este silencio tonante, creo recordar que Semprún (efímero ministro socialista) describía la impresión terrorífica que le produjo salir del campo de exterminio para entrar en la ciudad de Goethe, indiferente a las atrocidades, a la ceniza llovida y al olor a carne humana achicharrada. No soy alarmista, simplemente creo una obligación ética de quienes nos paramos a pensar las cosas la de advertir estas posibilidades. Es muy emotivo citar aquello que ya no sé si es de Brecht o de Marx (Groucho), lo del tontaina que veía cómo iban viniendo a por todos y se callaba y el último era él; estoy cansado, empero, de señoras y señores que entienden de lo que no comprenden (es otra cita oída en la radio), éste es el resultado de esta culturilla pseudointelectual barata que ha gastado más tiempo en elucubrar para justificar los derechos de autor, creyéndose la dignidad inmarcesible del Arte cuando le ha interesado, y cuando no: entretenimiento por el que hay que pagar religiosamente. El compromiso, qué poco frecuente en nuestros inteletuales de “photocall”, y no me refiero a causas solidarias sino a la reflexión consecuente (y arriesgada).

Están hablando de odio quienes lo generan; no soy partidario de las malas formas, prefiero la ironía y la sutileza, sin embargo cuando se trata de la verdad a veces duele mucho oír lo que no se quiere oír; se abre una etapa en la que el Parlamento, Vetustas Señorías, va a reflejar el lenguaje y la opinión de la chusma, dense una vuelta por un bar. Esta mañana, en una conversación casual en mitad de la calle del pueblo en el que vivo, una mujer hablaba de su padre socialista y los cinco años que pasó en el Penal del Puerto por motivos políticos, lamentándose de cómo se había confabulado todo para que gobernara Rajoy; vale que ganen, que a diferencia de Alemania aquí se pueda hacer y decir todo tipo de barbaridades profranquistas, ¿pero ya no queda esperanza de plantear alternativa alguna sin que parezca uno antiespañol? ¿Se han apropiado de España?

Con este golpe de mano, hemos regalado parte de nuestra dignidad constitucional; con nuestro silencio les damos carta de amparo para que justifiquen nuestra entrega como pueblo, como trabajadores… silencio de fútbol, de toros, de procesión, de lupanar barato, criadas y mozos de hotel, silencio de fracaso, quiebra postindustrial… por mucho alcohol y alcaloides con que reguemos esta paz de conquista.

Nadie me malinterprete. No es ir a las calles mi propuesta, eso no sirve, cuidado con los incendios; a lo que temen es al conocimiento, a la crítica, a un pueblo que sepa y no se refugie en una mudez puritana. Aguantar democráticamente y darles esa lección y después botar, botarlos a la puta calle, para ellos entera, lo mismo no les aplicamos su “ley mordaza”.

 

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