Como otros de mi generación mostré mi sentimiento hacia todo lo europeo, el viejo continente fue para nosotros la Europa soñada a la que aspirábamos, principio de civilización ejemplar, Democracia de manual, de libertades y de futuro. Reflejo de la Atenas sublime, la de los mitos, la música, la filosofía, el arte y la cultura. Culmen de la Ilustración, del Racionalismo, de un Voltaire y Rousseau, que no podíamos leer. Entonces, todo pasaba lejos, mientras tanto en este rincón europeo, separado del resto por la barrera infranqueable de los Pirineos, te podían meter entre barrotes por pensar.

Cualquier expediente de un sospechoso de rojo tenía como delito el de tener “ideas avanzadas”, brujas, rosarios a las seis de la mañana, sin música y confinado durante la Semana Santa, rezo y “Cara al sol» a la entrada del colegio. Fueron veinte años de hambre y de miseria impuesta por la Autarquía, un tiempo no recobrado volviéndole la espalda a una Europa que tampoco miraba al sur por no mezclarse con los amigos del Fascismo y de los Nazis. Hoy entiendo que habíamos idealizado Europa, pero, ¿hemos cambiado nosotros o Europa no era el cándido personaje que adorábamos? Nos queda la duda y sólo la certeza convertida en estética clásica. Aunque la otra Europa, la real, la reflejada en el Bósforo mirando hacia Occidente hasta la costa de la muerte y el cabo de San Vicente, esa sí que es material y que también se intenta mitificar ahora, pero la Europa real tiene una historia en demasiadas ocasiones terrible y sangrienta.

Entre otras miles de cosas leemos que la “idea de Europa”, bajo mando único, es una idea de siglos, y que entre otros visionarios por conseguirlo estuvo en el proyecto vital de Carlos de Habsburgo, un rey emperador por parte de padre. Fueron tiempos difíciles en los que las guerras, llamadas de religión, asolaron las vastas llanuras europeas sembrándolas de rojos presagios de muerte y desolación, con el claro propósito de exterminar el pensamiento luterano y calvinista para imponer la Contrarreforma católica. Para esa misión ejércitos liberadores contra el protestantismo derrocharon miles de kilos de oro y plata sacados de las entrañas de un Nuevo Mundo extenuado por el genocidio colonial. Fue el primer fracaso y la crisis de un imperio Hispánico incapaz de levantar cabeza.

Se pueden recordar otras atrocidades cometidas por una frontera común entre francos y germanos en la que Alsacia y Lorena pasaba de un lado a otro, según la fuerza del ejército de cada bando. Preciso no olvidar las ideas reformistas de un liberalismo diluido entre el armiño imperial, de un Napoleón alejado de la guillotina antinobiliaria, hasta dejar sus botas y millones de muertos en el hielo estepario. La idea europea ha seguido avanzando, y pese que en el siglo XX se tenía la certeza de que todas las guerras son guerras de clase, a principio y mediados de siglo, los europeos se ensalzaron en el mayor fratricidio conocido hasta nuestro tiempo. De la primera guerra, siempre recordaremos la película, obra maestra de Mario Monicelli, “La gran guerra” que nos sigue estremeciendo. Nuevos intentos de constituir para el continente europeo un mando único, ya sea por el Káiser o por el Führer.

La primera guerra mundial eliminó los imperios obsoletos europeos, la segunda nos ha dejado el poder americano salpicando los solares patrios de bases militares. Pese a todo lo anterior, la idea europea ha seguido hasta nuestros días, aunque al correr el tiempo aquel primitivo pensamiento que, incluso tuvo su expresión romántica en la lucha de Lord Byron, y otros poetas de su entorno por salvar a la antigua Grecia de manos otomanas. Digo que, sin tiempo para la lírica, cuando se retoma el pensamiento de unificación europeo como pueblo, como cultura o destino, el capitalismo no tenía tiempo para romances, así que primero estaban los mercados y los mercaderes.

Lo vimos de tal modo que, la idea europea ya no era un “corral de vecinos” bien avenidos, no era un acuerdo solidario entre iguales, no era, en fin, una comunidad de pueblos entre pueblos. En España, muerto el dictador, fue la oportunidad de sentarse en el casino de los victoriosos, así que la mayoría de nuestra clase política doblegó la cerviz. Unos porque estaban de acuerdo en igualarse, por fin, con los que representaban el capitalismo internacional moderno, otros demostrando su europeísmo, su pago y agradecimiento por las ayudas recibidas de los europeos centrales y, otros, porque arrastrados por los acontecimientos no podían quedarse aislados temiendo un futuro bastante incierto. Estos últimos,para estar a la altura, escondieron sus símbolos ofreciendo así un aspecto más suave de acuerdo con la nueva situación que se avecinaba.

Ahora, a toro pasado, los acontecimientos han puesto a cada uno en su sitio, recordemos que la “idea de Europa” nos prometía unirnos a unos vecinos del norte, si no iguales, dispuestos a ello. En cambio, encontramos vecinos que miran hacia el sur como miraría un terrateniente con cosechadora a los vecinos pobres que siguen segando el trigo a golpe de hoz. Llevamos muchos años en una comunidad donde hay pisos en los que cabrían una buena parte de las buhardillas superiores de tal forma que cuando se estropea una cañería los vecinos ricos culpan a los vecinos pobres de los desastres y de la mala circulación del agua, ¡es que no tienen arreglo, siempre son los mismos! ¡Sólo los débiles protestan, una filosofía muy alemana! Se diga lo que se diga, hay una clara línea divisoria entre norte y sur, se comprobó en la anterior crisis financiera y se comprueba ahora cuando la sociedad del sur reclama ayuda ante la crisis que se augura más desastrosa que la anterior. La pandemia ha inundado el suelo europeo, pero el norte quiere salir como norte y no mezclado con las desgracias del sur.

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