El evangelio según San Mateo, en su capitulo siete nos habla del sermón de Jesús, llamado del Monte o de la Montaña. En su versículo quince dice que nos guardemos de los falsos profetas, que vienen a nosotros con vestidos de ovejas pero por dentro son lobos rapaces, y en el dieciséis que a éstos por sus obras los conoceremos y añade, para que no quepa duda, ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o uvas de los abrojos?. En estos tiempos de peste y confinamiento viene muy bien la cita para reflexionar sobre espinos, uvas y abrojos. 

Además de la plaga principal, la  que ya debería bastar y sobrar para sumirnos en el más absoluto padecimiento, abatimiento e incertidumbre, el terrorífico Covid- 19, la  letra d, como bien ilustró la incoherente y disparatada presidenta Ayuso a científicos y por extensión al resto de personal a granel, viene de “diciembre”, que según ella fue cuando el virus ya “campaba a sus anchas” por las Españas. Cualquier día dirá que la tierra es plana, por eso se llama planeta. Como decimos, además de la plaga principal, nos han caído encima otra serie de plagas menores, aunque nada desdeñables, que nos hacen recordar a algunas de las Egipto: la de langostas, piojos, mosquitos y moscas que infectan y envenenan cerebros poco prevenidos, léase Ussías, Losantos, Indas, Herreras, Marhuendas y otros ponzoñosos dípteros. También ranas, muchas ranas, de ésas que seleccionaba personalmente Esperanza Aguirre como hacen los expertos meloneros con su cosechas, demostrando con ello sus pocas dotes para ese menester. Tan pocas dotes que todos los que ella seleccionó como melones de primera, los que estaban llamados a ser grandes gestores de lo público como Francisco Granados, Ignacio González, Alberto López Viejo y demás, resultaron ser ranas totales, algunos de ellos fueron condenados a penas de prisión que todavía cumplen. Esperanza Aguirre, la criadora y responsable última de esta cosecha de corruptos, de esta charca de podredumbre, de momento se está librando de la acción de la justicia, pero algún día se sabrá su grado de implicación durante los doce  interminables años  que presidió la Comunidad de Madrid. 

La plaga de ranas, piojos y moscas que ha traído aparejada esta peste, se ha extendido por todas partes causando una gran inquietud, pesar y desazón. Hay que decir que, si bien estas plagas agregadas a la principal  no matan, sí nos debilitan la moral, socavan más todavía nuestros ya maltrechos ánimos, y consumen las mermadas fuerzas que necesitamos para sobrellevar al temido virus que nos avasalla, esclaviza y juega a diario con nosotros  al gato y el ratón. Una de estas plagas menores es Santiago Abascal, nuestro  “Providencial salvador de la patria, se queman herejes” como debería figurar debajo de su nombre en la tarjeta de visita, que arremete contra todo y todos los que no le sigan ciegamente como corresponde a un iluminado, que en vez de arrimar el hombro, de ayudar, de sumar, de ponerse del lado de los que combaten contra el virus, en vez de ser parte de la solución se presenta como parte del problema. Su furia de inquisidor contra el satánico gobierno socialcomunista, marxista, bolivariano que, como todos sabemos, ha abierto una sucursal del mismísimo infierno en el hasta hace poco beatífico Palacio de la Moncloa, donde correteaba dichoso y confiado el venerable don Mariano Rajoy. Abascal, poseído como siempre lo ha estado por el don de la verdad, no dará tregua hasta conseguir la justicia divina que llegará a través de un purificador Auto de fe para el cual ya se puede encargar un camión de leña, para estos herejes la mejor es la de carrasca. Abascal que, como corresponde a su papel de furioso inquisidor, de juez atizador de la hoguera, no conoce mesura, modales y contención alguna, ha disparado en modo ráfaga en todas direcciones.  Hasta el mismísimo Papa Francisco, al que rebautizó como “ciudadano Bergoglio” ha recibido sus tizonazos en forma de contundente crítica cuando al pontífice escribió en una carta que “Es tiempo de pensar en el salario universal”. Abascal le respondió airadamente que “al César lo que es del César y a Dios lo que es Dios”, como si el bienestar, es decir el alimento, el pan de la panadería, no el de los ángeles, de sus fieles no fuera competencia del Papa, tanto o más que el bienestar espiritual, un bien que solo se alcanza después del bienestar corporal, es decir, después de haber comido y si puede ser tres veces al día, mejor. Al igual que la Ayuso, es difícil seguir sus declaraciones porque es un no parar. Tiene para todo el mundo que no comulgue con su ideología del odio y la intolerancia, del enfrentamiento, del racismo, de la exclusión, de la insolidaridad, del rechazo al diferente, una ideología que, sobra decir, siempre que se ha puesto en práctica ha tenido efectos devastadores.

Otra  de estas plagas menores es Eduardo Inda, que se muestra como tal cuando dice que el padre Ángel, sacerdote y filántropo español fundador y presidente de la ONG Mensajeros de la paz, párroco de la iglesia de San Antón, la única que da pan y techo todos los días del año a quien lo necesita, un hombre ejemplar donde los haya,  y al que Ussía, el doloroso, el insufrible Ussía, calificó de farsante, dijo que el padre Ángel chochea cuando se enteró que había enviado una carta a Pablo Iglesias. Lo que Inda no sabía, o lo ocultó para así poder arremeter contra el sacerdote, es que la misma carta que envió a Pablo Iglesias también la envió a trescientas personas más: sanitarios, bomberos, transportistas, fuerzas de seguridad, presidentes autonómicos y líderes de diferentes partidos. En la carta agradecía y daba su bendición a todos los que han tomado parte en la gestión para acabar con el Coronavirus. Para Inda, la carta enviada a Iglesias era un “despropósito populista” de un sacerdote de 83 años que “chochea”, es decir que está acabado, envejecido, débil y un poco chalado, como si la claridad de pensamiento, la bondad, la caridad cristiana, el corazón limpio no fuesen posibles a su edad. Sobre la parroquia de San Antón se han vertido todo tipo de  falsas acusaciones para que se cierre, cuando es la única parroquia de Madrid, junto con la de San Carlos Borromeo de Vallecas, que se ocupa dando cobijo y comida a los indigentes, los olvidados de todos, los pobres entre los pobres que estorban en todas partes y que nadie quiere ni ver. Una pena que solo existan en Madrid estas dos parroquias para atender a tanta gente necesitada de todo. Lo que debería ser la regla de la Iglesia, según las enseñanzas de su fundador, se convierte en una meritoria y encomiable excepción 

Jiménez Losantos, ese retorcido y malvado personaje que a su lado, el muñeco diabólico pasaría por un beatífico monaguillo, es otra de las plagas habituales de los medios de comunicación. Este hombre que es capaz de proferir cinco insultos en tres palabras, que expele odio y mentiras en cada resuello, también arremetió contra el padre Ángel, no tuvo en cuenta ni respetó, no conoce el significado de esa palabra, que el padre Ángel y la organización que preside acumule decenas de importantes premios nacionales, entre ellos el Príncipe de Asturias de la Concordia en 1994 y otros muchos premios internacionales, cuando dijo, refiriéndose a la parroquia de san Antón: “ojalá que le cierren esa puñetera iglesia del narcotráfico” acusando al padre Ángel de consentir que en la iglesia se traficara y consumiera droga, cuando la verdad es que, como puede suponerse, algunos de los allí refugiados tienen problemas de adicciones, entre otros muchos problemas, por eso están como están y necesitan la ayuda que necesitan. Pero de eso a decir que la parroquia es una iglesia de narcotráfico es de una bajeza moral, de una vileza, de una infamia inconcebible. El propio Jiménez Losantos  en una reciente entrevista preguntó al alcalde Martínez Almeida por qué no cerraba la iglesia y éste contestó que se había reunido con Mensajeros de la paz, los concejales implicados y la asociación de vecinos de Chueca, que se quejaban de que “los pobres muchas veces huelen mal y estorban” y dijo que este argumento no es suficiente para cerrar la iglesia. Acto seguido, el gran Jiménez Losantos, mosquito trompetero, aguijoneador incansable, cambió de tema y dirigió su vuelo hacia otros asuntos o personas donde poder inocular su enfermizo odio, su desprecio, su perversa afición a sembrar cizaña, su cultivo intensivo de la la maledicencia y la malevolencia. 

Otro destacado adjunto a esta plaga es Carlos Herrera desde la cadena COPE, cadena propiedad de la iglesia, una iglesia que nada tiene que ver con la del padre Ángel y mucho con la  iglesia del cardenal Rouco Varela, arzobispo de Madrid entre 1994 y 2014 y famoso okupa del fastuoso piso de la calle Bailén del que tomó posesión cuando dejó el palacio arzobispal de la calle Sacramento, en la mejor zona del Madrid de los Austrias. Se dice que de ese piso al lado del Viaducto, con inmejorables vistas a la Casa de Campo, no lo podrían echar ni el comando especial de los Navy Seals que capturaron a Bin Laden. Carlos Herrera, buen servidor de sus monseñores jefes, en el monólogo radiofónico del pasado viernes, día de san Isidro, después de criticar al ministro Garzón tachándolo de incompetente y sectario por decir que el sector turístico es estacional, precario y de poco valor añadido, una dolorosa verdad, y de darle el menú  diario de insultos a Pablo Iglesias, al que llamó “chulo, macarra de la peor estofa” por decir que hay que subir los impuestos a los ricos, dijo acto seguido que “los manifestantes del barrio de Salamanca tienen los mismos derechos que los perroflautas que acamparon en la puerta del Sol hace cinco años. Los vecinos de este barrio tienen todo el derecho a expresar su rechazo contra la gestión catastrófica de esta crisis”. Habría que decir al señor Herrera, aunque lo sabe, que cuando acamparon los perroflautas, como despectivamente les llama, además de otras cosas más ofensivas, no había un virus suelto que ha matado a  más de veintiocho mil personas, según las cifras oficiales, y su amenaza sigue presente y muy presente sobre todo en Madrid. Un virus contra el que las autoridades sanitarias han recetado el confinamiento como la mejor, y única hasta la fecha, medida de prevención. Los irresponsables, además de insensatos e imprudentes, que incumplen este confinamiento no van contra el gobierno socialcomunista…etc, como dicen, sino contra el resto de ciudadanos que sí cumplimos las medidas dictadas por esas autoridades sanitarias. Unas medidas  que desprecian únicamente porque vienen de sus adversarios políticos a quienes culpan, faltaría más, de todo lo habido y por haber. En cambio, curiosamente, nunca han relacionado la falta de medios, materiales y personal sanitario con los sistemáticos recortes de medios, materiales y personal sanitario, todo ello con el claro objetivo de hundir la sanidad pública y facilitar su privatización, llevados a cabo durante los años de gobierno del PP en la Comunidad de Madrid.

Eso, además de la imagen de la señora que lleva a la criada para que golpee la cacerola por ella, la del manifestante que golpea una señal de tráfico con su palo de golf, y no digamos la surrealista escena del orondo señorón que se pasea en el asiento trasero de su Mercedes descapotable conducido por su chófer, pidiendo “libertad” con un megáfono que suena como el del  vendedor ambulante de naranjas guasintonas, los retrata a la perfección. Puro y duro esperpento. Cuánto hubieran disfrutado con estas escenas Berlanga, Buñuel, Azcona, Marco Ferreri, Fellini, José Luis Cuerda, Álex de la Iglesia…y por supuesto Max Estrella y Don Latino de Híspalis, las criaturas creadas por Valle-Inclán, padre del esperpento, al que define como: distorsión, deformación grotesca, burla y caricatura de la realidad.  

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