Escuché la respuesta y solo pude sentir lástima por el testigo que acababa de responder al juez Marchena. Un minuto y veintisiete segundos antes era el abogado Pina quien hacía las preguntas en el juicio contra los líderes independentistas:

Abogado Pina: “Cuando usted ha calificado, a preguntas de la excelentísima señora fiscal, la actitud de los ciudadanos en el colegio como muy agresiva, ¿en que se traducía esa mucha agresividad?”

Policía testigo: “Pues estaban agitados, con lanzamiento de objetos…”

Abogado Pina: “Lanzamiento de objetos, ¿qué objetos lanzaban?”.

Policía testigo: “Pues no puede ver ninguno, pero…”.

Abogado Pina: “Lo acaba de decir usted”.

Policía testigo: “Si, lanzamiento de objetos, serían piedras…”

Abogado Pina: “No, ‘serían’ no sirve. Es si se lanzaron o no se lanzaron”.

Policía testigo: “…si, yo le estoy diciendo que eran objetos, no sé lo que eran…”.

Abogado Pina: “Yo le estoy preguntando lo que usted vio”.

Policía testigo: “Si, si, yo le estoy diciendo que vi objetos, no sé lo que eran… que daban en los escudos y en los cascos de los compañeros”.

Abogado Pina: “¿Usted no vio que hubiera lanzamientos? Es que no me aclaro”.

Policía testigo: “Sí que había lanzamientos, pero si me pregunta usted específicamente lo que eran, si eran piedras o…”.

En este momento es cuando el Juez interviene y, poniendo voz de presidente de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, le pregunta al policía testigo: “¿Usted vio lanzamiento de objetos, sí o no?”

Policía testigo: “No”.

Abogado Pina: “No hay más preguntas, señoría”.

Marchena interrumpió el interrogatorio porque para salvar al policía de la tortura de las preguntas no le quedaba más remedio que arriesgarse a dejarlo como un embustero.

El abogado también debió sentir pena por la persona, y no pidió al juez que se invalidara toda su declaración, ni que se investigara el falso testimonio que se acababa de evidenciar a la vista de todos.

Hoy es once de abril de 2019, pero hace casi cincuenta años aún no había cumplido los veinte y estudiaba en la Universidad Complutense.

Las dos aulas de primer curso estaban separadas del edificio principal y sus paredes cristaleras nos enseñaban el jardín breve de la Facultad, ubicada junto a la autopista de La Coruña, cerca del Palacio de La Moncloa.

El profesor de turno exponía su asignatura, pero tampoco él podía evitar miradas furtivas hacia el exterior, donde había árboles, césped y el edificio principal, pero lo que le dispersaba su atención eran los paseos vigilantes de los “grises”, los mismos policías de hoy, pero con otro color en el uniforme.

Estaban instalados, con sus microbuses, en grupos dispersos por las distintas facultades del campus para así disolver manifestaciones con mayor facilidad y, en ocasiones, incluso asambleas de alumnos en el interior de las aulas, donde cada cierto tiempo entraban a lo bestia, actuando contra la libertad de expresión exactamente igual que los que aparecen en los vídeos que Marchena se niega ahora a proyectar, en contra de lo que necesitan y piden los abogados para poder separar en tiempo real las verdades de las mentiras.

En 1970, y gracias al tiempo libre para pensar durante los largos silencios en las celdas del sótano que sucedían a las palizas y torturas aplicadas en aquella Dirección General de Seguridad que gobernaba España con el todo vale de las fuerzas represivas, uno de los alumnos interrogados consiguió descubrir que la Brigada Político Social, quizás no conforme con el “trabajo” de los grises, había infiltrado a Sánchez, uno de sus policías, en nuestro curso, matriculándose como un alumno más.

Recuerdo bien las caras de Álvarez, Iglesias, Fraga, Ollero, Morodo, Trías y resto de profesores, a pesar de que nunca estuve tan cerca de ninguno de ellos como de aquellas personas armadas de amenaza en gris cuando coincidíamos en esos momentos de cuerpo a cuerpo que periódicamente sucedían, a iniciativa siempre de los uniformados.

Hoy, a pesar de tanta democracia, no me queda más remedio que, también, imaginar las caras de policías y guardias civiles que están declarando en este juicio. Para conseguirlo, recurro a los gestos de fiscales, jueces y abogados, mientras los interrogados responden a las preguntas que sufren en el juicio más importante de nuestra historia.

Sí recuerdo, en cambio, que no sentía personalmente nada hacia aquellas personas que intentaban y conseguían golpearnos cuando, junto con mis compañeros, pasábamos de solo pensar en la intimidad a realizar algo que no estaba consentido por la ley, por mucho que no tuviera consecuencias de ninguna clase y a pesar de que en muchas ocasiones los jueces, hartos, quitaban la razón a la policía.

Me dan pena los testigos declarantes, que acuden acobardados a decir mentiras cumpliendo órdenes superiores o afectados por la presión de su ambiente “laboral” inmediato.

Los cobardes, en cambio, a quienes solo puedo odiar, son los Rajoy, Soraya, Zoido, Pérez de los Cobos y tantos otros, que enviaron a todos esos números a actuar contra personas que solo ofrecían la resistencia de su propio cuerpo y su deseo de incumplir una sentencia sin mayores consecuencias.

No existe nadie en España que sea capaz de acabar con el esperpento que significa este juicio, condenado a figurar en nuestra historia como un momento decisivo en el camino hacia la derrota colectiva.

Ni siquiera el color de los uniformes de hoy me parece tan diferente al gris aquel como me lo parecía en los años ochenta del siglo pasado.

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Nacido 1951, Madrid. Casado. Dos hijos y tres nietos. Cursando el antiguo Preu, asesinato de Enrique Ruano y la canción de Maria del Mar Bonet. Ciencias Políticas. Cárcel y todo eso, 1970-71. Licenciado en 1973 y de la mili en 1975. Director comercial empresa privada industrial hasta de 1975 a 1979. Traslado a Mallorca. de 1980 a 1996 gerente y finanzas en CC.OO. de Baleares. De 1996 hasta 2016, gerente empresa propia de informática educativa: pipoclub.com Actualmente jubilado pero implicado, escribiendo desde verano de 2015.

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