Protagonista de veinticuatro películas y casi medio centenar de novelas (por ahora), James Bond es sin duda uno de los personajes más célebres de la cultura popular del siglo XX. Un agente secreto que lleva a cabo sus trabajos al Servicio Secreto de su Majestad siempre en parajes exóticos y rodeado de mujeres irresistibles (que cada vez se lo ponen más difícil). Pero si hay algo con lo que también disfruta este personaje es con la buena mesa. Su creador, el periodista Ian Fleming, era un auténtico bon vivant, y perfiló el personaje a su imagen y semejanza, llevándolo un paso más allá: Bond protagonizaba las historias que a él le gustaría vivir. Y como tal, le hizo disfrutar también de los mejores banquetes.

Entre 1953 y 1964 Fleming escribió doce novelas y dos colecciones de relatos protagonizados por James Bond, y en ellas se hace referencia a 163 comidas (entre desayunos, almuerzos y cenas). A grandes rasgos, una pausa para matar el gusanillo cada 21 páginas. Y con todo, no fue el más glotón. Tras la muerte de Fleming, siete autores han continuado las andanzas literarias de Bond. El más productivo, John Gardner, llegó a firmar 16 novelas, en las que hay 207 pasajes gastronómicos: una media de 12,9 por libro frente a las 11,6 de Fleming. Por el contrario, el más comedido de todos fue Kingsley Amis (más dado a la copa que al plato), que firmó sólo una novela de Bond (con el seudónimo de Robert Markham y la portada a cargo de Salvador Dalí), Coronel Sun (1968), que contiene siete discretos momentos para llenar el estómago. En definitiva, entre estos ocho escritores han puesto a Bond ante una mesa en 516 ocasiones (aperitivo arriba o abajo).

En esencia, Fleming convirtió a James Bond en el primer foodie de la literatura. Como referente podemos remitirnos a un básico: la guía Michelin. En las novelas, Bond ha pasado por tres restaurantes con tres estrellas (en el momento en que se publicaron los libros): Le Grand Véfour, L’Oustau de Baumaniére y L’Oasis; tres con dos estrellas: Lucas Carton, Au Caneton y el restaurante del Hotel Negresco; tres con una estrella: Le Cochon d’Or, La Rotonde y La Réserve; y tres que hoy hubieran sido incluidos en la que se conoce como sección Bib Gourmand: Café de la Paix, Terminus Nord y Le Gallon. Todos ellos, con menús bastante alejados de los jugosos guisos de la señora Maigret.

El coleccionista y especialista en el universo ‘bondiano’ Matt Sherman se planteó el desafío de analizar de forma pormenorizada todos los pasajes y escenas en los que el agente disfruta de un trago o un bocado. Reunió sus conclusiones en el libro James Bond’s cuisine: 007’s every last meal (CreateSpace Independent), y las cifras son, cuanto menos, curiosas. En total, en las 44 novelas del universo Bond oficial hasta la fecha, el personaje sacia su apetito en 208 restaurantes, de los que se cita el nombre en 118 casos, en su mayor parte negocios reales (o lo eran en el momento de la publicación de la obra en cuestión). El resto de los festines se reparten entre hoteles (hasta en 90 ocasiones), lugares oficiales (24 en total) y residencias privadas (más de un centenar), que incluyen por igual casas de colegas y guaridas de villanos. A pesar de todo, Bond es más de comer solo, en 187 de los casos descritos. En 166 lo hizo acompañado de la chica Bond de turno, en 88 fue con colegas y en 32 con el malvado de la historia (de hecho, en la estructura establecida por Fleming y seguida habitualmente por sus sucesores, siempre hay un pasaje en el que Bond se enfrenta al villano en un juego de azar y otro en el que comen juntos, habitualmente en el refugio de éste, a modo de ‘última cena’).

 

Un ‘foodie’ trotamundos

Aunque suele cenar ligero cuando no está de servicio (lenguado a la parrilla, oeufs en cocotte y roast beef frío con ensalada de patatas, así ligerito, como se explica en Al servicio secreto de Su Majestad), cuando se ajusta al hombro la pistolera de piel con la Walther PPK el apetito de Bond se refina. Él mismo se toma con humor ese gusto por la buena mesa cuando, en su primera aventura (Casino Royale, 1953) explica a su acompañante, Vesper Lynd, la razón de su cuidado encargo: “Me tendrás que perdonar. Disfruto con ridícula exageración de la comida y la bebida. En parte se debe a que soy soltero, pero sobre todo a la costumbre de fijarme mucho en los detalles. Aunque sé que parece puntilloso y remilgado, en mi trabajo me veo obligado a comer solo la mayoría de las veces, y el hecho de preocuparme por la comida lo hace un poco más interesante”.

Viajero empedernido, cuando recorre el mundo para resolver sus encargos Bond se adapta sin problema a la gastronomía local. Así, come langosta en Japón, un döner kebab en Estambul (cuando apenas era conocido en occidente), cangrejos de roca y champán rosado en Miami… Mesas de más de cuarenta países han recibido a 007, siendo las inglesas las más habituales, seguidas de las estadounidenses, francesas, caribeñas, japonesas e italianas. Pero no es Bond un abonado solo a las mesas de postín, pues también podemos encontrarlo comiendo un sándwich de jamón rebosante de mostaza en un pub londinense, una baguette bien untada de salsa Toulouse en París, pasta al pesto en un pequeño local de Génova o un bocadillo de jamón serrano en la jefatura de la Policía Nacional de Sevilla; en la novela de John Gardner Seafire, de 1994.

 

Un hígado a prueba de balas

“Bond no es un snob del vino. Básicamente es un hombre de bebidas fuertes”, dijo Fleming del personaje. Aunque en realidad, Bond se bebe lo que le pongan por delante, y en generosas cantidades además (sorprendentes en ocasiones). En este sentido, el 007 cinematográfico sí es bastante más sibarita, y frunce el ceño si no encuentra el vodka adecuado para su martini o no queda en la bodega su añada favorita de Bollinger o Dom Pérignon (del 53 o el 55 habitualmente, frente a la del 46, que es la que pide en las novelas de Fleming). Sean Connery ha sido, en este asunto, el 007 más preciso, como cuando le advierte a la ‘chica Bond’: “Pequeña, hay algunas cosas que simplemente no se hacen. Como beber Dom Pérignon del 53 a una temperatura superior a los cuatro grados. Es tan malo como escuchar a los Beatles sin taparse los oídos”. O cuando en una visita a Japón su contacto allí duda de si preferirá un martini a un poco de sake: “Oh, no, me gusta el sake, especialmente cuando se sirve a la temperatura correcta: 36 grados centígrados, como éste”. No obstante a la hora de disfrutar de un buen champán, ha sido Roger Moore el 007 con mejor paladar, apostando habitualmente por Bollinger RD o Cuvée Brut, y convirtiéndose para él en una forma de juzgar a la gente: “Puede ser que haya juzgado mal a Stromberg [el villano de la historia]. Un hombre que bebe Dom Pérignon del 52 no puede ser tan malo”, comenta en La espía que me amó (1977). Y siguiendo su gusto por el champán encontramos a Pierce Brosnan, que saboreó al menos una copa de Bollinger Grande Année en cada una de sus películas.

Y aunque puntilloso, en la pantalla Bond es más comedido a la hora de beber. En las novelas de Fleming llega a sorprender por el contrario que a veces sea capaz de empuñar un arma o hacer el amor a la chica. En Moonraker (1955), para matar el tiempo antes de su partida de cartas con el villano Hugo Drax, Bond da cuenta de un vodka martini, una jarra de vodka de Riga y una botella de Dom Pérignon; y por si los nervios andaban aún revueltos, también se anima con media caja de Benzedrina (las ‘bennies’ eran las anfetaminas que se suministraban a las tripulaciones de los bombarderos en la Segunda Guerra Mundial).

Whisky, vodka, martinis, vino y champán, con alguna que otra excepción, es la dieta etílica del Bond cinematográfico. En las novelas, sin embargo, la cantidad y variedad de bebidas nada tiene que envidiar a los estantes de la coctelería mejor abastecida. Al igual que con las comidas, Fleming y sus sucesores (cada vez menos, con la llegada de los 80 Bond empezó a volverse cada vez más ‘light’ con el tabaco, el alcohol y las mujeres) iban aliñando las aventuras de 007 con todo tipo de combinados, añadas y procedencias exóticas, alcanzando Fleming la cumbre etílica en Al servicio secreto de su Majestad (1963, habitualmente señalada como la mejor novela de Bond), cuyas páginas están regadas por 46 tragos, que van desde whisky, bourbon -con agua, con hielo o solo-, ginebra Steinhager, brandy, vodka martini, cervezas, champán Krug y Taittinger, y vinos diversos como Mouton Rothschild del 53, o procedentes de las regiones de Pouilly-Fuissé, Marsala y Riquewihr.

En cuanto al legendario vodka martini, fue el Bond cinematográfico quien lo convirtió en icono del personaje, disfrutando de al menos una copa en prácticamente todas las cintas de la saga. En las novelas, sin embargo, solo llega a paladear 19. Lo más interesante en este sentido es la variación creada por el personaje en la primera novela, cuando en honor a la ‘chica Bond’ concibe el Verper Martini: “Tres medidas de Gordon’s, una de vodka, media de Kina Lillet. Agitado, no mezclado”. El principal problema para ejecutar este cóctel hoy es que el Kina Lillet ya no se produce. Era un vino aromático, habitual para aperitivo, que se convirtió en elemento habitual de muchos cócteles de comienzos y mediados del siglo XX. Aunque la casa Lillet comercializa actualmente un producto similar, el Lillet Blanc, este vino no contiene quinina, rasgo distintivo del Kina Lillet.

Saciados ya de martinis, hay que subrayar que en la novelas parece ser el bourbon su trago de referencia de 007 junto con el whisky escocés. Y es que si bien el Bond cinematográfico ha sucumbido a los días de lo políticamente correcto y bebe con moderación (tiempo atrás dejó de fumar), para su creador el alcohol era no sólo un medio para relajarse y disfrutar, sino tambien un rasgo de personalidad. No en vano, ningún villano de Bond (con excepción de Hugo Drax) bebe alcohol en las novelas. Fleming, como Bogart, parecía considerar también poco dignos de confianza a los hombres que no beben.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here