Todo el mundo lo sabía. Si querías llegar a algo en la universidad, nada de quedarte encerrada estudiando. Nada de ser sabia. Eso ni se te ocurra.

Debías hacer la pelota al catedrático.

Debías pertenecer al partido.

Debías “fusilar” artículos. Cuantos más, mejor.

Debías bajarte los pantalones.

Debías chupar pollas.

Debías trabajarte “tu” plaza. A codazos y a empujones. Sin vergüenza ni escrúpulos.

Y ahora la universidad va mal. Pues sí, claro. Claro claro claro claro claro.

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